La ilusión de una vida perfecta

Capitulo 39

Valeria abrió los ojos lentamente.
La luz le molestó de inmediato.
Todo se veía borroso.
Confuso.

Escuchaba sonidos.
Pitidos constantes.
Voces lejanas.

Y por un momento…
no entendió dónde estaba.

Intentó mover un poco la cabeza.
Pero el dolor la obligó a detenerse.

Respiró con dificultad.

Entonces recordó.

El parque.
Sebastián gritándole.
El carro.

Sus ojos se abrieron un poco más.
Asustada.

Y fue ahí cuando lo vio.

Sebastián.

Sentado frente al vidrio desde hacía horas.

Cuando notó que ella estaba despierta, se levantó de golpe.

—Valeria…

Su voz se quebró.

La madre también reaccionó inmediatamente.

—¡Doctor! ¡Está despierta!

Todo empezó a moverse otra vez.

Médicos entrando.
Pasos rápidos.
Voces.

Valeria comenzó a alterarse.

No entendía nada.

Sentía miedo.
Mucho miedo.

Intentó mover una mano.
Quitarse algo.

—Tranquila… tranquila… —la voz de Sebastián llegó rápidamente—. Ya pasó… estás bien…

Pero ella negó lentamente.

Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.

—No… —susurró con dificultad—. No dejes que él venga…

Sebastián sintió un vacío horrible en el pecho.

Porque incluso así…
destrozada…
ella seguía teniendo miedo de Daniel.

Los médicos intentaron tranquilizarla mientras revisaban sus signos.

—Necesitamos que se calme.

La madre de Valeria estaba llorando otra vez.

Pero esta vez era diferente.

Ya no había enojo.
Ni decepción.

Solo miedo de perderla.

Cuando finalmente los médicos terminaron de revisarla, dejaron entrar únicamente a sus padres unos minutos.

El ambiente dentro de la habitación era extraño.
Doloroso.

Valeria apenas podía mantener los ojos abiertos.

La madre se acercó lentamente.
Como si tuviera miedo de romperla más.

—Perdóname… —susurró llorando.

Valeria parpadeó despacio.

La mujer comenzó a llorar más fuerte.

—Perdóname por no escucharte… por no cuidarte…

El padre seguía quieto.
Sin saber qué hacer.

Porque toda su vida había corregido con dureza.
Nunca con cariño.

Y ahora no sabía cómo acercarse a su hija sin sentir que no lo merecía.

—Papá… —la voz débil de Valeria hizo que levantara la mirada.

El hombre tragó saliva.

—Yo… —intentó hablar, pero no pudo al principio—. Yo pensé que estaba haciendo lo correcto…

Valeria solo lo observó.

Y eso fue peor.

Porque no había rabia en sus ojos.
Solo cansancio.

Un cansancio demasiado grande para alguien tan joven.

Afuera de la habitación…
Sebastián caminaba de un lado a otro.

Desesperado.

Porque escucharla decir que tenía miedo…
lo había destruido por dentro.

Camila estaba sentada cerca.
En silencio.

No habían vuelto a hablar realmente desde la pelea.

Pero el ambiente entre ellos seguía lleno de dolor.

Sebastián pasó una mano por su rostro.

—Ese tipo le destruyó la vida… —murmuró lleno de rabia.

Y esta vez nadie lo contradijo.

Horas después…
Valeria logró hablar un poco más.

Todavía débil.
Todavía asustada.

Pero comenzó a contar cosas.

Las amenazas.
Los mensajes.
El miedo constante.

Cómo Daniel siempre encontraba la manera de hacerla sentir atrapada.

Y entonces dijo algo que hizo que el silencio se volviera todavía más pesado.

—Él quería volver a verme…

La madre frunció el ceño.

Valeria cerró los ojos unos segundos.

—Decía que todavía podía arreglar todo… si yo hacía lo que él quería…

Sebastián apretó los puños tan fuerte que le dolieron.

Porque entendió algo horrible.

Daniel nunca pensó detenerse.

Nunca.

Más tarde…
Camila pidió entrar sola.

Cuando la puerta se cerró, el silencio se volvió incómodo.

Valeria apenas giró un poco la cabeza hacia ella.

Camila ya estaba llorando.

—Lo siento… —susurró.

Valeria no respondió de inmediato.

Y ese silencio destruyó más a Camila que cualquier grito.

—Yo no pensé que esto llegaría tan lejos…

La voz se le rompió.

—Nunca quise que terminaras así…

Valeria la observó unos segundos.

Y luego preguntó algo tan bajo…
que aun así la destrozó completamente.

—¿Qué hice para que me odiaras tanto?

Camila sintió que el aire desaparecía.

Negó rápidamente.

—No… no… yo no te odiaba…

Pero ni ella misma parecía convencida.

Las lágrimas comenzaron a caerle sin control.

—Fui una idiota… —dijo llorando—. Todo se salió de control…

Valeria apartó lentamente la mirada.

Porque ya no tenía fuerzas ni para discutir.

Mientras tanto…
Adrián seguía investigando.

Y cada vez encontraba cosas peores.

Más mensajes.
Más amenazas.

Más chicas.

Daniel no solo manipulaba.

Guardaba todo.

Videos.
Fotos.
Conversaciones.

Como si necesitara tener el control absoluto de las personas.

Adrián respiró hondo mientras observaba toda la información.

Porque ahora entendía que Valeria nunca fue la única.

Y eso volvía todo mucho más grave.

En otro lugar…
Daniel estaba perdiendo la calma.

Su habitación era un desastre.

Había borrado archivos durante horas.
Pero sentía que no era suficiente.

Miraba constantemente hacia la ventana.
Hacia la puerta.
Hacia el celular.

Ansioso.
Paranoico.

Y entonces llegó un mensaje.

“La policía quiere hablar contigo.”

Daniel se quedó congelado.

Por primera vez…
el miedo fue completamente real.

De vuelta en el hospital…
la noche cayó lentamente.

Valeria estaba agotada.

Pero ya no quería dormir.

Porque cuando cerraba los ojos…
los recuerdos volvían.

Y tenía miedo.

Mucho miedo.

El padre se sentó finalmente junto a ella.

En silencio.

Sin imponer nada.
Sin gritar.
Sin exigir.

Solo estando ahí.

Y después de unos segundos…
Valeria habló.

Con una voz pequeña.
Frágil.

—Tengo miedo…

El hombre sintió cómo algo dentro de él terminaba de romperse.

Y por primera vez en muchos años…
abrazó a su hija.

No para corregirla.

No para controlarla.

Solo para protegerla.




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