Sebastián no había dormido bien.
El mensaje seguía en su teléfono.
Leído.
Sin respuesta.
Había intentado escribirle a Camila varias veces desde la noche anterior, pero ella no respondió ninguno.
Sabía que la había herido.
Y por primera vez en mucho tiempo sentía miedo de haber roto algo que llevaba años existiendo entre ellos.
Cuando llegó al instituto, la vio en el pasillo.
Estaba cerrando su casillero.
Sebastián respiró hondo y caminó hacia ella.
—Camila.
Ella levantó la mirada.
Su expresión se endureció inmediatamente.
—No quiero hablar contigo.
Sebastián bajó un poco la mirada.
—Solo quiero disculparme.
Camila negó con la cabeza.
—Sebastián… ya dijiste suficiente.
—Lo sé —respondió él—. Pero estaba enojado.
—Eso no cambia lo que dijiste.
El silencio entre los dos fue incómodo.
Sebastián iba a decir algo más cuando comenzaron los murmullos alrededor.
Primero fueron susurros.
Luego risas.
Algunos estudiantes miraban sus teléfonos.
—¿Ya viste eso?
—No puede ser…
—Es Valeria.
Sebastián frunció el ceño.
Uno de los chicos tenía el teléfono en alto mostrando un video.
Sebastián lo tomó.
Y cuando miró la pantalla, su cuerpo se tensó.
Era Valeria.
El video mostraba una fiesta.
Luces de colores.
Música.
Valeria aparecía con un vaso en la mano, riendo de forma extraña, como si estuviera desorientada.
En un momento se tambaleaba un poco mientras alguien la grababa.
Parecía confundida.
Como si no estuviera completamente consciente de lo que hacía.
El video terminaba rápidamente.
Era solo un fragmento.
Pero fue suficiente para que empezaran los comentarios.
—Se ve súper borracha.
—¿Esa no es la chica nueva?
—Con razón la cambiaron de colegio.
Sebastián devolvió el teléfono con rabia.
Porque algo no estaba bien.
Valeria supo que algo estaba mal desde el momento en que entró al instituto.
Las miradas.
Los murmullos.
Dos chicas la observaron y empezaron a susurrar entre ellas.
Una de ellas incluso la señaló.
El corazón de Valeria empezó a latir con fuerza.
—¿Qué pasa? —preguntó.
Nadie respondió.
Hasta que una chica se acercó y giró el teléfono hacia ella.
—Creo que esto es tuyo.
Valeria miró la pantalla.
Y sintió que el aire desaparecía.
Era ella.
La fiesta.
Las luces.
La bebida en su mano.
Su expresión desorientada.
El video duraba apenas unos segundos.
Pero Valeria sintió que el mundo se derrumbaba.
Porque sabía algo que nadie más sabía.
Ese video no era todo.
Era solo un pedazo.
Un fragmento pequeño.
Daniel tenía más.
Mucho más.
Y si llegaba a publicar el resto…
todo sería peor.
Mucho peor.
Entonces recordó el mensaje.
Unos minutos antes.
Su teléfono había vibrado.
Daniel.
Solo ver su nombre ya le producía un nudo en el estómago.
Abrió el mensaje.
Daniel:
No sé por qué sigues insultándome.
Valeria sintió la rabia subirle al pecho.
Valeria:
¿Insultarte?
Eres un enfermo.
Pasaron unos segundos.
Luego apareció la respuesta.
Daniel:
Qué curioso.
No parecías pensar eso cuando estabas conmigo.
Valeria apretó el teléfono.
Valeria:
Todo esto lo hiciste tú.
Me manipulaste.
La respuesta llegó casi de inmediato.
Daniel:
¿Manipularte?
No recuerdo haberte obligado.
Las manos de Valeria empezaron a temblar.
Pero esta vez no quiso quedarse callada.
Valeria:
Ojalá nunca te hubiera conocido.
Eres un infierno.
Déjame en paz.
Hubo unos segundos de silencio.
Luego llegó el último mensaje.
Daniel:
Eso te pasa por insultarme.
Espero que te guste el recuerdo.
La risa de alguien cerca la devolvió al presente.
Las miradas seguían sobre ella.
Valeria sintió un vacío en el pecho.
Daniel lo había hecho.
Había publicado el video.
Pero no el peor.
Todavía no.
Y eso era lo que más miedo le daba.
Esa misma tarde el instituto llamó a sus padres.
Cuando Valeria llegó a casa, su padre estaba en la sala esperándola.
Tenía el teléfono en la mano.
Su expresión era dura.
—Explícame esto.
Reprodujo el video frente a ella.
Valeria sintió que la garganta se le cerraba.
—No es lo que parece…
Su padre golpeó la mesa.
—¿Otra vez con lo mismo?
Valeria levantó la mirada confundida.
—¿Otra vez qué?
Su madre cruzó los brazos.
—Pensamos que después de lo que pasó en tu colegio anterior habías aprendido.
Valeria negó con la cabeza desesperadamente.
—Esto no es igual…
—¡Basta! —gritó su padre.
La bofetada llegó de repente.
El sonido seco llenó la sala.
Valeria llevó una mano a su mejilla mientras las lágrimas empezaban a caer.
—Nos estás avergonzando otra vez.
Pero ellos no sabían la verdad.
No sabían de Daniel.
No sabían del chantaje.
Solo habían visto ese fragmento del video donde ella parecía borracha y desorientada en una fiesta.
Nada más.
Pero para ellos era suficiente.
—Estás castigada —dijo su padre.
—Nada de salidas.
—Nada de teléfono.
Valeria subió las escaleras temblando.
Entró a su habitación y cerró la puerta.
Se dejó caer en el suelo.
Las lágrimas salían sin control.
—Estoy cansada…
Susurró.
Cansada de las amenazas.
Cansada de las mentiras.
Cansada de vivir con miedo.
Pero lo peor era saber algo que sus padres no sabían.
Ese video no era todo.
Daniel tenía más.
Y si algún día decidía publicarlo…
su vida se derrumbaría por completo.
Camila vio el video en el instituto.
Y desde ese momento no dejó de pensar en Valeria.
Sabía cómo podían ser las personas.
Los rumores.
Las burlas.
Las miradas.
Pero lo que más le preocupaba era otra cosa.
Valeria.
Había visto su rostro cuando se enteró.
Había visto cómo se quebraba por dentro.
Camila sintió un peso en el pecho.
Porque en el fondo sentía que todo aquello había escalado demasiado.
Y que, de alguna forma, Valeria estaba pagando las consecuencias de algo que nunca debió pasar.
Sacó su teléfono.
Miró un número que tenía guardado desde hacía semanas.
Adrián.
Lo había conocido en una reunión de trabajo de su padre.
Habían hablado solo unos minutos, pero antes de irse él le había dicho:
—Si algún día necesitas ayuda con algo, puedes llamarme.
En ese momento Camila no pensó que realmente lo haría.
Pero ahora sí.
Marcó el número.
Adrián respondió después de unos segundos.
—¿Camila?
Su voz sonaba tranquila.
Pero Camila habló con urgencia.
—Necesito tu ayuda.
Hubo un pequeño silencio.
—¿Qué pasó?
Camila respiró hondo.
—Un chico está chantajeando a una amiga con un video.
—Y hoy publicó una parte en el instituto.
Adrián guardó silencio un momento.
—¿Qué tan grave es?
Camila bajó la mirada.
—Muy grave.
Su voz se quebró ligeramente.
—Ella ya no está bien.
—La vi hoy… y parecía que se iba a romper en cualquier momento.
Hubo un silencio al otro lado de la llamada.
Camila apretó el teléfono.
—Si ese chico publica el resto del video… su vida se va a destruir.
Adrián habló entonces, con una firmeza diferente.
—Tranquila.
—Primero respira.
Camila cerró los ojos.
—Necesito ayudarte a detenerlo.
Adrián respondió con seguridad.
—Entonces vamos a hacerlo.
Camila bajó lentamente el teléfono.
Porque ahora tenía claro algo.
Daniel no estaba jugando.
Estaba destruyendo la vida de alguien.
Y si nadie lo detenía…
lo peor todavía estaba por venir.