Qué pasa cuando nos aferramos a una situación que no es para nosotros? Te aferras al matrimonio, creyendo que se puede arreglar, que hablando todo estará bien, cuando en el fondo sabes perfectamente que no hay marcha atrás. Ambos están mal, no queda nada que decir ni nada de qué hablar. Recuerdo perfectamente que era como si mi cuerpo estuviera presente, pero mi alma vagara por alguna parte; no me daba cuenta de lo que sucedía. Estaba totalmente dispuesto al abandono: no me levantaba de la cama, no comía.
Mi madre estaba aterrada por mi estado de salud y mi situación. No sabía qué hacer conmigo ni cómo apoyarme. Me decía: "Tienes que levantarte, tienes que estar bien, tienes que salir adelante", pero yo no lo creía así. Todavía conservaba la tonta idea de que ella volvería conmigo.
Un día, mi familia por parte de madre —específicamente un tío— me contó algo tras ir a una plaza muy conocida en la ciudad de París. Me dijo: "Sobrino, te tengo que contar una situación... me acabo de encontrar a tu pareja". Iba acompañada de una mujer, y esa mujer estaba embarazada. Obviamente, uno se pregunta cómo puede ser posible. Al momento de darme la noticia, el panorama fue claro: mi tío la vio en la plaza, ella iba de la mano con alguien más. Eso me hundió en lo más profundo de la depresión.
Después de mucho tiempo de no comer, sumido en esa rutina de dolor y llanto que tanto preocupaba a mis padres, algo cambió. Empecé a hacer ejercicio. Estaba pasado de peso y decidí ponerme firme; bajé más de 45 kilos. Todo el mundo me preguntaba qué estaba tomando, pero la realidad es que la depresión me quitó el hambre. Lo que realmente me salvó fue salir a correr; era mi liberación, ahí soltaba todo el dolor que sentía.
Entonces llegó la demanda de divorcio. En ella, ella se quejaba mucho de mí, afirmando que yo había sido un mal marido. Me dolió escuchar todo aquello, pero tenía que aceptarlo; las cosas ya estaban así. Sin embargo, yo también tenía pruebas. Empecé a indagar, a meterme en sus perfiles, en su teléfono, en los mensajes de la computadora que con tanto celo resguardaba. Busqué cada detalle para defenderme; no podía permitir que me hiciera ver como el malo de la historia, como la peor persona que pudo conocer, sin hacerse responsable de sus propios actos. Ella estaba "volteando la tortilla".
En la computadora encontré las pruebas más contundentes. Tenía un abogado y planeaba demandarla por adulterio, ya que seguíamos casados por el civil. Encontré mensajes comprometedores donde se citaban y se decían apodos. "Tigresa, estuviste genial anoche", "Qué tal el video que grabamos, ¿te pareció genial?". Ella respondía: "Ay, me dio mucha pena, pero creo que estuvo bien para ser el primero". Todas esas pruebas fueron entregadas al abogado. Efectivamente, la demanda entró por adulterio para acelerar el proceso, ya que, gracias a Dios, nunca tuvimos hijos. Eso agilizó las cosas y pronto me entregaron el papel del divorcio.
Pero yo estaba en un estado extraño; lo aceptaba, pero no me "caía el veinte". Cuando finalmente lo asimilé, lo hice de una manera que hoy me da mucha vergüenza reconocer. Pensé: "Soy joven, bien parecido, no soy feo... si ella pudo hacerlo, ¿por qué yo no? Tengo un nivel social alto, vengo de una buena familia". Busqué venganza de la manera que me pareció más lógica en aquel momento: saliendo con muchas mujeres, una tras otra.
Es increíble cómo los golpes de la vida te sirven para darte cuenta de lo mal que actuaste. Ahora lo veo: mi comportamiento se redujo a buscar mujeres solo para tener sexo. Una, y luego otra, y otra más. Me convertí en un mujeriego descarado. Aquí aparece la "ventaja" de ser hombre: no nos cuestionan tanto. Si hubiera sido mujer, me preguntarían a dónde voy, pero como hombre, parece que puedes hacer lo que te dé la gana. Mi madre no aguantaba en lo que me estaba convirtiendo. Estaba jugando con los sentimientos de chicas que querían algo serio conmigo, mientras yo solo buscaba una venganza absurda que no tenía sentido, porque ella ni siquiera lo veía. Solo me estaba haciendo daño a mí mismo.
Un día, una de esas chicas me invitó a una fiesta. Al salir, mi padre me preguntó: "¿Llevas condones?". Yo le dije que no creía necesitarlos, y él insistió: "No te hagas, llévatelos, están en el baño". Mi madre se molestó: "¿Qué estás haciendo? ¿Le estás dando permiso?". Ella temía por las consecuencias, las enfermedades, el vacío sin fondo en el que yo estaba cayendo.
Recuerdo a Luisa. Ella tenía la intención de algo serio, pero estaba equivocada conmigo. Esa noche que vino a visitarme estaba lloviendo; yo iba en pans. Luego me escribió: "Te veías muy bien, te veías muy sexy". Me sentí halagado y seguí buscando más y más mujeres. Cuando Luisa volvió a contactarme para vernos, le dije con total frialdad: "No puedo, tengo la semana ocupada con muchas chavas que me piden sexo; voy a salir con todas".
Me da una pena inmensa recordar esto. No tienen idea de lo que era intentar llenar ese vacío interior. Me tomaba fotos, dejaba que me vieran en la ducha... todo para llenar un espacio que era simplemente inllenable, porque el vacío era yo. Me sentía culpable por una situación que se nos salió de las manos. Nos casamos en una etapa que no era la propia; duramos muchos años, pero fue una etapa de crecimiento. Cuando ella creció y conoció a alguien más, se enamoró y se fue. Hizo mal, pero yo fui su palanca para salir de la miseria; esa es la cruda realidad.
Seguí lastimando a Luisa y a muchas más. Los oídos de mis padres retumbaban por la reputación que me estaba haciendo. Ese tabú social de que el hombre puede hacer lo que quiera sin ser juzgado como una mujer me permitía seguir adelante sin detenerme. Hasta que me topé con una mujer en especial.
Tenía unos ojos verdes hermosos, una nariz respingada, tatuada, el pelo lacio y negro. Se veía muy bien. La conocí en una aplicación de citas y el encuentro fue directamente para tener sexo. Estuvimos así dos semanas, pero... ¿qué pasó después? Tienen que ver el siguiente capítulo para saber quién era esa chica, su nombre y qué sucedió. Es alguien que siempre guardaré en mi corazón, pero deben seguir leyendo este libro para entender nuestra historia.
Editado: 14.03.2026