La ilusión de una vida perfecta

Capitulo 31

La noche se sentía pesada.
Valeria no había dormido.
Seguía sentada en su cama, mirando el vacío, con los ojos hinchados y el corazón completamente agotado.
El teléfono vibró.
No necesitaba verlo.
Sabía quién era.
Aun así… lo tomó.
“Hoy. 8:30.”
Valeria cerró los ojos.
“Donde todo empezó.”
Un escalofrío recorrió su cuerpo.
Ese lugar.
Ese maldito lugar.
Sus dedos temblaron.
“Si no vienes… ya sabes.”
Valeria dejó el celular lentamente.
Se cubrió el rostro.
Ya no podía más.
Y aun así…
Se levantó.

Camila estaba sentada en su cama, intentando estudiar.
Pero no podía.
Su mente estaba en otra parte.
Todo se sentía mal.
Inestable.
Entonces su celular vibró.
Daniel.
Su cuerpo se tensó.
Abrió el mensaje.
“Tu amiga sí entiende.”
Camila frunció el ceño.
“¿Qué hiciste?”
La respuesta llegó rápido.
“Nada todavía.”
“Pero ya viene a verme.”
El corazón de Camila se aceleró.
“¿A dónde?”
Pasaron unos segundos.
Y entonces:
“Tranquila.”
“En la bodega… como siempre.”
Camila se quedó congelada.
Esa palabra…
Le resultaba familiar.
Recordó.
Una conversación vieja.
Un comentario suelto de Daniel.
Un lugar donde “nadie molestaba”.
Su respiración se volvió rápida.
—No…
Buscó en conversaciones antiguas.
Y ahí estaba.
Una referencia.
Una zona.
Una pista clara.
—No puede ser…
Tomó su bolso.
Y salió sin pensarlo.

Sebastián estaba en su habitación, con el celular en la mano.
Intentando distraerse.
Pero algo no encajaba.
Entonces su teléfono vibró.
Una notificación.
De ubicación.
Frunció el ceño.
Era de Camila.
Recordó inmediatamente.
Hace meses, en un momento tonto, casi jugando…
habían activado la opción de compartir ubicación en tiempo real por WhatsApp.
“Por si algún día uno se pierde”, habían dicho riéndose.
Nunca la desactivaron.
Sebastián miró el mapa.
Y su expresión cambió.
Camila se estaba alejando.
Mucho.
Demasiado.
Hacia una zona que él conocía.
Una zona donde…
había visto a Daniel antes.
El corazón le dio un vuelco.
—No… no puede ser…
No lo pensó dos veces.
Tomó su chaqueta.
Y salió corriendo.

La bodega estaba oscura.
Vacía.
Silenciosa.
Valeria llegó primero.
Cada paso le costaba.
Cada recuerdo le dolía.
Se detuvo.
Y entonces—
—Sabía que ibas a venir.
Daniel salió de la sombra.
Tranquilo.
Seguro.
Como si todo estuviera bajo su control.
—Aquí estoy… —dijo Valeria, apenas sosteniéndose.
Daniel sonrió.
—Buena decisión.
Se acercó lentamente.
Valeria retrocedió.
—Termina con esto.
Daniel inclinó la cabeza.
—Eso depende de ti.
Sacó su teléfono.
Lo desbloqueó.
Y le mostró la pantalla.
Valeria sintió que el mundo se rompía.
Otro video.
Otra parte.
Más clara.
Más larga.
—No…
—¿De verdad creías que eso era todo?
Valeria negó con la cabeza.
—No recuerdo eso…
Daniel se acercó.
—Ese es el problema.
Silencio.
Y luego:
—Tú no recuerdas todo lo que pasó esa noche.
El miedo la invadió.
—Estás mintiendo…
—¿Seguro?
Valeria no respondió.
Pero dudó.
Y él sonrió.
—Si no quieres que esto salga completo…
Pausa.
—Vas a hacer lo que yo diga.
El aire se volvió insoportable.
Y entonces—
—¡Valeria!
Camila apareció.
Agitada.
Desesperada.
—Vámonos —dijo—. No tienes que hacer esto.
Daniel la miró.
Y sonrió lentamente.
—Mira quién llegó.
Camila retrocedió un poco.
—Esto se acabó.
Daniel soltó una risa baja.
—¿En serio?
Y entonces—
—Sí. Se acabó.
Sebastián llegó.
Respirando fuerte.
Su mirada fija en Daniel.
Llena de rabia.
Daniel lo observó.
Sin sorpresa.
—Sabía que vendrías.
Sebastián dio un paso adelante.
—Déjala en paz.
Daniel suspiró.
—Siempre el héroe…
Y luego miró a Camila.
Con intención.
—Aunque él no sabe todo, ¿verdad?
El silencio cayó como un golpe.
Sebastián frunció el ceño.
—¿De qué hablas?
Camila sintió que el mundo se le venía encima.
—Cállate…
Pero Daniel sonrió.
—Dile quién empezó todo esto.
Valeria miró a Camila.
Sus ojos llenos de dolor.
—¿Qué…?
Camila no pudo sostener la mirada.
—Yo…
Pero no terminó.
Daniel levantó el celular.
Presionó la pantalla.
Y dijo:
—Ahora sí.
Sebastián avanzó.
—¿Qué hiciste?
Daniel lo miró.
Con una calma aterradora.
Y sonrió.
—Esto…
Pausa.
—Ya no lo pueden detener.
El sonido de un mensaje enviado rompió el silencio.
Y todo…
acababa de cambiar.




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