Se supone que la vida es para aprender de nuestros errores; para entenderlos, que no haya una segunda vez y no volver a cometerlos. Eso se supone. Pero, ¿qué pasa cuando sigues cayendo en lo mismo? Dices: "esta vez ya no lo voy a hacer, voy a hacer las cosas bien", pero te estás engañando a ti mismo. Estás repitiendo los fallos que juraste evitar porque, simplemente, tu subconsciente o tu juicio no funcionan al fijarte en una persona que no es adecuada. Algo en ti sigue el mismo patrón, fijándote en la misma clase de persona que prometiste dejar atrás.
Este libro nace de eso: de no haber escuchado a mi madre. De no haber hecho caso cuando me decía "detente" o "regrésate". Nace de haber tomado malas decisiones por no escuchar, por seguir cayendo y tropezando con la misma piedra. No escuché a mi otra mamá; no me importó cómo ella luchaba y me defendía ante mi madre para que no me regañara. A veces, como hijos, tomamos una actitud de "le voy a dar en la madre a mi mamá haciendo esto", pero ¿a quién engañamos? Lo único que logramos es dañarnos y castigarnos a nosotros mismos.
A tu madre la harás pasar un coraje de la fregada, la vas a frustrar y hasta la harás llorar, pero ella llora porque ve que te estás destruyendo con tus acciones. Como madre, te quedas sin ganas de amar; pierdes la ilusión porque sientes que al final te van a lastimar de nuevo. Te hundes tú mismo. Este libro es para que escuches cuando tu madre te habla, para que aprendas cuando te dice: "¡Hey, fíjate lo que estás haciendo!". No te dejes guiar por esos impulsos absurdos y estúpidos que solo arruinarán tu vida. Detente. No tiene ningún sentido.
Espero con ansiedad que agreguen este libro y les guste. Espero sus comentarios y sus críticas; incluso espero que "me rayen la madre" y me digan: "¿Qué diablos estás haciendo? Estás destruyendo mis ganas de amar". No, simplemente intento hacerte reflexionar. Espero que quieran seguir leyendo para saber qué pasa con esta historia, qué sucede con Rocío y si este chico seguirá metiendo la pata una y mil veces más.
Continuamos con nuestra historia...
Exactamente, no estaba yo razonando. Si hubiera estado en mis cinco sentidos, habría ido a visitar a Georgina e incluso la habría dejado desde el primer día; no habría comido nada y no habría vuelto a saber de ella. Pero hice todo lo contrario: no pensé, no razoné. Al llegar a donde estaba ella, me recibieron con los brazos abiertos y me llevaron a su casa.
Todo aparentaba ser como en esa película animada (Coraline) donde una chica viaja a otra dimensión a través de una puertita en la pared. Ella idealiza a unos padres perfectos porque los suyos no la consienten, pero entra a un lugar turbio y siniestro que solo finge ser perfecto. Así era aquello: una perfección hermosa que me convenció de quedarme a dormir. Total, mis padres ya no podían decir nada; yo siempre he sido de espíritu rebelde, como el de la película de Disney (Spirit).
Me quedé a dormir. Todo el trato de la familia era impecable, no ponían obstáculos y me daban una libertad que al principio me gustó, pero que ahora me asusta. Me permitieron quedarme en una habitación privada, un mini departamento en el techo, bastante amplio y con mucha privacidad. Estaba raro, ¿no creen? Si lo piensas ahora, ya se notaba la dirección que ellos estaban tomando.
Prendí mi teléfono y Georgina me preguntó:
—¿Qué vas a hacer?
—Voy a prenderlo para avisarle a mi papá que ya voy para allá, que tomaré el camión.
—No —me dijo ella—. Yo ya me idealicé que estás aquí conmigo y no te voy a dejar ir. Así que no contestes el teléfono, porque tú aquí te quedas.
Como no estaba siendo un hombre pensante, me quedé sin medir las consecuencias. Mi madre se iba a enojar y mi padre se iba a decepcionar, pero en ese momento uno no razona el daño que hace a terceros. Mi padre me ofendió de todo, pero mi otra madre me apoyó incondicionalmente en todas mis pendejadas y estupideces. Ella sentía que debía solaparme para que las cosas no fueran peor.
Fue un camino difícil. Fui a cancelar el plan de mi teléfono para no generar gastos que mi padre tuviera que pagar; yo ya no quería nada de él. Los primeros días se portaron increíble. Me dejaban cocinar en la planta baja, donde cocinaba la mamá de Georgina, pero pronto empezaron los problemas. Yo opté por el papel de "amo de casa", pero viví un viernes que fue un verdadero suplicio.
Yo no me daba cuenta del problema que tenía Georgina; al principio todo era perfecto con su familia. Pero entonces viví su "viernes de paga". Ella me dijo: "Voy con unos amigos a tomar un rato, pero vuelvo". Pasaron las horas, pasó el sábado, pasó el domingo... y llegó el domingo a las siete de la noche, arrastrándose de borracha.
Así empezaron los problemas y se cayeron las máscaras. Empecé a vivir un infierno. Su madre estaba acostumbrada a verla así; la regañaba de vuelta y media, pero Georgina seguía igual. Un día, su madre estaba muy molesta por la borrachera del fin de semana y yo ya tenía miedo hasta de bajar. Recuerdo esa primera vez que intenté entrar a la cocina. Ella había dicho claramente: "No quiero que él pise mi cocina". Georgina me insistió: "No hay problema, ella siempre dice lo mismo, no va a decir nada".
Bajamos. Georgina abrió la puerta. La cocina estaba cerrada con llave, algo que nunca hacía. Entré y empecé a cocinar...
Tienen que ver el siguiente capítulo para saber qué pasó.
2026 Gabriela González Calette (Gabby Rose Noir). Todos los derechos reservados.
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Editado: 04.04.2026