Es aterrador cómo somos capaces de ver, pero ver a medias. Tenemos los defectos de la pareja frente a nosotros, pero los miramos entrecerrando los ojos, poniendo una mano de por medio, abriendo y cerrando los dedos como quien no quiere terminar de ver una película de terror. Sabemos que estamos en una relación podrida, pero ahí permanecemos.
Recuerdo la historia que me contó un taxista, un amigo personal. Su hijo se había unido a una mujer y los problemas no tardaron en brotar. El señor, un hombre muy católico y de reglas claras, siempre les dijo a sus hijos: "A una mujer no se le levanta la mano". Pero un día, el instinto le ganó y se metió en el pleito de su hijo para defender a la nuera. Cometió el que llamó "su mayor error": denunció a su propio hijo para que se lo llevaran a la cárcel por golpeador.
¿Y qué hizo la nuera? Se le fue encima al suegro. "Que sea la última vez que usted se mete con mi esposo", le gritó. El señor, con el corazón roto por la ingratitud, le respondió: "Si te gusta que te pegue, aguántate, pero a mí no me vengas a chillar después". Y así fue. Ella volvió a llorar, pero él ya le había dado la espalda. Ella tuvo su oportunidad, pero eligió sus propios "madrazos" por encima de su libertad.
¿Hasta dónde somos capaces de aguantar? Nos quejamos, pero seguimos ahí por soledad, por compromiso o porque nos sentimos como una "chinche pedorra" al lado del otro. Somos expertos en enlistar mil defectos propios, pero no logramos ver ni dos virtudes. En ese desbalance es donde nos perdemos.
El cinismo de Georgina y el peso de la intuición
Con Georgina, las cosas llegaron a un punto de cinismo absoluto. El alcohol ya no era un secreto, era un descaro. Siempre hallaba un pretexto para no mudarnos a la casa nueva; siempre faltaba un arreglo, un detalle... excusas para no avanzar.
Un día, al volver de un mandado, la vi sentada afuera con una muchachita, Daniela. Era una adolescente, casi una niña comparada con la edad de Georgina. La escena era incómoda, de esas que te erizan la piel pero que decides ignorar por conveniencia. Yo conocía bien a Daniela; éramos vecinos en una calle tranquila.
Cuando intenté volver a la tienda porque olvidé algo, Daniela insistió con desesperación: "Yo te acompaño, amigo". Me sentí extraño. Su insistencia no era normal; era un grito de auxilio silencioso que yo, por ceguera o por miedo, no quise descifrar. Incluso una vez que se quedó a dormir, le pedí a Georgina que la ayudara con la toalla para bañarse, sintiendo un nudo en el estómago que hoy me quema la memoria.
La verdad explotó por una casualidad del destino. Mi madre, que trabajaba como médico en una farmacia de una zona humilde, recibió a Daniela y a su familia en consulta. Entre la revisión por una gripe y la venta de un teléfono, mi madre, con ese instinto que solo tienen las que son madres, leyó el miedo en los ojos de la niña.
"¿Qué te pasa, Daniela? ¿Te está molestando Georgina?", le preguntó.
La sombra de la culpa
Es increíble cómo la culpa te sigue como una sombra. Daniela confesó que sufría acoso sexual por parte de Georgina y que estaba bajo amenaza. Leer estas palabras es difícil; escribirlas lo es más. Mi reacción fue desgarradora. Yo lo intuía, mi madre lo sospechaba, pero nos quedamos callados por no querer "agarrar al toro por los cuernos".
Me da vergüenza reconocer que, en un principio, mi ego no me dejaba creerlo. Se me corren las lágrimas al pensar en cuántas veces me di la vuelta. Por ser hombre, muchas veces nos callamos o somos burlados cuando denunciamos estas cosas, pero el dolor es el mismo.
Vemos en las noticias a madres que prefieren creerle al marido y correr a la hija, llamándola "casquivana" o mentirosa, solo por no perder al hombre que tienen al lado. Mi mensaje es simple: Crean. Aunque sea difícil, aunque duela, crean. ¿Por qué habrían de mentir sobre algo tan atroz?
Esta novela no busca un final feliz, porque la vida misma es cruel y está llena de errores. No esperen perfección. Busco que sea un libro de autoayuda nacido de la tragedia, una enseñanza de que aprender de los errores es la única forma de no volver a cometerlos.
Esta historia continuará...
2026 Gabriela González Calette (Gabby Rose Noir). Todos los derechos reservados.
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Título de la obra: la ideología del amor
Autora: Gabriela González Calette
Nombre de autora: Gabby Rose Noir
Contacto: fridagabbycalette@gmail.com
Editado: 04.04.2026