Daniel pasó su mano por el labio.
Sangre.
Todavía fresca.
Presionó con el pulgar, sintiendo el ardor, y dejó escapar una risa baja.
No era de diversión.
Era costumbre.
—
Se apoyó contra la pared, inclinando la cabeza hacia atrás.
Cerró los ojos.
Y por un momento…
todo se quedó en silencio.
—
Hasta que apareció.
Un recuerdo.
—
No de ahora.
De antes.
—
Una casa pequeña.
Desordenada.
Un vaso estrellándose contra el suelo.
—¡No sirves para nada!
La voz retumbando.
Siempre la misma.
Siempre fuerte.
—
Y él…
mirando.
Aprendiendo.
—
Aprendiendo que el control no se pide.
Se impone.
—
Daniel abrió los ojos.
Volvió al presente.
Su respiración se estabilizó poco a poco.
—
Miró su celular.
El video ya estaba afuera.
Ya no había vuelta atrás.
—
Y aun así…
no sentía que fuera suficiente.
—
—Todos terminan igual… —murmuró.
Su mirada se endureció.
—
—Solo cambia quién pierde primero.
—
En otra parte de la ciudad…
Sebastián se miraba al espejo.
El reflejo no le gustó.
Labio partido.
Pómulo inflamado.
Los nudillos marcados.
—
Apretó la mano.
Dolor.
—
Pero no le importó.
—
Bajó la mirada.
Respiró hondo.
—
—No terminó… —murmuró.
Y lo sabía.
—
En el colegio…
Camila caminaba con la mirada baja.
Todo se sentía pesado.
Más que antes.
—
Y entonces lo vio.
Sebastián.
Al otro lado del pasillo.
—
Golpeado.
—
Sus miradas se cruzaron apenas un segundo.
—
Pero fue suficiente.
—
Sebastián apartó la mirada primero.
Frío.
Tenso.
Como si no quisiera ni verla.
—
Camila sintió el golpe.
No físico.
Pero igual de fuerte.
—
Bajó la mirada.
Y en ese instante…
el recuerdo volvió.
—
El teléfono en la mano de Daniel.
Su sonrisa.
Ese gesto…
antes de enviar el video.
—
El silencio de Valeria.
El quiebre en sus ojos.
—
Y luego…
Sebastián avanzando.
Sin pensarlo.
—
El empujón.
—
Daniel respondiendo.
—
La tensión explotando.
—
—¡YA, BASTA!
Su propia voz.
—
Sus manos intentando separarlos.
Empujando a Sebastián.
—
Valeria del otro lado.
Temblando.
Haciendo lo mismo.
—
—¡PAREN!
—
Pero ninguno escuchaba.
—
El peso de sus cuerpos.
La fuerza.
La rabia.
—
Y el miedo.
—
Camila volvió al presente.
Con el pecho apretado.
—
Nada de eso había terminado.
—
Y ahora…
era peor.
—
Horas después…
la inquietud empezó a crecer.
—
Valeria no estaba.
—
No en el colegio.
—
No en ningún lado.
—
Y entonces…
dejó de ser raro.
—
Para convertirse en preocupación.
—
En su casa…
el ambiente era otro.
—
Silencioso.
Tenso.
Distinto.
—
—¿A qué hora salió? —preguntó su padre.
Su voz ya no era dura.
—
Su madre negó.
—No la vi…
—
Silencio.
—
El padre tomó el teléfono.
Marcó.
Una vez.
Nada.
Otra.
Nada.
—
—Contesta… —murmuró.
—
—Esto no está bien… —dijo su madre, con la voz quebrándose—. Ella siempre avisa…
—
El padre apretó el celular.
Su expresión cambió.
—
—Tenemos que buscarla.
—
Por primera vez…
no era la imagen.
—
No era el qué dirán.
—
Era ella.
—
Su hija.
—
En el colegio…
Sebastián no podía quedarse quieto.
Iba de un lado a otro.
Con la mandíbula tensa.
Los puños apretados.
—
Mientras tanto…
Camila observaba desde lejos.
—
Sin acercarse.
—
Sin atreverse.
—
Con el pecho lleno de culpa.
—
Pero sin poder hacer nada.
—
Porque ya habían cruzado una línea.
—
Y ninguno sabía cómo volver.
—
Y mientras todo eso ocurría…
en algún lugar de la ciudad…
Valeria caminaba.
—
Sola.
—
Sin rumbo.
—
Sin fuerzas.
—
Con la mente en silencio.
—
Y por primera vez…
nadie estaba ahí para detenerla.