Valeria ya lo sabía.
Desde la noche anterior.
Desde el momento en que Daniel sonrió… y envió ese mensaje.
Sabía que algo peor venía.
Aun así…
no estaba preparada.
—
El colegio estaba en silencio.
Pero no era un silencio normal.
Era uno lleno de tensión.
De expectativa.
De morbo.
Valeria cruzó la entrada sintiendo todas las miradas encima.
Nadie disimulaba.
Nadie bajaba la mirada.
Los teléfonos estaban ahí.
En manos de todos.
—Es ella…
—Mírala…
—No puede ser…
Valeria apretó los labios.
Siguió caminando.
Como si no pasara nada.
Como si no estuviera rompiéndose por dentro.
—
Hasta que lo vio.
Un celular.
En reproducción.
Se detuvo.
Solo un segundo.
Pero fue suficiente.
Ahí estaba.
Ella.
En una cama.
Confundida.
Desorientada.
Sin reaccionar del todo.
Y Daniel sobre ella.
No era explícito.
Pero era claro.
Demasiado claro.
El aire se le fue.
Pero no lloró.
No ahí.
No frente a todos.
Solo… siguió caminando.
—
El baño fue su único refugio.
Entró.
Cerró la puerta.
Y apoyó las manos en el lavamanos.
Su reflejo la miró.
Desconocido.
Roto.
—Ya lo sabía… —susurró—. Ya lo sabía…
Pero saberlo…
no dolía menos.
—
La puerta se abrió.
Camila.
Respirando agitada.
Mirándola con angustia.
—Valeria…
Valeria no se giró de inmediato.
—No hace falta que expliques nada.
Su voz era baja.
Vacía.
Camila se quedó en silencio.
—Yo ya sabía lo que iba a pasar —continuó Valeria—. Solo… no pensé que doliera así.
Lentamente, se giró.
Sus ojos estaban llenos de lágrimas.
—¿Qué hice yo…?
Camila tragó saliva.
—Valeria, yo no—
—¿Qué hice yo para que tú me hicieras esto? —preguntó, ahora llorando—. ¿En qué momento…?
Camila no pudo responder.
—
—Valeria.
Sebastián apareció en la puerta.
Miró el ambiente.
La tensión.
Las lágrimas.
Y luego a Camila.
—¿Tú sabías?
Silencio.
Camila bajó la mirada.
Eso fue suficiente.
Sebastián soltó el aire con rabia.
—Increíble…
—No fue así —dijo ella—. Yo no quería que—
—¡Pero pasó!
Camila levantó la mirada.
—¡No fue mi intención!
Sebastián dio un paso adelante.
—Nunca es tu intención, ¿verdad?
—No tienes derecho—
—Sí lo tengo.
La tensión subió.
—
Y entonces…
él lo dijo.
Frío.
Directo.
Sin filtro.
—Eres igual a él.
El silencio fue absoluto.
Camila se quedó inmóvil.
Como si esas palabras le hubieran golpeado el pecho.
—No… —susurró.
Pero ya era tarde.
—