La ilusión de una vida perfecta

Capitulo 26

La habitación de Valeria estaba en silencio.
Un silencio pesado que parecía quedarse atrapado en el aire. Desde que sus padres habían visto el fragmento del video, la tensión en la casa no había desaparecido ni un solo día.
Valeria estaba sentada en la cama, con las rodillas abrazadas contra el pecho.
No había comido en todo el día.
El plato que su madre había dejado horas antes sobre la mesa seguía intacto.
No tenía hambre.
No tenía fuerzas.
Solo tenía esa sensación constante de cansancio que parecía haberse instalado dentro de su pecho.
La puerta se abrió de golpe.
Su padre entró con el ceño fruncido.
—¿Otra vez no has comido?
Valeria no respondió.
Su mirada permaneció fija en el suelo.
—¿Vas a seguir con esa actitud? —continuó él con un tono duro—. ¿Después de todo lo que nos has hecho pasar?
Valeria apretó los labios.
Las palabras le dolían más de lo que quería admitir.
—No he hecho nada… —murmuró con la voz quebrada.
El golpe llegó antes de que pudiera reaccionar.
La bofetada hizo que su cabeza se girara hacia un lado.
El silencio volvió a llenar la habitación.
—Deja de hacerte la víctima —dijo su padre con frialdad—. Todo esto es culpa tuya.
Valeria cerró los ojos.
Una lágrima cayó lentamente por su mejilla.
Estaba cansada.
Cansada de intentar explicarse.
Cansada de intentar defenderse.
Cansada de sentir que nadie quería escucharla.
—Solo… déjenme sola —susurró.
Su padre la miró con desprecio antes de salir de la habitación y cerrar la puerta con fuerza.
Valeria se quedó inmóvil durante unos segundos.
Después dejó caer la cabeza contra la almohada.
Las lágrimas comenzaron a salir sin control.
Mientras tanto, Sebastián caminaba por la misma calle donde había estado observando durante días.
Había aprendido los horarios.
Los movimientos.
Sabía que Daniel aparecía por ahí.
Y esa tarde finalmente lo vio.
Daniel caminaba con tranquilidad por la acera, con las manos en los bolsillos.
Sebastián sintió cómo la rabia le subía por el pecho.
Cruzó la calle sin pensarlo.
Daniel levantó la mirada.
Cuando lo vio, una sonrisa burlona apareció en su rostro.
—Vaya… —dijo con sarcasmo—. El héroe.
Sebastián se detuvo frente a él.
Sus puños estaban cerrados.
—Borra el video.
Daniel soltó una pequeña risa.
—¿Ese es tu gran discurso?
Sebastián dio un paso más cerca.
—Te estoy hablando en serio.
Daniel inclinó ligeramente la cabeza, observándolo.
—¿Y qué vas a hacer si no lo hago?
El silencio entre los dos se volvió pesado.
Sebastián respiraba con dificultad.
—Déjala en paz.
Daniel lo miró con una mezcla de diversión y desprecio.
—¿Sabes qué es lo gracioso? —dijo con tono provocador—. Tú piensas que ella es un ángel.
Sebastián frunció el ceño.
—Cierra la boca.
Daniel se acercó un poco más.
—De verdad crees que es una víctima… que es una pobre niña inocente.
Sebastián lo empujó contra la pared.
—Te dije que te callaras.
Pero Daniel solo sonrió.
—Tú no sabes nada de lo que pasó esa noche.
Sebastián lo agarró del cuello de la camisa.
—No te atrevas a hablar de ella.
Daniel lo miró fijamente.
—Tú la estás defendiendo como si fuera perfecta… —dijo en voz baja—. Pero si supieras lo que pasó esa noche, ni siquiera la mirarías igual.
El golpe llegó sin aviso.
Sebastián lo golpeó directamente en el rostro.
Daniel retrocedió, pero respondió inmediatamente.
Los dos comenzaron a golpearse con furia.
Empujones.
Puñetazos.
La pelea llamó la atención de varias personas alrededor.
Uno de los golpes hizo que Sebastián cayera contra una mesa cercana.
Daniel respiraba con dificultad.
—Esto no se acaba aquí —dijo limpiándose la sangre del labio.
Sebastián volvió a levantarse, pero varias personas ya se habían acercado para separarlos.
Daniel retrocedió unos pasos.
Antes de irse, lo miró con una sonrisa fría.
—Dile a Valeria que deje de hacerse la víctima.
Sebastián lo miró con furia.
Daniel se dio la vuelta y se alejó caminando con tranquilidad.
Más tarde, Sebastián regresó al instituto.
Tenía un golpe visible en el pómulo y un pequeño corte en el labio.
Varias personas lo miraban con curiosidad.
Camila lo vio desde el otro lado del pasillo.
Frunció el ceño al notar su estado.
Caminó rápidamente hacia él.
—¿Qué te pasó?
Sebastián no respondió.
Intentó seguir caminando.
Pero Camila lo detuvo sujetándolo del brazo.
—Sebastián, ¿qué hiciste?
Él suspiró con cansancio.
—Nada que te importe.
Camila lo miró con insistencia.
—¿Te peleaste con alguien?
Sebastián dudó unos segundos.
—Con Daniel.
El nombre cayó como una piedra.
Camila sintió que el estómago se le encogía.
—¿Qué?
—Lo encontré.
Camila abrió los ojos con preocupación.
—¿Estás loco? ¿Por qué harías eso?
Sebastián la miró con molestia.
—Porque alguien tenía que hacerlo.
Camila bajó la voz.
—Sebastián… él no es alguien con quien debas meterte.
—Ya lo hice.
Camila tragó saliva.
El miedo empezó a crecer dentro de ella.
Porque sabía algo que Sebastián no.
Daniel podía decir cosas.
Cosas que la involucraban.
—¿Qué te dijo? —preguntó con nerviosismo.
Sebastián apartó la mirada.
—Las mismas tonterías de siempre.
Pero Camila no se sentía tranquila.
Si Daniel decidía hablar…
Si decidía contar todo…
Ella también podría quedar involucrada.
Y esa idea la llenó de un miedo que no había sentido antes.




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