La Ideología Del Amor

​Bajo el Disfraz del Hijo Perfecto

​A veces la atracción sexual nos ciega de cómo es realmente una persona. Hubo alguien que se convirtió en el punto final de mi historia, y basándome en esa persona voy a empezar mi siguiente libro. Ella me enseñó lo que puede ocasionar una simple atracción sexual y hasta dónde nos puede llevar una relación; hasta dónde podemos caer en ella.

​Apenas la estaba conociendo, a la edad de 16 o 17 años; estaba descubriendo apenas de qué trataban esas situaciones. Era totalmente inexperto, ignorante de la madurez. No digo que ahora sea muy maduro; nadie es perfecto en esta vida, todos somos imperfectos e inexpertos. Para eso es la vida: para cometer errores, para "meter la pata", porque si no, no tendría ningún sentido vivir. Si todo fuera perfecto y armonioso, no habría aprendizaje.

​Recuerdo que esa noche me inspiré. Digamos que Rocío sacaba la rebeldía que yo tenía guardada. Recuerdo que siempre me identifiqué mucho con el personaje de Rose en la película Titanic: la chica de dinero, bien portada, que tenía que callar y obedecer a su mamá en todo; la hija perfecta, de comportamiento impecable, que no rompía una sola regla. Así era yo: el hijo perfecto que obedecía en todo. Me sentía igual que ella, hasta que llega el momento en que Rose suelta todo y dice: "¡Basta!".

​Yo también llegué a mi momento de decir "basta", no podía más. No digo que me fuera a desatar como antes de entrar a la prepa, pero ya no quería quedarme con las ganas de hacer algo. No quería vivir en el "hubiera": "¿y si hubiera hecho esto o lo otro?". Yo quería vivir el momento para no sentirme desesperado, triste, deprimido o con ese vacío intenso que me provocaba la represión.

​Entonces, me salí por el pasillo que conectaba la casa con el edificio de mis padres. Era un pasadizo casi secreto; desde la calle la casa no se veía, estaba oculta en una propiedad enorme de tres pisos. Era una entrada privada y solo nosotros y las personas de confianza sabíamos cómo entrar y salir. En ese tiempo, mis abuelos maternos vivían con nosotros. Ellos me vieron, pero cuando venía de regreso, no cuando entré.

​Fui a la oficina de Rocío donde ella ya estaba dormida. Toqué la puerta y me dejó entrar; no tenía el seguro puesto. Yo creo que ella ya sabía a qué iba. Me dijo: "Te estaba esperando, me sentía muy sola y triste". Ahí estuvimos abrazados, besándonos... ya saben, con esas manos inquietas. Como dice la canción: "las manos quietas debemos tener". Realmente deberíamos tener las manos más quietas a esa edad y no querer correr a experimentar tan pronto; eso nos evitaría muchos problemas de embarazos, enfermedades y otras situaciones. Pero no lo hicimos.

​De pronto, se escucha un ruido y me gritan: "¡Sé dónde estás! ¡Sal de esa oficina antes de que le diga a tu mamá y a tu papá lo que estás haciendo!". Hago un paréntesis aquí: vengo de una familia muy conservadora y católica. Ya se imaginarán el resto. No son malos padres, son muy buenos, el problema era yo, que no podía acatar reglas.

​Pero es que ya no quería callar más. Estaba viviendo una situación de mierda en la preparatoria: todo el tiempo me hacían bullying, se burlaban de mí, no me dejaban ir a la cafetería en paz ni sentarme tranquilo. Me atosigaban en el camión de ida y de regreso. Ya no quería seguir callado; más que hablar, quería gritar lo que sentía, pero lo canalicé de una manera errónea. Ese fue mi error: no supe ubicar ese sentimiento. Debí decírselo a mis padres, pero ellos no sabían lo que yo estaba pasando. Ese es el error de muchos adolescentes: no decimos lo que sentimos por miedo a que no nos crean. Pero, ¿cómo nos van a creer si no hablamos? Nuestros padres no son adivinos. Si intentáramos hallar el momento y la forma adecuada de decir las cosas, sin arrebatos ni gritos, nos evitaríamos tantos conflictos. Pero nos complicamos mucho la vida, tanto en la adolescencia como en la edad adulta.

​Volviendo al punto, me compliqué bastante. Yo ya quería gritar todo lo que sentía y eso llevó mi etapa de rebeldía a desatarse con Rocío. Quería tocarla, estar con ella, no quería aguantarme las ganas. Me importaba un bledo que me vieran o supieran dónde estaba.

​Mi abuela no abrió la puerta por respeto, pero mi abuelo nos vio. Mi abuela era de carácter fuerte y mi abuelo también. Si mi mamá se enteraba, ¡híjole! Mi mayor miedo era que hicieran que Rocío regresara a su ciudad, pues acababa de llegar. Me pusieron una regañiza y me dijeron de todo. Mi abuelo trató de defenderme diciendo: "Están en la edad, es normal". Al final, mis padres entendieron un poco la situación y nos dejaron estar sentados en la sala, pero tranquilamente.

​Sin embargo, lo que pasó después no me lo van a creer, porque fue verdaderamente de película. Estaba besando a Rocío —cuando mis padres ya sabían que estábamos intentando tener una relación— y, en medio de ese beso, se me vino a la mente la cara de Daniela. No van a creer cómo reaccioné. Sé que me merezco todos sus insultos, la regué. Tienen que leer el siguiente capítulo para que vean lo que hice.



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En el texto hay: suspenso, mistica, misterio amor

Editado: 01.02.2026

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