Simplemente ya lo reconozco: estuvo mal no haberlo comentado con ella, pero sabía que no lo iba a aceptar. Rocío era orgullosa; no quería esa clase de ayudas, deseaba lograrlo por sí misma. Como yo tenía conexiones, hablé con mi familia sobre nuestra difícil situación económica para que le echaran la mano. Mi tío estaba muy metido en el área del gobierno y ofreció apoyarla con un empleo mejor para que pudiéramos mudarnos.
Pasó el tiempo y, obviamente, mis padres sabían que ella lo ignoraba. Llegó un punto en que mi mamá me advirtió: "Tienes que decirle, porque la cosa ya está muy avanzada". Un día le solté la verdad: "Mira, Rocío, me atreví a hacer esto y esto...". Como esperaba, se enfureció.
—¿Por qué lo hiciste? —me reclamó.
—Escucho todos los días que te quejas, que no estás a gusto aquí, que hay muchas cosas que no te gustan y quieres estar en la ciudad.
—¡Sí! Pero quiero intentarlo por mí misma. Me hubieras dado la oportunidad antes de adelantarte.
Fue tajante: "Yo no sé cómo le vas a hacer, pero no voy a aceptar el trabajo de tu familia". Cuando los planes de la mudanza ya no tuvieron vuelta atrás, se enojó conmigo fervientemente. Su reacción fue sumamente exagerada, dramática; se salió de la casa y se fue corriendo por toda la calle conmigo detrás. Yo no entendía qué pasaba; pensaba que la estaba apoyando para salir de ese lugar, pero resultó que ella quería estar, pero a la vez no estar.
Su plan cambió: "No te voy a dejar, pero vamos a buscar trabajo en la capital. Me vas a acompañar y vas a buscar tú también". Me obligó a trabajar. "Tú sabes idiomas, métete de recepcionista en un hotel, yo te ayudo con las solicitudes". Acepté sin problemas. Recorrimos muchos puntos de la ciudad y todos nos rechazaron. Si a ella la rechazaban con todo su potencial, a mí con más razón. Llegué a pedir empleo de limpieza en un restaurante y me respondieron que estaba muy capacitado, que buscara algo mejor. Fui a Telmex, a tiendas de ropa, a hoteles de lujo... la respuesta siempre era un "no".
Iba muy confiado en mis capacidades, hasta que en un hotel la gerente se sentó a entrevistarme. Me tocó la pierna y me dijo: "¿Cuándo puede empezar? Pero, ¿ya lo pensó bien? Estar aquí es 24/7, no hay descansos, días libres ni fines de semana. Por lo que veo, usted está casado, ¿verdad, joven?". Me asusté bastante. Creo que fue acoso, verdaderamente no lo sé, pero a partir de ahí desarrollé un miedo irracional a buscar trabajo.
Volvimos al tema con Rocío. Como no encontrábamos nada y la promesa de mi tío seguía vigente, mi padre nos dijo que nos fuéramos con ellos. Un percance peligroso con la delincuencia y el toque de queda en la ciudad fue el detonante final. "Ya vente para acá, no quiero perderte", me decía mi madre. Nos mudamos frustrados, ella iba obligada porque viviríamos con mis padres. Era una ironía grande: regresar al lugar donde convivíamos antes de casarnos. Pero mi familia ya se había mudado a otra ciudad tras quedar en la "manga rota" y vender su despacho de arquitectos.
Llegamos a una casa de Infonavit pequeña, de dos pisos, con cuartos minúsculos. Ella empezó a quejarse agresivamente: "¡Me hiciste venir con mentiras! Me dijiste que tu familia me daría trabajo y no hay nada. Me hiciste dejar mi lugar, eres un pinche mentiroso". Empezó a atacarme con palabras antisonantes. Yo trataba de unirnos, de ver una película, pero tenía que ayudar a mi madre en la casa y no podía estar sin hacer nada. Ella no quería integrarse; prefería comer donde dormíamos, no convivía con mi familia, estaba ahí "a huevo".
Hasta que un día me mandó un mensaje: "Ven, vamos a ver la película de Shrek". Eran nuestras favoritas. Preparé las palomitas, puse el DVD y, cuando empezaba la función, me soltó: "Te voy a dejar... te voy a dejar". Sentí de nuevo ese apretón terrible en el corazón.
Ella empezó a buscar trabajo por su cuenta, llegaba de noche, se quedaba hasta tarde en la computadora con mil cables conectados. Ya ni dormía conmigo. Yo, que siempre he sufrido de la espalda y de problemas de peso con efecto rebote, esa noche intenté abrazarla "de cucharita". Me rechazó diciendo que tenía calor, y cuando insistí por mi dolor de espalda, se volteó pero metió una almohada en medio.
Como el amor nos ciega, no vi lo que pasaba. Fuimos dos niños jugando a la casita que quisieron adelantar tiempos. Ella para escapar de su economía y yo por una libertad que se nos salió de las manos. Salimos raspados. Pero este libro apenas comienza.
2026 Gabriela González Calette (Gabby Rose Noir). Todos los derechos reservados.
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Título de la obra: la ideología del amor
Autora: Gabriela González Calette
Nombre de autora: Gabby Rose Noir
Contacto: fridagabbycalette@gmail.com
Editado: 24.02.2026