La Ideología Del Amor

​"Corazón Parchado y el Último Brindis"

¿Qué pasa por la mente cuando nos dicen que "hierba mala nunca muere", que "las apariencias engañan" o que "nada es lo que parece"? ¿No te has fijado que existe cierto cliché por las personas malas o con apariencia rebelde? Como en las típicas películas al estilo de Vaselina, en la cual sale John Travolta y todo mundo se enamora de él; su personaje no es malo, pero ya saben: rebelde, problemático en la escuela... Y en la vida real, ¿no les ha pasado que se fijan en esa clase de personas? Los dejan, y después dices: "Me voy a fijar en alguien diferente", pero vuelve a pasar lo mismo. Caes una y otra vez en el mismo círculo.

​Este libro trata de vivencias muy dolorosas; tanto, que ojalá hubieran sido producto de mi imaginación para saber que no existen esas cicatrices que llevo en la piel. Yo siempre me he preguntado, cuando imagino mi corazón: ¿Qué forma tiene? ¿Qué tamaño tiene? Mis padres me dijeron una vez: "¿Sabías que nuestro corazón es del tamaño de nuestro puño cerrado?". Lo veo y digo: "Bueno, no está tan grande". Y sin embargo, está lleno de cicatrices, todo cosido, parchado, lleno de moretones. No me hago la víctima; yo mismo me las he causado y propiciado, pero tras cada tropezón uno va aprendiendo. Este libro es para aprender de cada error, porque la vida es un proceso del cual debemos aprender; a eso venimos. No debemos avergonzarnos de nuestro pasado, tenemos que aprender a abrazarlo. No digo que ya lo hice, sería muy hipócrita de mi parte decir eso; la verdad es que no, pero pienso que voy a llegar a ese punto en el cual lo haré. En ese momento abrazaré a mi pasado y le diré: "Estoy bien", y mi pasado me dirá: "Al fin, ya mero llegamos".

​La Posada en la Hacienda

​Esa noche nos iba a llevar a una posada, como las nombramos en México. Era un evento muy grande en un salón de fiestas enorme, en una ciudad colonial muy famosa donde yo radicaba en ese tiempo con Georgina. Era una hacienda muy hermosa que, por cosas del destino, años atrás yo había visitado con mis padres. Me enamoré rotundamente de ese lugar; me imaginaba visitándola con mi pareja, casándome ahí con un velo de novia. Siempre tuve la loca idea de casarme con un vestido negro. Ahora entiendo que son tonterías y es muy duro aceptar que no todos estamos listos, o somos dignos, de estar con una pareja ideal. Es muy difícil y no se lo deseo a nadie, pero hay una lección que aprendí: aprendí a no volverlo a hacer y estoy aprendiendo a amar y abrazar mi soledad.

​Esa noche había muchísima gente. Nos sentamos antes de que empezara el concurso y la rifa para los trabajadores. Al final, se llevó una licuadora; nos sentíamos como si nos hubiéramos sacado millones, ya que ella decía que yo le había traído suerte, pues antes de estar conmigo nunca se ganaba nada. Durante el evento, la comida estuvo decadente. Nos encontramos a un familiar de ella y le dijo:

—¡Qué onda, Georgina! No sabía que podías traer a tu pareja a estos eventos.

—Sí, pues yo tampoco, güey —respondió ella—. Pero acá se me pegó este, mi esposo, y pues ya, aquí vine.

—Está bien, está bien —dijo él y se fue.

​¿Cómo me hizo sentir eso a mí? Me hizo sentir de la patada, como un cero a la izquierda. Al sentarme a la mesa, me percaté del porqué no quería que viniera. Estaba la plática de querer conocer a la bebé; un hombre se me quedaba viendo con una mirada de odio y rencor, y yo no sabía qué estaba pasando.

—A ver qué día nos traes a la bebé para presumirla a la oficina, Georgina —dijo aquel hombre.

—Sí, mañana la llevo —respondió ella, mientras se echaban miradas de coqueteo y me lanzaban a mí miradas de desprecio. Para hacérselas corta: él se levantó y se fue a otra mesa. Yo me quedé ahí con Georgina, me levanté al baño y ella se me desapareció por un rato. Ese evento duró muy poco tiempo conmigo, no pregunté más; después de lo vivido el año pasado, aprendí a quedarme callado.

​La Oficina y el Desprecio

​Al día siguiente fue una noche aparentemente tranquila en esa casa, donde siempre había tempestades y problemas (hubo uno muy fuerte con la mamá, pero de ese hablaré más adelante). Fuimos a la oficina a llevar a la bebé. Georgina no me dejó bajar, me dejó en el carro diciendo:

—¿Para qué te bajas, amor? Quédate ahí, yo nada más voy y vengo.

Yo pensé que me pasaría como su pareja, pero ella insistía en que no. Duró mucho rato y luego dijo:

—Sabes qué, bájate, que quieren conocerte.

​Me bajé con nervios y el personal de intendencia se me quedó viendo. Casualmente, era el mismo tipo que le estaba coqueteando en la fiesta. Él se metió al baño, yo salí primero y Georgina se tardó mucho ahí dentro. Al salir, se quedó platicando con ese chavo. Miraron a la bebé y le dijeron palabras de cariño a la mamá. Una compañera de trabajo le advirtió al tipo:

—No digas eso, que Georgina te va a partir tu madre.

Ellos solo se coqueteaban con la mirada; creo que era bastante obvio lo que se estaban diciendo.

​El Espejismo de la Clase Social

​Uno se ciega de las cosas. Una vez nos invitaron a un Pueblo Mágico muy cercano y hermoso. Era Navidad y estaban regalando la famosa Rosca de Reyes a la gente. Nunca olvidaré ese día, porque fue aparentemente insignificante pero mostró todos sus trastornos. Cuando llegamos, yo me quise formar y Georgina, con un tono como el de la novela de Teresa, me dijo:

—¿Cómo te vas a formar a que te den eso? ¡Ay, no, qué vergüenza!

Lo decía ella, que venía de una familia de clase humilde; esos comentarios no venían al caso. A mí siempre me ha gustado celebrar la Navidad, es mi época favorita pase lo que pase. Ella le dijo a su hijo:

—Déjala, se va a formar mi hijo, tú ni esperes que yo me forme.

​Antes de irnos, quise tomarnos una foto en un puente de esa ciudad y no quiso. Se tomó la foto con su hermano y a mí me hicieron a un lado. Es un evento que nunca voy a olvidar: cómo a veces permitimos que las personas nos hagan sentir tan poca cosa cuando realmente somos más.



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En el texto hay: suspenso, mistica, misterio amor

Editado: 04.04.2026

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