Natalia aún sentía el eco del beso en sus labios cuando Raimund la llevó de regreso desde su escondite en el lago. Sus ojos grises seguían fijos en ella, posesivos, como si el mundo entero se redujera a su presencia.
Elena, al verlos aparecer juntos, no pudo ocultar su sorpresa. Se acercó rápidamente, con el ceño fruncido.
—¿Qué está pasando aquí, Natalia? —preguntó, con voz cargada de incredulidad.
Natalia bajó la mirada, incapaz de responder. El vínculo la quemaba por dentro, y aunque quería negar lo que sentía, su corazón la traicionaba.
Marcus, consciente de la tensión, se interpuso entre Elena y Raimund.
—No es lo que parece —dijo con calma—. Solo queríamos pasar un rato escuchando la naturaleza.
Elena no estaba convencida, pero antes de replicar, su hermano apareció con otra taza de café caliente. Esta vez, la ofreció directamente a Natalia. Ella extendió la mano, pero Raimund, con un gesto brusco, volvió a arrebatársela.
—Ella no necesita nada de nadie —gruñó, con voz grave.
Elena lo miró con rabia, mientras Natalia se estremecía por la intensidad de sus palabras. Marcus, en cambio, sabía que el vínculo estaba creciendo y que pronto sería imposible ocultarlo.
El amanecer en Valle Sereno se convirtió en un campo de batalla invisible: la atracción, el miedo y el destino se entrelazaban, preparando el terreno para lo inevitable.