La puerta permanecía entreabierta.
La mujer no apartaba la mirada de Adrián.
Había algo en sus ojos… miedo.
Un miedo antiguo.
Como si ese nombre hubiera despertado algo que llevaba mucho tiempo enterrado.
—No sé de qué estás hablando —dijo finalmente, intentando cerrar la puerta.
Pero Adrián sostuvo suavemente el marco.
—Sí lo sabes.
El silencio volvió a caer entre los dos.
La mujer dudó.
Sus dedos temblaron levemente.
—Por favor… —murmuró—. No quiero problemas.
Adrián bajó un poco la voz.
—Esto no es para causarte problemas. Es para evitar que alguien más pase por lo mismo.
La mujer lo miró.
Sus ojos se humedecieron.
—Hay una chica —continuó Adrián—. Está siendo chantajeada por él.
Eso fue suficiente.
La mujer cerró los ojos por un momento.
Respiró profundo.
Y luego abrió la puerta un poco más.
—Pasa.
El interior de la casa era sencillo.
Silencioso.
Adrián se sentó frente a ella.
—No tienes que contarme todo —dijo con calma—. Solo lo que estés dispuesta a decir.
La mujer apretó sus manos.
—Yo… pensé que podía controlarlo.
Su voz tembló.
—Al principio era… atento. Insistente. Sabía qué decir.
Adrián no interrumpió.
—Pero después… cambió.
Una lágrima rodó por su mejilla.
—Empezó a presionarme. A hacerme sentir culpable por todo. Y cuando quise alejarme…
Se quedó en silencio.
Como si las palabras se quedaran atrapadas en su garganta.
—Me amenazó —susurró.
Adrián sintió cómo la tensión crecía.
—¿Con qué?
La mujer dudó.
—Con cosas que… que yo nunca quise que nadie viera.
El aire se volvió pesado.
Adrián entendió sin necesidad de más detalles.
—¿Tienes algo? —preguntó con cuidado—. ¿Mensajes, pruebas?
La mujer asintió lentamente.
Se levantó y caminó hacia un cajón.
Sacó un celular viejo.
Sus manos temblaban mientras lo encendía.
—Nunca lo borré… —dijo en voz baja.
Buscó entre los archivos.
Luego le mostró la pantalla.
Mensajes.
Amenazas.
Palabras manipuladoras.
Una de ellas resaltaba:
“Si hablas, todos van a ver lo que tengo.”
Adrián apretó la mandíbula.
Ahí estaba.
La prueba.
—¿Estarías dispuesta a hablar si esto llega más lejos? —preguntó.
La mujer lo miró con miedo.
—No lo sé…
Adrián asintió.
—Está bien. No tienes que decidir ahora.
Se levantó lentamente.
—Pero esto puede ayudar a detenerlo.
La mujer bajó la mirada.
—Ojalá alguien lo hubiera detenido antes.
Las palabras quedaron flotando en el aire.
Mientras tanto, Camila estaba sentada en su cama.
Con la mirada perdida.
No había podido concentrarse en nada en todo el día.
Las palabras de Adrián no dejaban de repetirse en su cabeza.
“Hay otra chica.”
“Esto es más grave.”
Camila apretó los ojos.
Todo se estaba saliendo de control.
Y lo peor no era eso.
Lo peor era que…
ella sabía más.
Mucho más de lo que había dicho.
Tomó su teléfono.
Abrió la conversación con Daniel.
Sus dedos dudaron unos segundos.
Pero finalmente escribió:
“Ya basta. Detente.”
La respuesta no tardó en llegar.
“¿Ahora te importa?”
Camila sintió un nudo en el estómago.
“Esto se está saliendo de control.”
Daniel respondió:
“Tú empezaste esto.”
El corazón de Camila comenzó a latir más rápido.
“No fue para esto.”
Hubo unos segundos de silencio.
Y luego:
“Ten cuidado con lo que dices, Camila.”
Ella dejó de respirar por un instante.
“Porque si hablas… yo también puedo hacerlo.”
El teléfono tembló en sus manos.
Ahí estaba.
El miedo que no quería enfrentar.
Daniel podía involucrarla.
Y eso lo cambiaba todo.
Mientras tanto, Sebastián caminaba por el pasillo del instituto al día siguiente.
Mirando.
Buscando.
Hasta que finalmente la vio.
Valeria estaba sola por unos segundos.
Sin su padre.
Sin nadie alrededor.
Sebastián no lo dudó.
Se acercó rápidamente.
—Valeria.
Ella se detuvo.
Pero no lo miró.
—¿Qué quieres? —dijo con frialdad.
Sebastián sintió el golpe de su tono.
—Necesito hablar contigo.
—No hay nada que hablar.
Intentó irse.
Pero Sebastián la detuvo suavemente del brazo.
—Por favor.
Valeria cerró los ojos un momento.
—Sebastián… —susurró—. Aléjate de mí.
—No.
Ella lo miró por primera vez.
Sus ojos estaban cansados.
Rotos.
—No puedes ayudarme.
Sebastián apretó la mandíbula.
—Claro que sí.
Valeria negó con la cabeza.
—No entiendes nada.
Su voz empezó a quebrarse.
—Todo el que se acerca a mí termina metido en problemas.
Sebastián sintió cómo esas palabras le dolían.
—No me importa.
Valeria dio un paso atrás.
—A mí sí.
El silencio se instaló entre los dos.
—Esto no va a terminar bien —añadió ella en voz baja.
Y luego se dio la vuelta.
Dejándolo ahí.
Solo.
Mientras tanto, en su casa, Valeria estaba nuevamente frente a sus padres.
—Ya hablamos con el internado —dijo su padre.
Valeria sintió que el aire se le escapaba.
—¿Qué?
—Te vas pronto.
Su madre cruzó los brazos.
—Es lo mejor.
Valeria bajó la mirada.
—Yo no quiero ir.
—No es una decisión tuya.
Las palabras fueron frías.
Firmes.
Definitivas.
Valeria sintió que algo dentro de ella se rompía lentamente.
Mientras tanto, en otro lugar de la ciudad, Adrián caminaba con el celular en la mano.
Mirando nuevamente los mensajes que había visto.
Las amenazas.
Las pruebas.
Ahora ya no eran suposiciones.
Era real.
Daniel no iba a detenerse por sí solo.
Adrián levantó la mirada.
Y por primera vez tuvo completamente claro algo:
Esto ya no era solo un problema.
Era una amenaza.
Y había que detenerla antes de que fuera demasiado tarde.