La ilusión de una vida perfecta

Capitulo 33

Daniel pasó su mano por el labio.
Sangre.
Todavía fresca.
Presionó con el pulgar, sintiendo el ardor, y dejó escapar una risa baja.
No era de diversión.
Era costumbre.

Se apoyó contra la pared, inclinando la cabeza hacia atrás.
Cerró los ojos.
Y por un momento…
todo se quedó en silencio.

Hasta que apareció.
Un recuerdo.

No de ahora.
De antes.

Una casa pequeña.
Desordenada.
Un vaso estrellándose contra el suelo.
—¡No sirves para nada!
La voz retumbando.
Siempre la misma.
Siempre fuerte.

Y él…
mirando.
Aprendiendo.

Aprendiendo que el control no se pide.
Se impone.

Daniel abrió los ojos.
Volvió al presente.
Su respiración se estabilizó poco a poco.

Miró su celular.
El video ya estaba afuera.
Ya no había vuelta atrás.

Y aun así…
no sentía que fuera suficiente.

—Todos terminan igual… —murmuró.
Su mirada se endureció.

—Solo cambia quién pierde primero.

En otra parte de la ciudad…
Sebastián se miraba al espejo.
El reflejo no le gustó.
Labio partido.
Pómulo inflamado.
Los nudillos marcados.

Apretó la mano.
Dolor.

Pero no le importó.

Bajó la mirada.
Respiró hondo.

—No terminó… —murmuró.
Y lo sabía.

En el colegio…
Camila caminaba con la mirada baja.
Todo se sentía pesado.
Más que antes.

Y entonces lo vio.
Sebastián.
Al otro lado del pasillo.

Golpeado.

Sus miradas se cruzaron apenas un segundo.

Pero fue suficiente.

Sebastián apartó la mirada primero.
Frío.
Tenso.
Como si no quisiera ni verla.

Camila sintió el golpe.
No físico.
Pero igual de fuerte.

Bajó la mirada.
Y en ese instante…
el recuerdo volvió.

El teléfono en la mano de Daniel.
Su sonrisa.
Ese gesto…
antes de enviar el video.

El silencio de Valeria.
El quiebre en sus ojos.

Y luego…
Sebastián avanzando.
Sin pensarlo.

El empujón.

Daniel respondiendo.

La tensión explotando.

—¡YA, BASTA!
Su propia voz.

Sus manos intentando separarlos.
Empujando a Sebastián.

Valeria del otro lado.
Temblando.
Haciendo lo mismo.

—¡PAREN!

Pero ninguno escuchaba.

El peso de sus cuerpos.
La fuerza.
La rabia.

Y el miedo.

Camila volvió al presente.
Con el pecho apretado.

Nada de eso había terminado.

Y ahora…
era peor.

Horas después…
la inquietud empezó a crecer.

Valeria no estaba.

No en el colegio.

No en ningún lado.

Y entonces…
dejó de ser raro.

Para convertirse en preocupación.

En su casa…
el ambiente era otro.

Silencioso.
Tenso.
Distinto.

—¿A qué hora salió? —preguntó su padre.
Su voz ya no era dura.

Su madre negó.
—No la vi…

Silencio.

El padre tomó el teléfono.
Marcó.
Una vez.
Nada.
Otra.
Nada.

—Contesta… —murmuró.

—Esto no está bien… —dijo su madre, con la voz quebrándose—. Ella siempre avisa…

El padre apretó el celular.
Su expresión cambió.

—Tenemos que buscarla.

Por primera vez…
no era la imagen.

No era el qué dirán.

Era ella.

Su hija.

En el colegio…
Sebastián no podía quedarse quieto.
Iba de un lado a otro.
Con la mandíbula tensa.
Los puños apretados.

Mientras tanto…
Camila observaba desde lejos.

Sin acercarse.

Sin atreverse.

Con el pecho lleno de culpa.

Pero sin poder hacer nada.

Porque ya habían cruzado una línea.

Y ninguno sabía cómo volver.

Y mientras todo eso ocurría…
en algún lugar de la ciudad…
Valeria caminaba.

Sola.

Sin rumbo.

Sin fuerzas.

Con la mente en silencio.

Y por primera vez…
nadie estaba ahí para detenerla.




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