La ilusión de una vida perfecta

Capitulo 36

A veces…
las respuestas no llegan.
Aparecen.

Sebastián caminaba sin rumbo.
Con la mente saturada.
El cuerpo cansado.
Pero sin detenerse.

Había buscado en demasiados lugares.
Calles.
Esquinas.
Zonas donde nunca pensó estar.

Y nada.

Hasta que…
se detuvo.

Un pensamiento.
Una imagen.

Un lugar.

El parque.

Ese parque.

Donde todo había cambiado.
Donde ella había sonreído de verdad.
Donde, por primera vez…
no parecía tener miedo.

Sebastián cerró los ojos un segundo.

Si hay un lugar al que volvería…


No terminó el pensamiento.

Porque ya estaba corriendo.

Minutos después…
llegó.

El parque estaba casi vacío.
El viento movía suavemente las hojas.
Todo parecía tranquilo.

Demasiado tranquilo.

Sebastián caminó más lento.
Observando.
Buscando.

Y entonces…
la vio.

A lo lejos.

Sentada.

Valeria.

Su corazón se detuvo.

Por un segundo…
no pudo moverse.

Porque sí era ella.

Pero no como la recordaba.

Estaba pálida.
Delgada.
Con la mirada perdida.

Rota.

—Valeria… —susurró.

Pero no era suficiente.

—¡VALERIA!

Ella levantó la mirada.

Y lo vio.

Sus ojos se abrieron.

Pero no con alivio.

Con miedo.

Se puso de pie.

Y dio un paso atrás.

—No… —susurró.

Sebastián avanzó.
—Soy yo… tranquila… ya pasó todo…

Pero Valeria negó.

—No… no… —repetía.

Y entonces…
corrió.

—¡Valeria, espera!

Sebastián fue tras ella.

—¡No tienes que huir!

Pero ella no escuchaba.

O no quería escuchar.

Corrió más rápido.
Sin mirar.
Sin pensar.

Hasta que—

Un sonido.

Un frenazo.

Un golpe.

El mundo se detuvo.

—¡VALERIA!

Sebastián sintió cómo el corazón se le rompía en el pecho.

Corrió.

Y la vio.

En el suelo.

Inmóvil.

—No… no… no… —su voz temblaba.

Se arrodilló a su lado.

—Valeria… mírame… mírame, por favor…

No respondía.

Su respiración era débil.

—No te vayas… —susurró, con la voz rota—. No ahora… no así…

Gente empezó a acercarse.
Voces.
Confusión.

—¡Llamen a una ambulancia!

Sebastián no la soltaba.

—Estoy aquí… estoy aquí…

Pero no sabía si ella podía escucharlo.

Minutos después…
sirenas.

Luces.

Caos.

Hospital.

Pasillos fríos.
Luces blancas.

Sebastián estaba de pie.
Con las manos manchadas.
Sin moverse.

—¿Eres familiar? —preguntó alguien.

No respondió de inmediato.

No sabía qué decir.

Pero aun así…
asintió.

Porque no pensaba irse.

No ahora.

No nunca.

Horas después…
la noticia llegó.

Grave.

En observación.

En riesgo.

Las palabras golpearon.

Pero ninguna dolió tanto como una.

Inestable.

Sebastián cerró los ojos.

—No puede terminar así… —murmuró.

Pero en ese momento…
nadie podía asegurar lo contrario.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.