La ilusión de una vida perfecta

Capitulo 4

Siempre creí que algunas personas llegan a tu vida para quedarse.
Sebastián era una de esas personas.
No recuerdo exactamente cuándo empezó.
Tal vez en la escuela primaria, cuando él se sentó a mi lado el primer día porque el profesor dijo que los asientos eran libres.
Tal vez fue cuando tenía diez años y me caí de la bicicleta frente a todos.
O tal vez fue mucho antes.
Cuando todavía éramos niños y el mundo parecía mucho más sencillo.
Solo sé que desde entonces Sebastián siempre estuvo ahí.
Y durante años pensé que eso significaba algo.
—Te quedaste callada.
La voz de Sebastián me saca de mis pensamientos.
Estamos caminando por el patio después de clases.
El lugar está más tranquilo ahora. Algunos estudiantes siguen hablando cerca de la entrada, pero la mayoría ya se ha ido.
—Estaba pensando —respondo.
—Eso es peligroso.
Lo dice con esa sonrisa ligera que siempre usa cuando quiere burlarse un poco.
Lo empujo suavemente con el hombro.
—Cállate.
Sebastián se ríe.
Y por un momento todo se siente como siempre.
Fácil.
Natural.
Sin esfuerzo.
Esa era una de las cosas que siempre me gustaron de él.
Con Sebastián nunca tuve que fingir demasiado.
Nunca tuve que ser la versión perfecta que mis padres esperaban.
Con él podía ser impulsiva.
Podía decir cosas sin pensarlas demasiado.
Podía enojarme.
Podía reírme fuerte.
Y él nunca parecía juzgarme.
Tal vez por eso me gustaba estar con él.
Tal vez por eso, con el tiempo, empecé a verlo diferente.
No como un amigo.
Sino como algo más.
Aunque nunca se lo dije.
—Oye.
La voz de Sebastián vuelve a interrumpir mis pensamientos.
—¿Qué?
—¿Por qué estabas mirando tanto a Valeria hoy?
La pregunta me toma por sorpresa.
—No estaba mirando tanto.
Sebastián levanta una ceja.
—Camila.
Suspiro.
—Solo es curiosidad.
—¿Curiosidad?
—Es nueva.
—Eso no es un crimen.
—Nunca dije que lo fuera.
Sebastián se queda en silencio un momento.
Luego dice:
—Creo que le cuesta un poco adaptarse.
No sé por qué esa frase me incomoda.
Tal vez porque noto algo en su voz.
Algo que no había escuchado antes.
Interés.
No es exagerado.
No es evidente.
Pero está ahí.
—Es normal —respondo.
—Sí.
Seguimos caminando.
Pero mi mente se va a otro lugar.
A muchos años atrás.
Teníamos doce años.
Yo estaba sentada en las gradas del campo de fútbol con los brazos cruzados y una cara que claramente decía que quería golpear a alguien.
Sebastián se sentó a mi lado.
—¿Qué pasó?
—Nada.
—Cuando dices nada normalmente significa algo.
Rodé los ojos.
—Mi padre dice que debería comportarme más como una “señorita”.
Sebastián se quedó pensando unos segundos.
Luego dijo algo que todavía recuerdo.
—Eso suena aburrido.
No me dijo que cambiara.
No me dijo que debía obedecer.
No me dijo que mis padres tenían razón.
Solo dijo eso.
Y por alguna razón… me hizo reír.
Fue un momento pequeño.
Insignificante para cualquiera más.
Pero creo que fue la primera vez que sentí que alguien me veía sin intentar corregirme.
—Camila.
Parpadeo.
Estoy de vuelta en el presente.
Sebastián me está mirando.
—Te volviste a perder.
—Solo estaba pensando.
—Eso otra vez.
Sonrío un poco.
—Deberías acostumbrarte.
Sebastián se detiene frente a la salida del colegio.
El sol ya está bajando un poco.
La luz de la tarde cae sobre el patio.
Por un momento ninguno habla.
Entonces Sebastián dice algo inesperado.
—Valeria parece diferente.
—¿Diferente cómo?
—No sé.
Se encoge de hombros.
—Como si estuviera tratando de encajar en un lugar que no termina de entender.
Siento algo extraño en el pecho.
Algo pequeño.
Algo incómodo.
—Tal vez solo es tímida.
—Tal vez.
Pero Sebastián sigue pensando en ello.
Lo noto.
Lo conozco demasiado bien.
Durante años pensé que conocerlo así significaba algo especial.
Que tarde o temprano él también lo entendería.
Que todo ese tiempo juntos algún día se convertiría en algo más.
Pero mientras caminamos hacia la salida, no puedo evitar pensar en algo que apareció hoy por primera vez.
Una duda.
Una pequeña grieta en una historia que siempre creí segura.
Valeria.
Una chica nueva.
Nada más.
Eso es lo que debería ser.
Pero por alguna razón…
mi intuición dice otra cosa.
Y la intuición rara vez se equivoca.




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