Un silencio incómodo, pesado, que parecía quedarse pegado a las paredes. Desde que el video había comenzado a circular en el instituto, la vida de Valeria dentro de esa casa se había vuelto aún más difícil de lo que ya era.
No tenía teléfono.
No podía salir.
Y sus padres apenas le hablaban.
La puerta de su habitación permanecía cerrada casi todo el tiempo, como si fuera una especie de castigo silencioso que nadie necesitaba mencionar.
Valeria estaba sentada en el borde de la cama, con la mirada perdida en el suelo.
Sabía que el video que se estaba compartiendo en el instituto no mostraba lo peor.
Solo era un fragmento.
Un pedazo donde ella aparecía en una fiesta, desorientada, con una copa en la mano, riendo de una forma que ni siquiera parecía ella. Sus movimientos torpes, la música fuerte de fondo, las luces moviéndose alrededor.
Parecía simplemente una chica ebria en una fiesta.
Pero ella sabía que no era tan simple.
Ese video no estaba completo.
Y si Daniel decidía mostrar lo demás…
Su estómago se encogió.
—Esto todavía puede empeorar… —susurró para sí misma.
Apretó las manos contra la sábana.
No quería ni imaginar lo que pasaría si el resto salía a la luz.
El silencio de la habitación empezó a llenarse de pensamientos.
Y con ellos, llegaron los recuerdos.
Valeria cerró los ojos por un momento.
Recordó cuando era niña.
Tenía ocho años y corría por la sala con un cuaderno en las manos, emocionada porque había sacado una de las mejores notas de su clase.
—Papá, mira…
Su padre apenas levantó la mirada del periódico.
—Está bien —respondió con indiferencia.
Nada más.
Valeria había esperado algo diferente. Una sonrisa, una felicitación… algo.
Pero no hubo nada.
Otro recuerdo apareció.
Una cena familiar.
Ella trataba de contar algo que había pasado en el colegio.
—Y entonces la profesora dijo que…
—Valeria, deja de hablar con la boca llena —la interrumpió su madre con frialdad.
La conversación siguió sin ella.
Siempre era así.
Como si sus palabras pesaran menos.
Como si su presencia fuera algo que simplemente estaba ahí… pero que nadie necesitaba realmente escuchar.
Una lágrima resbaló por su mejilla.
—Tal vez… nunca fui lo que ellos querían —murmuró.
Se recostó lentamente en la cama, mirando el techo.
El silencio volvió a envolver la habitación.
En medio de ese silencio, un recuerdo diferente apareció en su mente.
Una canción.
La había escuchado una vez en una presentación que había visto hacía tiempo.
La melodía volvió a sonar en su memoria, suave y triste.
“Voilà…”
La letra hablaba de mostrarse tal como uno es, con todas las heridas y las imperfecciones.
De exponerse frente al mundo.
Valeria tragó saliva.
Era exactamente así como se sentía ahora.
Como si todos la estuvieran mirando.
Juzgándola.
Señalándola.
Pero sin saber realmente nada de lo que había pasado.
—Si supieran la verdad… —susurró.
No terminó la frase.
Porque ni siquiera ella sabía si alguien estaría dispuesto a escucharla.
Mientras tanto, en otra parte de la ciudad, Sebastián caminaba por una calle que ya empezaba a conocer demasiado bien.
Después de hablar con varias personas y juntar ciertos comentarios, había descubierto algo importante.
Una dirección.
Un lugar donde, según algunos rumores, Daniel solía aparecer con frecuencia.
No era su casa.
Pero sí un sitio donde pasaba bastante tiempo.
Los primeros días Sebastián solo observó.
Se apoyaba contra una pared, o caminaba lentamente por la acera, mirando a la gente que entraba y salía de los locales cercanos.
Memorizaba rostros.
Movimientos.
Horarios.
Después empezó a preguntar con discreción.
—¿Conocen a Daniel?
Algunas personas lo miraban con desconfianza.
Otras simplemente se encogían de hombros.
Pero un hombre que trabajaba en un pequeño negocio cercano frunció el ceño al escuchar el nombre.
—Sí… lo he visto por aquí —dijo—. A veces aparece por las tardes.
—¿A qué hora?
—Depende. A veces tarde… a veces de noche.
Sebastián asintió lentamente.
Cada pequeño detalle era importante.
Cada respuesta lo acercaba un poco más.
Con el paso de los días empezó a notar patrones.
Ciertas horas.
Ciertos momentos en los que Daniel podía aparecer.
Y cada vez que pensaba en él, la rabia volvía a subirle por el pecho.
Porque ahora sabía algo con certeza.
Daniel estaba cerca.
Y tarde o temprano lo iba a encontrar.
En otro lugar de la ciudad, Camila caminaba por su habitación con inquietud.
Su mente no dejaba de repetir lo mismo una y otra vez.
Todo se había salido de control.
Lo que había empezado como un impulso de rabia, como una forma de desahogarse contra Valeria… había terminado convirtiéndose en algo mucho peor.
Daniel no se había detenido.
Ni siquiera cuando ella le había pedido que lo hiciera.
Y ahora todo había escalado demasiado.
Camila se detuvo frente a la ventana.
Por primera vez en mucho tiempo, una sensación incómoda comenzó a crecer dentro de ella.
Culpa.
Porque en el fondo sabía algo.
Valeria estaba pasando por todo eso… en parte por su culpa.
Volviendo a la habitación de Valeria, el silencio seguía siendo el único sonido presente.
Valeria giró ligeramente la cabeza sobre la almohada.
Miró el techo otra vez.
Sabía que el fragmento del video que circulaba ahora no era el peor.
Solo era una parte.
Una pequeña parte.
Pero el resto existía.
Y Daniel lo tenía.
Ese pensamiento la llenó de miedo.
Porque si él decidía mostrarlo todo…
No habría forma de detener lo que vendría después.
Cerró los ojos con fuerza.
Las lágrimas comenzaron a acumularse de nuevo.
Y un pensamiento apareció lentamente en su mente.
Un pensamiento que dolía más que cualquier castigo.
—Tal vez… todo habría sido diferente si alguien me hubiera escuchado antes.
Mientras ella se hundía en ese silencio dentro de su habitación…
Sebastián seguía caminando por aquellas calles.
Esperando.
Observando.
Porque sabía que en cualquier momento…
Daniel aparecería.
Y cuando eso pasara…
las cosas iban a cambiar.