La ilusión de una vida perfecta

Capitulo 35

A veces…
lo más doloroso no es lo que te hacen.
Es que nadie te crea.

Valeria caminaba sin saber exactamente hacia dónde.
Sus pasos eran lentos.
Pesados.
Como si su propio cuerpo ya no quisiera seguir.

El ruido de la ciudad se sentía lejano.
Distorsionado.
Como si no perteneciera a ese lugar.

Siempre es lo mismo…

Recordó.

Su voz intentando explicar.
—No fue así…

Y la respuesta.
Siempre la misma.

—Deja de mentir.

Cerró los ojos con fuerza.

Otra escena.

Más pequeña.
Más joven.

—Yo no hice eso…

—Siempre eres tú.

Otra vez.
Otra vez.
Otra vez.

Valeria abrió los ojos.
Las lágrimas ya no caían con fuerza.
Ahora solo estaban ahí.
Silenciosas.

—¿Qué hice yo…? —susurró.

Nunca entendió.

Nunca fue suficiente.

Y ahora…
todo estaba peor.

Siguió caminando.
Sin rumbo.

Como si desaparecer…
fuera la única forma de que todo se detuviera.

Mientras tanto…
Sebastián estaba en un lugar donde no debía estar.

Calles estrechas.
Oscuras.
Ruido.
Gente observándolo.

No encajaba.

Y se notaba.

—Oye, ¿qué haces aquí? —le dijo uno.
Sebastián no respondió.
Seguía mirando.
Buscando.

—Te estoy hablando.

Otro se acercó.

—Lárgate.

Sebastián apretó los puños.

—Estoy buscando a alguien.

—¿Y nosotros qué?

Un empujón.

Sebastián reaccionó.

El ambiente se tensó.

Por un segundo…
todo estuvo a punto de explotar.

Pero alguien intervino.

—Déjenlo.

Sebastián no esperó más.
Siguió caminando.

Pero ahora sabía algo.

Se estaba metiendo en lugares peligrosos.

Y no le importaba.

Porque ella no aparecía.

Y eso era peor.

Más tarde…
el recuerdo volvió.

La voz del padre de Valeria.

—No la llevé yo hoy… tenía una reunión urgente.

Sebastián escuchando.
En silencio.

—Se fue con el chofer.

Pausa.

—Pero debía entrar al colegio.

Y la respuesta.

—No asistió.

Ese momento.

Ese quiebre.

Ahí lo entendió todo.

Volvió al presente.
Respirando agitado.

—Algo pasó… —murmuró.

Y siguió buscando.

Cada vez más desesperado.

En la casa de Valeria…
todo había cambiado.

La madre no dejaba de llorar.

El padre hablaba con el chofer.

—¿Qué pasó exactamente? —preguntó, serio.

—Señor… ella estaba normal… pero antes de llegar…

Silencio.

—Me pidió que la dejara unas cuadras antes.

El padre frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Dijo que tenía que ver a alguien… no quise insistir…

El silencio fue pesado.

Muy pesado.

El padre cerró los ojos un segundo.

—Debí llevarla yo…

Era la primera vez que lo decía.

Y lo sentía.

Mientras tanto…
Camila estaba con Adrián.

Sus ojos estaban rojos.
Cansados.

—No aparece… —dijo, con la voz quebrada.

Adrián la miró.
Serio.

—La vamos a encontrar.

Camila negó.

—Esto es por mi culpa…

—No.

—Sí —insistió—. Todo empezó por mí…

Adrián no respondió de inmediato.

—Ahora no sirve culparse.

Pausa.

—Sirve encontrarla.

Camila lo miró.

Y por primera vez…
asintió.

En otro lugar…
Daniel observaba.

Desde lejos.

Su celular en la mano.

Mensajes.
Caos.

Búsqueda.

Sonrió levemente.

—Ahora sí entienden…

Escribió.

Y envió.

Un mensaje.

Simple.

Frío.

“¿La están buscando?”

Mientras tanto…
Sebastián se detenía.

Mirando un lugar.

Algo le decía…
que estaba cerca.

Que algo no encajaba.

Que ella había pasado por ahí.

Pero no sabía por qué.

Aún no.

Y en algún punto de la ciudad…
Valeria se detuvo.

Sus piernas no daban más.

Se apoyó contra una pared.

Cerró los ojos.

Y por primera vez…
el miedo fue más fuerte que el cansancio.

Pero ya no sabía a dónde volver.

Ni si quería hacerlo.




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