A veces…
las respuestas no llegan.
Aparecen.
—
Sebastián caminaba sin rumbo.
Con la mente saturada.
El cuerpo cansado.
Pero sin detenerse.
—
Había buscado en demasiados lugares.
Calles.
Esquinas.
Zonas donde nunca pensó estar.
—
Y nada.
—
Hasta que…
se detuvo.
—
Un pensamiento.
Una imagen.
—
Un lugar.
—
El parque.
—
Ese parque.
—
Donde todo había cambiado.
Donde ella había sonreído de verdad.
Donde, por primera vez…
no parecía tener miedo.
—
Sebastián cerró los ojos un segundo.
—
Si hay un lugar al que volvería…
—
No terminó el pensamiento.
—
Porque ya estaba corriendo.
—
Minutos después…
llegó.
—
El parque estaba casi vacío.
El viento movía suavemente las hojas.
Todo parecía tranquilo.
—
Demasiado tranquilo.
—
Sebastián caminó más lento.
Observando.
Buscando.
—
Y entonces…
la vio.
—
A lo lejos.
—
Sentada.
—
Valeria.
—
Su corazón se detuvo.
—
Por un segundo…
no pudo moverse.
—
Porque sí era ella.
—
Pero no como la recordaba.
—
Estaba pálida.
Delgada.
Con la mirada perdida.
—
Rota.
—
—Valeria… —susurró.
—
Pero no era suficiente.
—
—¡VALERIA!
—
Ella levantó la mirada.
—
Y lo vio.
—
Sus ojos se abrieron.
—
Pero no con alivio.
—
Con miedo.
—
Se puso de pie.
—
Y dio un paso atrás.
—
—No… —susurró.
—
Sebastián avanzó.
—Soy yo… tranquila… ya pasó todo…
—
Pero Valeria negó.
—
—No… no… —repetía.
—
Y entonces…
corrió.
—
—¡Valeria, espera!
—
Sebastián fue tras ella.
—
—¡No tienes que huir!
—
Pero ella no escuchaba.
—
O no quería escuchar.
—
Corrió más rápido.
Sin mirar.
Sin pensar.
—
Hasta que—
—
Un sonido.
—
Un frenazo.
—
Un golpe.
—
El mundo se detuvo.
—
—¡VALERIA!
—
Sebastián sintió cómo el corazón se le rompía en el pecho.
—
Corrió.
—
Y la vio.
—
En el suelo.
—
Inmóvil.
—
—No… no… no… —su voz temblaba.
—
Se arrodilló a su lado.
—
—Valeria… mírame… mírame, por favor…
—
No respondía.
—
Su respiración era débil.
—
—No te vayas… —susurró, con la voz rota—. No ahora… no así…
—
Gente empezó a acercarse.
Voces.
Confusión.
—
—¡Llamen a una ambulancia!
—
Sebastián no la soltaba.
—
—Estoy aquí… estoy aquí…
—
Pero no sabía si ella podía escucharlo.
—
Minutos después…
sirenas.
—
Luces.
—
Caos.
—
Hospital.
—
Pasillos fríos.
Luces blancas.
—
Sebastián estaba de pie.
Con las manos manchadas.
Sin moverse.
—
—¿Eres familiar? —preguntó alguien.
—
No respondió de inmediato.
—
No sabía qué decir.
—
Pero aun así…
asintió.
—
Porque no pensaba irse.
—
No ahora.
—
No nunca.
—
Horas después…
la noticia llegó.
—
Grave.
—
En observación.
—
En riesgo.
—
Las palabras golpearon.
—
Pero ninguna dolió tanto como una.
—
Inestable.
—
Sebastián cerró los ojos.
—
—No puede terminar así… —murmuró.
—
Pero en ese momento…
nadie podía asegurar lo contrario.