Natalia quiso correr, pero sus piernas no respondieron; el mundo se había reducido a la figura inmensa frente a ella y al latido que ahora parecía venir de fuera y de dentro a la vez. Fenrir la rodeó con pasos lentos, olfateando el aire que ella exhalaba; su presencia no era amenaza, sino una curiosa ternura salvaje. Cuando el lobo se dejó caer en el césped y ronroneó, el sonido vibró en el pecho de Natalia como una promesa antigua.
Raimund se arrodilló a su lado, la mano aún entrelazada con la suya, y habló con voz baja, casi reverente.
—No te asustes. Él no hará daño. Quiere conocerte. —Sus palabras eran un puente entre dos mundos.
Fenrir apoyó la cabeza en sus patas y la miró con esos ojos dorados que parecían leerle el alma; el ronroneo invitaba, no exigía. Natalia sintió que algo en su interior se aflojaba: miedo, sí, pero también una curiosidad que la empujaba hacia adelante. Con dedos temblorosos, rozó el lomo del lobo. El pelaje era más cálido de lo que imaginaba, y al contacto una corriente suave recorrió su brazo, como si una chispa hubiera encendido una cadena de recuerdos que aún no eran suyos.
El lobo cerró los ojos y emitió un suspiro contento; Raimund dejó escapar una risa corta, aliviada. El vínculo se manifestó en un murmullo apenas audible, una sensación compartida que hizo que Natalia viera por un instante imágenes: bosques bajo luna llena, una figura protegiéndola, una promesa sin palabras. Todo eso la dejó temblando, pero más cerca de comprender quién era Raimund y por qué su presencia la desarmaba.
El parque volvió a su silencio habitual, pero nada era igual. Natalia sabía que, tras ese roce, ya no podría fingir que todo era normal. Raimund la miró con ternura y decisión, y Fenrir, recostado a sus pies, parecía aceptar su destino con calma.