El día en el instituto parecía moverse con una normalidad que a Valeria le resultaba casi irreal.
Los pasillos estaban llenos de estudiantes hablando, riendo, caminando de un lado a otro como si nada hubiera pasado.
Pero cada vez que ella caminaba por ahí, sentía las miradas.
Las escuchaba.
Susurros.
Comentarios.
Risas ahogadas.
Valeria mantenía la mirada baja mientras avanzaba por el pasillo con los libros apretados contra el pecho.
Había adelgazado.
Su rostro estaba más pálido.
Y sus ojos parecían siempre cansados, como si llevara días sin dormir.
Dos chicas que estaban cerca de los casilleros la miraron cuando pasó.
—Es ella…
—Sí… la del video.
Valeria apretó los labios y siguió caminando como si no hubiera escuchado nada.
Pero cada palabra se quedaba clavada dentro de ella.
Camila estaba al otro lado del pasillo cuando vio la escena.
Observó a Valeria caminar lentamente, con los hombros caídos.
Algo en su aspecto la golpeó.
Valeria estaba más delgada.
Mucho más callada.
Ya ni siquiera discutía con nadie.
Solo caminaba como si tratara de desaparecer.
Camila sintió una presión incómoda en el pecho.
Esto… no era lo que ella había querido.
Cuando todo empezó, solo estaba enojada.
Celosa.
Quería desquitarse.
Pero nunca pensó que todo se convertiría en algo así.
Las miradas.
Los rumores.
Las burlas.
Camila tragó saliva.
Valeria parecía… rota.
Mientras tanto, Sebastián caminaba por el patio mirando alrededor.
Había estado tratando de encontrar a Valeria durante todo el día.
Pero cada vez que se acercaba, algo pasaba.
Un profesor.
Un grupo de estudiantes.
O alguien más aparecía.
Y cuando finalmente logró verla a lo lejos… también vio a su padre.
El hombre estaba esperándola frente a la entrada del instituto.
Con los brazos cruzados.
Observando todo.
Valeria salió y caminó directamente hacia él.
No habló con nadie.
No miró a nadie.
Sebastián frunció el ceño desde la distancia.
El padre de Valeria parecía estar vigilándola constantemente.
La acompañaba.
La recogía.
Y prácticamente no la dejaba sola ni un momento.
Sebastián apretó los puños.
Así era imposible hablar con ella.
Ese día decidió quedarse un poco más tarde cerca del instituto.
Esperando.
Tal vez… con un poco de suerte, podría encontrar un momento para acercarse.
Pero Valeria nunca apareció sola.
Siempre estaba su padre.
Siempre estaba alguien con ella.
Y al final Sebastián tuvo que irse sin haber podido hablar con ella.
La frustración lo acompañó todo el camino.
Mientras tanto, Camila caminaba por una calle tranquila hablando por teléfono.
—¿Entonces qué encontraste? —preguntó con nerviosismo.
Al otro lado de la línea estaba Adrián.
—Más cosas de las que esperaba —respondió él.
Camila frunció el ceño.
—¿Cómo qué?
—Daniel ha tenido varios problemas con la ley.
Camila sintió un escalofrío.
—¿Problemas?
—Sí. Peleas, denuncias… incluso acusaciones de chantaje.
Camila se quedó en silencio.
—Pero en ese momento era menor de edad —continuó Adrián—. Eso hizo que muchas cosas no avanzaran.
—¿Y ahora?
Adrián suspiró.
—Ahora es diferente.
Camila apretó el teléfono con más fuerza.
—¿Diferente cómo?
—Ahora ya es mayor de edad. Si está chantajeando o extorsionando a menores… eso cambia completamente las cosas.
Camila sintió cómo su corazón empezaba a latir más rápido.
—Entonces… ¿podrían hacer algo?
—Sí —respondió Adrián—. Pero necesitamos pruebas.
Camila guardó silencio unos segundos.
—Entiendo.
—¿Cómo estás tú? —preguntó Adrián después.
Camila dudó antes de responder.
—Estoy bien.
Pero su voz no sonó muy convincente.
Adrián lo notó.
—No lo parece.
Camila miró hacia el suelo.
—Es que… verla así…
—¿A Valeria?
Camila cerró los ojos un momento.
—Sí.
—¿Qué pasa con ella?
—Está peor de lo que pensaba.
Adrián no dijo nada durante unos segundos.
—Camila —dijo finalmente—. Esto ya es serio.
—Lo sé.
Camila colgó poco después.
Cuando llegó a su casa, el ambiente ya estaba tenso.
Su madre estaba en la sala.
—¿Otra vez llegas tarde?
Camila dejó el bolso sobre una silla.
—Solo estaba hablando con un amigo.
—Siempre tienes excusas.
Su padre levantó la mirada desde la mesa.
—Últimamente estás demasiado distraída.
Camila apretó la mandíbula.
—No estoy distraída.
—Claro que lo estás —dijo su madre—. Tus notas bajaron.
—Solo un poco.
—Eso no es lo que esperamos de ti.
Las palabras comenzaron a acumularse.
Reproches.
Críticas.
Expectativas.
Camila sintió la presión familiar crecer otra vez.
Lo mismo de siempre.
Perfección.
Resultados.
Nada de errores.
Nada de debilidad.
—Ya basta —dijo finalmente con frustración—. No es el fin del mundo.
Sus padres intercambiaron una mirada.
—Para nosotros sí lo es —respondió su padre con frialdad—. Tu futuro depende de esto.
Camila no respondió.
Solo tomó su bolso y caminó hacia su habitación.
Mientras tanto, en otra parte de la ciudad, Adrián caminaba lentamente por una acera iluminada por las luces de la calle.
Había terminado la llamada con Camila hacía un rato.
Pero algo seguía rondando en su mente.
La forma en que ella hablaba.
La tensión en su voz.
Camila siempre parecía segura frente a los demás.
Fuerte.
Controlada.
Pero ahora Adrián empezaba a notar algo diferente.
Había algo detrás de esa actitud.
Algo que tal vez nadie más estaba viendo.
Tal vez… su vida no era tan perfecta como parecía.
Y por primera vez, Adrián comenzó a interesarse un poco más en entender quién era realmente Camila.
Porque cada vez tenía más claro algo.
Todo lo que estaba pasando con Daniel… todavía no había terminado.