Ella comenzó a agredirme de una forma sistemática. Sus insultos eran constantes y, ante cualquier muestra de enfado o frustración por mi parte, lanzaba la misma amenaza: «Te voy a dejar». Podíamos estar viendo una película tranquilamente y, de la nada, soltaba esa frase. Cada vez que la escuchaba, sentía cómo se me rompía el corazón; era un dolor inmenso, un vacío que me asfixiaba.
—Ya, tranquilízate, Rocío —le suplicaba yo, pero ella solo lo repetía con frialdad.
Nuestra convivencia se deterioraba rápido. Ella regresaba del trabajo cada vez más tarde y la distancia entre nosotras crecía. En un intento desesperado por rescatar lo que teníamos, decidimos mudarnos solas, lejos de la supervisión de nuestros padres. En aquel entonces, sentíamos que ellos eran un obstáculo para nuestra intimidad y libertad, aunque hoy sé que esas eran preocupaciones vanas.
En medio de ese caos, mi padre enfermó gravemente por una intoxicación alimenticia. Recuerdo con dolor cómo uno comete errores irreparables cuando no tiene la madurez necesaria. Años atrás, cuando yo tenía apenas quince, él fue sometido a una operación a corazón abierto. Mi madre me llamó, angustiada, porque él quería hablar conmigo antes de entrar al quirófano. Me preguntó si quería ir a verlo, si mandaba por mí.
Es desgarrador ver cómo pasas de ser el "sol" de tus padres a convertirte en su tempestad; en esa lluvia persistente y asfixiante que no da tregua si no llevas protección. En aquella ocasión, le respondí de forma grosera: le dije que tenía mucha tarea cuando, en realidad, simplemente no tenía la voluntad de ir.
Volviendo al presente de mi relato, fui al hospital a verlo nuevamente, pero solo para cometer otro error imperdonable. Me duele escribir esto, se me parte el alma de vergüenza: estando él hospitalizado, fui a pedirle dinero para irme de viaje con Rocío. Mi padre estaba muy enfermo y yo, cegada por el miedo a perder a esa mujer, impuse mis deseos sobre su salud. Intentaba apuntalar una relación que ya estaba hundida. Éramos solo dos niñas "jugando a la casita", ignorando que era imposible mantener a flote aquel matrimonio cuando nos faltaba la madurez que incluso a muchos adultos les es ajena.
—Vete —me dijo mi padre con una nobleza que no merecía.
Mi madre estaba furiosa, y con razón; me habría dado una bofetada bien merecida. Pero él insistió:
—Déjala ir. Toma el dinero de mi cartera, en el pantalón.
Tomé el dinero y me marché sin mirar atrás, sin importar su estado. Huimos bajo el cobijo de personas que hoy valoro más que nunca. Sería malagradecido no mencionar a Yola y a mi tío Rogelio, el sacerdote. Ella siempre estuvo ahí para solaparme y apoyarme cuando más lo necesité, incluso después de mis groserías hacia ella.
Nos instalamos en una pequeña casa de Infonavit, a unas cuadras de mis suegros. Era nueva, chiquita pero bonita, con dos habitaciones y un patio funcional. Nos mudamos de noche para evitar más roces con la familia de Rocío. Gracias al apoyo del padre de ella, conseguimos los muebles básicos de inmediato: sala, librero, cama y cocina.
Esa primera noche en nuestra nueva casa me sentí profundamente sola. Estaba deprimida, extrañando a mi familia y deseando recuperar la paz con mi madre. A pesar de la distancia, en el fondo de mi corazón, esperaba que algún día pudiéramos volver a estar juntos, ahora sí, como una verdadera familia.
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Título de la obra: la ideología del amor
Autora: Gabriela González Calette
Nombre de autora: Gabby Rose Noir
Contacto: fridagabbycalette@gmail.com
Editado: 24.02.2026