La Humana Rechazada por el Alfa

CAPITULO 37 EL ROCE QUE DESPIERTA

Natalia quiso correr, pero sus piernas no respondieron; el mundo se redujo a la figura inmensa frente a ella y al latido que ahora parecía venir de fuera y de dentro a la vez. El lobo —Fenrir— la rodeó con pasos lentos, olfateando el aire que ella exhalaba; su presencia no era amenaza, sino una curiosa ternura salvaje.

Fenrir se dejó caer en el césped y ronroneó, un sonido grave que vibró en el pecho de Natalia como una promesa antigua. Raimund, arrodillado a su lado, mantuvo la mano de ella entre las suyas y habló con voz baja, casi reverente.

—No te asustes. Él no hará daño. Quiere conocerte.

El lobo apoyó la cabeza en sus patas y la miró con ojos dorados que parecían leerle el alma; el ronroneo invitaba, no exigía. Natalia sintió que algo en su interior se aflojaba: miedo, sí, pero también una curiosidad que la empujaba hacia adelante. Con dedos temblorosos rozó el lomo de Fenrir. El pelaje era más cálido de lo que imaginaba, y al contacto una corriente suave recorrió su brazo, como si una chispa encendiera recuerdos que aún no eran suyos.

Fenrir cerró los ojos y emitió un suspiro contento; Raimund dejó escapar una risa corta, aliviada. El vínculo se manifestó en un murmullo apenas audible: imágenes fugaces cruzaron la mente de Natalia —bosques bajo luna llena, manos que la protegían, una promesa sin palabras— y la dejaron temblando, más cerca de comprender quién era Raimund y por qué su presencia la desarmaba.

El parque volvió a su silencio habitual, pero nada era igual. Natalia sabía que, tras ese roce, ya no podría fingir que todo era normal. Raimund la miró con ternura y decisión; Fenrir, recostado a sus pies, parecía aceptar su destino con calma.

.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.