La noche caía lentamente, pero para Valeria el tiempo parecía detenido.
Estaba sentada en el borde de su cama, con la mirada perdida en el suelo.
No había tocado la comida.
Otra vez.
El silencio de la casa era engañoso.
Porque sabía que en cualquier momento…
Todo podía explotar.
Su teléfono vibró sobre la mesa.
Valeria se quedó inmóvil.
No quería verlo.
No quería saber nada.
Pero el sonido volvió.
Insistente.
Temblando ligeramente, tomó el celular.
Un mensaje.
Daniel.
Su corazón comenzó a latir más rápido.
Abrió la conversación.
“Sigues ignorándome.”
Valeria apretó los dientes.
No respondió.
Otro mensaje llegó inmediatamente.
“¿De verdad crees que puedes evitar esto?”
Valeria respiró hondo.
Sus manos temblaban.
“Déjame en paz.”
Envió el mensaje sin pensarlo.
La respuesta fue casi inmediata.
“No estás en posición de pedir nada.”
Valeria sintió un nudo en el estómago.
Y entonces llegó el siguiente mensaje.
Más frío.
Más oscuro.
“Si no quieres que el resto del video salga… vas a hacer lo que yo diga.”
El aire se le fue.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
“Eres un enfermo.”
Silencio.
Unos segundos.
Y luego:
“Tal vez.”
“Pero tú sabes que puedo hacerlo.”
Valeria apretó el celular con fuerza.
—No… —susurró.
Otro mensaje apareció.
“Mañana. Quiero verte.”
Valeria negó con la cabeza.
“No.”
La respuesta llegó más dura.
“No es una invitación.”
El corazón le latía con fuerza.
“O vienes… o todos van a ver lo que sigue.”
Valeria sintió que el mundo se le venía encima.
Pero aún no era lo peor.
El siguiente mensaje la paralizó completamente.
“Y esta vez no va a ser solo un video.”
Sus manos comenzaron a temblar más fuerte.
“Vas a hacer exactamente lo que yo diga.”
“¿O prefieres que todos vean cómo estabas realmente esa noche?”
Las lágrimas comenzaron a caer sin control.
Valeria dejó el teléfono sobre la cama.
Se cubrió la boca con la mano para no hacer ruido.
Se sentía atrapada.
Sin salida.
Mientras tanto, en otra casa, la tensión también crecía.
Camila estaba sentada en la mesa, con el cuaderno abierto frente a ella.
Pero no estaba estudiando.
No podía.
Su mente estaba en otra parte.
—Camila —dijo su padre con firmeza.
Ella levantó la mirada lentamente.
—¿Sí?
—¿Qué está pasando contigo?
El tono era serio.
Frío.
—Nada.
Su madre intervino.
—Tus calificaciones están bajando.
—Ya lo sé.
—No, no lo sabes —respondió su padre—. Porque si lo supieras, harías algo al respecto.
Camila apretó el lápiz con fuerza.
—Estoy haciendo lo que puedo.
—No es suficiente.
El silencio se volvió pesado.
—Siempre has sido una de las mejores —continuó su madre—. ¿Qué está pasando ahora?
Camila bajó la mirada.
No podía decir la verdad.
No podía decir nada.
—No lo sé —murmuró.
Su padre la observó fijamente.
—Espero que no estés metida en problemas.
Camila sintió un escalofrío.
—No.
—Porque no voy a permitir que arruines tu futuro por distracciones.
Las palabras le dolieron.
Pero no respondió.
Solo asintió en silencio.
Mientras tanto, Sebastián estaba en la sala de su casa.
Sentado frente a sus padres.
Algo que no hacía hace mucho tiempo.
Su madre lo miraba con preocupación.
—¿Te pasó algo?
Sebastián dudó.
No sabía por dónde empezar.
—Es… sobre una amiga.
Su padre levantó la mirada.
—¿Qué tipo de problema?
Sebastián respiró hondo.
—Está en problemas.
—¿Qué clase de problemas? —preguntó su madre.
Sebastián evitó dar detalles.
—Alguien la está presionando… la está dañando.
Sus padres intercambiaron miradas.
—¿Ella ha hablado con sus padres? —preguntó su padre.
Sebastián negó.
—No puede.
Su madre frunció el ceño.
—Entonces necesita ayuda.
—Lo sé.
—Pero tienes que tener cuidado —añadió su padre—. Hay situaciones en las que no puedes intervenir solo.
Sebastián apretó las manos.
—No puedo dejarla sola.
Su madre lo miró con suavidad.
—Ayudar no significa ponerte en peligro.
Las palabras se quedaron en su mente.
Pero Sebastián ya había tomado una decisión.
No iba a alejarse.
No esta vez.
Mientras tanto, Adrián caminaba por la misma calle donde había estado investigando.
El celular en su mano mostraba los mensajes que había conseguido.
Las pruebas.
Las amenazas.
Y ahora sabía algo más.
No era solo Valeria.
Había otras.
Esto era más grande.
Mucho más de lo que parecía.
Adrián levantó la mirada.
Con la mandíbula tensa.
—Se acabó —murmuró para sí mismo.
Porque esta vez…
No iba a quedarse observando.