Esa noche, cuando me quedé en la casa de Georgina, estuvimos un rato en su habitación viendo una película. Era un cuarto muy pequeño, algo de esperarse. Como era de suponerse para dos adolescentes casi adultos, nos empezamos a dejar llevar por el momento; el calor subía de temperatura y nos empezamos a tocar. Pero fíjense qué raro es eso de la "perfección aparente", ya que ella decía: "No, nos van a escuchar, no es el momento".
Recuerdo que, cuando nos íbamos a instalar, su hermana me dijo de una manera muy sabia: "Sí, claro, te puedes quedar sin ningún problema, pero eso sí: todavía no puedes tener intimidad con ella. Todo a su tiempo, aún tienen poco de conocerse. No nos espantamos, somos una familia muy abierta en ese aspecto, nada más les pedimos que esperen a que pase a su tiempo, es todo". Pues así fue, no había más que hablar ni nada más que decir. Cuando se hizo una hora considerable, la hermana vino por mí y me llevó a su habitación, que era donde yo iba a dormir.
Todo pasó muy bien. Al día siguiente me invitaron a una comida familiar y luego me retiré. Mis padres estaban de acuerdo; me fui bien arreglado, me fui guapo. Al terminar el evento, tomé el camión y regresé a casa.
¿Qué pasaba después? Estaba teniendo problemas con mis padres por ir y venir yo solo. A mi madre no le parecía que fuera y viniera por mi cuenta; supongo que mi pasado le afectaba demasiado por haber tenido intimidad con tantas mujeres. Ella pensaba que me iba de viaje de libertinaje, y era una idea que yo mismo tuve la culpa de sembrar en ella. Lo primero que hice desde que me dejó Rocío fue meterme con otra; nunca me tomé el tiempo de analizar la situación ni de llevar el duelo de esa relación de siete años. Sí, una relación que no tenía ni pies ni cabeza, una relación inmadura, lo sé, pero no me tomé el tiempo de cerrar ese capítulo como debería haber sido.
Recuerdo que, cuando vivíamos juntos, una vez se oyó un golpe en la ventana. Se me vino esto a la cabeza: sea nuestra separación por obra natural o porque hubo otra fuerza de por medio. Recuerdo que salgo y hay un pañal tirado en la ventana. Al saber un poco de todo esto, yo sabía que no debía tocarlo con las manos, así que traje un palo, lo abrí y había muchas cosas de brujería adentro. Lo aventé con el mismo palo porque sé que eso no se debe agarrar.
Pero no paró ahí. Al día siguiente me dejaron un muñeco vudú; lo aventaron por la ventana otra vez. Sé que no debo agarrarlo con la mano, así que lo aventé con un palo. Tenía la imagen exacta de Rocío: físicamente, el pelo, todo. Al parecer alguien no nos quería juntos. Mi familia, chueco o derecho, nos había apoyado hasta el final para que estuviéramos juntos. Sí, era una relación sumamente inmadura y temprana; obviamente no iban a estar de acuerdo, pero al final no les quedaba de otra ni a unos ni a otros.
Yo le echaba la culpa al papá, pero tiempo después me enteré de que no: la que había tenido la culpa de todas esas cosas de brujería era la mamá. Así es, era ella la que hizo eso porque no me quería junto con su hija. La apariencia de la señora hacia mí no me importaba; yo no le tenía ninguna consideración porque sabía realmente cómo era ella: una señora que obraba mal.
El día que ella se fue, yo guardaba una foto de ratera. La saco y, ¡oh sorpresa!, lo que hago es algo que ya había leído en las redes sociales en ese momento: que para cerrar un ciclo se debían quemar todas las cartas y fotos de la relación. ¿Qué pasa cuando intento quemar la foto? Sale un fuego de color verde. La foto no se podía quemar; yo le echaba alcohol y no se prendía, solo prendía de color verde. Entonces me quedo pensando: "Ah caray, entonces nuestra separación no fue por algo natural, sino porque alguien no nos quería juntos". Así de simple y sencillo.
Al estar todo el tiempo con Georgina, obviamente yo había despertado las dudas en mi madre. Cada quien cosecha lo que siembra, y yo sembré en ella desconfianza respecto a mi persona. Era natural que sintiera eso y me lo dijo: "Me parece mal que estés viajando tanto a ver a Georgina. Pienso que a ella le corresponde, ya que ella maneja, venir a verte de vez en cuando. Esa es mi opinión; sé que es mujer y no es lo habitual, pero en esta ocasión considero que es lo mejor dado lo que ha pasado contigo".
Estaba teniendo problemas para ir y a mi madre no le parecía; se molestaba, se enojaba, era obvio que le disgustaba hasta que un día se tuvo que meter mi padre y le dijo: "Tú sabes que es un hombre, no lo podemos detener, así que no nos queda más que dejarlo ir".
Así que, en una de esas idas, fue cuando tomé esta terrible y brusca decisión. Pero primero recuerdo que fue esa cita decisiva; ella me hizo ver todo tan perfecto que pensé: "Tengo que estar con ella, con Georgina me tengo que quedar". Por un breve momento me llevó a un mirador muy bonito y mi mente pensó en mi chica de los ojos verdes, pero al saber que era imposible volver con ella, tenía que seguir adelante.
Recuerdo cuando le enseñé la foto de Georgina a un estilista muy querido para mí, Adrián. Él era divino. Le dije: "Mira, esta es Georgina, mi pareja". Su cara (obviamente él era gay) fue de: "¡Dios mío! ¿Qué estás haciendo con ella? Nada que ver contigo. Tú estás divino, estás muy guapo, ¿qué haces con esa persona? No, yo te tengo que llevar a conseguir una mujer. Voy a viajar a París la semana que viene y le pediré permiso a tu mamá para que vayas conmigo. Allá vas a ver cosas hermosas, te voy a encontrar una pareja y te vas a venir casado de allá, o te quedas, pero tú no puedes fijarte en esta persona. Además, tiene una apariencia media rara... no sé, no me da confianza".
Qué curioso es el destino. Debí haberle hecho caso, tal vez no tanto por el viaje, sino a su sexto sentido que le decía que algo andaba mal. Pero mi necedad me estaba cegando demasiado. Así que un día que no fui a verla, me fui llorando (sí, los hombres también lloran) en el camión, bastante desolado y desconcertado. Mi madre me había dejado ir a regañadientes, amenazándome con que era la última vez que viajaba solo a ver a Georgina, y que si ella no quería venir a verme, ahí se acababa la relación.
Editado: 04.04.2026