La Ideología Del Amor

"El Boleto de Solo Ida"

​A veces uno se ciega ante lo que está pasando; ves y no ves, o simplemente no reconoces la realidad. No la afrontas o, como dicen, ves solo lo que te conviene creer. Todo comenzó a ir mal desde que nos juntamos a una edad muy temprana; los errores empezaron a salir a flote porque lo hicimos mal, porque no debimos... todo empezó a pasar.

​Recuerdo muy bien cuando bajé las escaleras. Yo no esperaba ver nada, pero ya tenía la experiencia de lo que había pasado antes. Aunque no había visto nada con claridad, ya tenía la duda de que algo estaba haciendo ella. Nunca vi nada concreto, ni me constaba, sin embargo, la duda estaba ahí. En ese momento, al bajar, me percato de nuevo: ella estaba sentada en la computadora. No alcanzó a desconectarla inmediatamente como solía hacerlo; no alcanzó a quitar cables ni a cerrar nada.

​Esta vez sí vi. Vi que abrió su correo y que estaba mandando un mensaje a un tal Alfonso. Al platicarlo, se siente como si hubiera pasado media hora o más viendo aquello. Vi cómo él le contestaba refiriéndose a ella de una manera que... bueno, más claro no podían estar las cosas. Más clara no podía estar la situación.

​Dicen que algunos nacen con un boleto de ida y vuelta, pero no a todos nos toca ese boleto. Te pierdes porque no tienes tu pasaje de regreso; no encuentras lo que esperabas. En su "ideología del amor", ella se dirigía a mí de la misma forma que a los demás: con todos y con todas hablaba igual. Por eso me decía: "Te voy a dejar porque no me dejas decir mis cosas en paz". Como estábamos en casa de mis padres, era de esas peleas donde no dices lo que realmente sientes; le dices a tu pareja una verdad a medias para que no se enoje y no te deje.

​Es ahí donde empiezas a recordar los momentos como un pequeño flechazo. Se te vienen las imágenes de cuando inició la relación, cuando apenas nos conocíamos. Me acuerdo cuando recién nos casamos. Mis padres nos dieron dinero y nos fuimos a un pueblo mágico, muy hermoso, muy sintético... el pueblo de Shakespeare, totalmente romántico. ¿Qué más romántico que esa ciudad? Pero notamos desde la primera noche que habría problemas. Hubo pleitos, malentendidos y riñas: "Yo no quiero esto, yo no quiero lo otro, ¿tú por qué vas a hacer eso? ¿Por qué voy a hacer lo que tú dices?". Desde el primer momento se puso a la defensiva, como si le hubieran cambiado a la persona que yo creía conocer.

​Cuando salíamos a caminar, a ella no le gustaba. Yo amo ir a los mercaditos, conocer, "turistear", como decimos en Latinoamérica, pero ella se avergonzaba de ir a los mercados, de conocer las culturas y lo mágico de cada lugar. Le daba vergüenza la esencia de la ciudad. Una noche, mientras caminábamos (era época de fiesta y la ciudad estaba llena de gente visitando los eventos del teatro), ella se enojó y se exaltó con una maldad exagerada. Yo le dije: "Quiero ir a cenar, vamos a cenar juntos". Estaba ansioso por pasar tiempo con ella en esta etapa nueva para ambos.

​Pero en ese momento me reveló una verdad que nadie dice, porque los hombres nos quedamos callados por miedo a que nos digan "mandilones" o poco hombres. Ella me dio un pellizco fuerte y me dijo: "Cállate, tú solo piensas en comer. Nos vamos a ir al hotel, nos vamos a quedar ahí y no vamos a salir más". Actuaba como si fuera una deidad, como una persona famosísima que no pudiera ser vista.

​Dicen que los hombres no lloran, que los que lloran son unos "mariquitas". Eso se dice mucho en Latinoamérica. Pues yo me tragué las lágrimas, aunque rodó una... sí, soy un "corazón de pollo". No podía creer que ella tuviera esas acciones y, aun así, seguí adelante. En ese momento debí haber puesto un alto para no estar sufriendo lo que les platico ahora: ver cómo coquetea con otra persona a través de la computadora. Era alguien de su trabajo. ¿Qué no harían? ¿Qué no se dirían? Mi mente empezó a maquinar más y más, retomando viejos hábitos.

​Por eso digo que no todos tienen la suerte del boleto de ida y vuelta. No todos tenemos la suerte de tener el amor en nuestras vidas. Algunos lo intentan y, al ver que no tienen esa suerte, empiezan a ver solo los defectos en uno mismo. No niego que los defectos influyan, pero la culpa es de uno por el simple hecho de permitir demasiadas cosas. Principalmente por defraudarte a ti mismo, por faltarte al respeto al permitir que alguien te haga daño y te humille delante de la gente.

​Recuerdo el caso de un conocido. Su nuera denunció a su hijo por haberle pegado. La mujer le pidió al suegro que no pagara la fianza porque ella también iba a meter una demanda. El señor, un hombre regio que no violentaba a su mujer, fue a ver qué pasaba. Al final, la nuera se le echó encima al señor reclamándole por qué se metía. Él le respondió: "¿No te bastó lo que te hizo? A partir de ahora no me meto más. Arréglense ustedes". Así fue, se divorciaron, pero ella, en un acto de desquite, le impidió al abuelo ver al nieto, mientras que al papá sí se lo dejaba ver. ¿Por qué castigamos a quien no se lo merece? ¿Por qué no ponemos cartas en el asunto? De esto trata este libro.

​Yo seguía con Rocío, idealizando sus errores y justificando cada uno de ellos. Ella volvió al gimnasio y de nuevo llevaba su esponja, su jabón y su champú. Yo seguía ahí, pero ya había más violencia psicológica. Me decía: "Estás bien p*****"* a cada rato. "Me trajiste aquí a la fuerza, yo me quería quedar en mi ciudad". El "te voy a dejar" se hizo frecuente hasta que un día me dijo: "Tengo algo que hablar contigo porque va a pasar algo el fin de semana".

​Yo le pregunté qué pasaba, pero ella se fue al baño con el teléfono. Ya no lo dejaba en ningún lado; dormía con él bajo la almohada y se lo llevaba hasta para bañarse. Tenía mil contraseñas, pero en una de esas me percaté de cuál era. No pude checar mucho, pero alcancé a ver su estado de WhatsApp: "Que pase lo que tenga que pasar".



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En el texto hay: suspenso, mistica, misterio amor

Editado: 24.02.2026

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