Diez años después.
El primer día de Camila en el bufete de Adrián fue más tranquilo de lo que esperaba.
El edificio era moderno.
Elegante.
Profesional.
Nada parecía recordar el pasado.
Y quizás eso era lo que más le sorprendía.
Habían pasado diez años.
Diez años desde que abandonó la ciudad.
Diez años desde que dejó atrás demasiadas cosas.
Demasiadas personas.
Mientras recorría las oficinas junto a Adrián, observó fotografías, reconocimientos y proyectos que habían convertido aquel lugar en uno de los más prestigiosos de la ciudad.
Todo parecía normal.
Hasta que algo llamó su atención.
Una placa.
Pequeña.
Discreta.
Pero suficiente.
Camila se detuvo.
Sus ojos se quedaron fijos en el nombre.
Valeria.
Por un instante creyó haber leído mal.
Se acercó.
Debajo del nombre aparecía una breve descripción.
Reconocimiento por programas de acompañamiento y apoyo a víctimas de violencia psicológica y digital.
Camila sintió un nudo en la garganta.
La última imagen que tenía de Valeria era completamente diferente.
Recordaba a una adolescente rota.
Asustada.
Llorando.
Intentando sobrevivir.
Y ahora...
Aquella misma persona aparecía reconocida por ayudar a otros.
—Ha hecho un trabajo increíble —comentó Adrián al notar su reacción.
Camila levantó la mirada.
—¿Valeria?
—Sí.
Muchas personas la conocen por su trabajo.
Ha ayudado a jóvenes que pasaron situaciones muy difíciles.
Camila volvió a observar la placa.
No sabía qué decir.
Durante años había imaginado muchos finales para la historia de Valeria.
Pero jamás aquel.
—Todos cambiamos, Camila.
La joven levantó la mirada.
—Algunos porque quieren.
Otros porque no tuvieron otra opción.
Camila guardó silencio.
Porque sabía perfectamente a qué se refería.
---
Pasado.
La fotografía enviada por Daniel había cambiado completamente el rumbo de la investigación.
Ya no se trataba solamente de alguien que había cometido delitos y estaba huyendo.
La imagen demostraba algo mucho más preocupante.
Daniel seguía observando a Valeria.
Seguía pendiente de ella.
Seguía cerca.
Cuando los padres de Valeria llegaron para conocer los avances del caso, la tensión era evidente.
—¿Qué encontraron? —preguntó el padre apenas entró.
Uno de los investigadores colocó la fotografía sobre la mesa.
La madre se llevó una mano a la boca.
El padre permaneció inmóvil durante varios segundos.
—¿La tomó él?
—Todo indica que sí.
El silencio se volvió insoportable.
—Entonces sigue cerca de mi hija —dijo finalmente.
—Es una posibilidad.
—No me hablen de posibilidades —respondió con rabia—. Díganme qué están haciendo para encontrarlo.
La madre tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Mi hija apenas está intentando recuperarse.
Apenas puede dormir.
Apenas puede sentirse tranquila.
Y ahora resulta que ese hombre sigue vigilándola.
Uno de los agentes asintió lentamente.
—Entendemos su preocupación.
—No, ustedes no entienden nada —respondió el padre—. Porque si entendieran lo que le hizo, ya lo habrían encontrado.
La sala quedó completamente en silencio.
Finalmente uno de los investigadores habló.
—Precisamente por eso estamos acelerando la búsqueda.
Porque esto confirma que sigue intentando ejercer control sobre ella.
—¿Control?
—Sí.
Mientras él siga enviando mensajes, apareciendo cerca de ella o haciéndole sentir que puede regresar en cualquier momento, seguirá afectando su estabilidad emocional.
La madre bajó la mirada.
Sabía que era verdad.
Lo veía todos los días.
Lo veía cuando Valeria despertaba sobresaltada.
Lo veía cuando evitaba ciertas conversaciones.
Lo veía cuando el miedo regresaba sin avisar.
—Además —continuó el investigador—, esto también representa un riesgo para su seguridad física.
Porque no sabemos hasta dónde está dispuesto a llegar.
El padre apretó los puños.
—Entonces encuéntrenlo.
Porque mientras ese hombre siga libre, mi hija jamás va a sentirse segura.
Y por primera vez desde que comenzó toda aquella pesadilla, nadie en la sala estaba pensando en la imagen de Valeria.
Ni en los rumores.
Ni en el qué dirán.
Todos estaban pensando únicamente en protegerla.
---
Diez años después.
La jornada terminó más tarde de lo esperado.
Camila salió del bufete con la cabeza llena de pensamientos.
Demasiados.
Había regresado hacía apenas unos días y ya sentía que el pasado comenzaba a perseguirla nuevamente.
Esa noche cenó con sus padres.
La conversación transcurrió tranquila.
Natural.
Muy diferente a las discusiones constantes que recordaba de su adolescencia.
Hasta que su madre mencionó algo casualmente.
—Hoy vimos a los padres de Valeria.
Camila levantó la mirada inmediatamente.
—¿Sí?
—Sí.
Hablamos un rato con ellos.
Su padre asintió.
—Han cambiado mucho.
Muchísimo.
Camila no respondió.
La última imagen que tenía de ellos era completamente distinta.
Su madre sonrió.
—Se nota que quieren mucho a su hija.
Eso la sorprendió.
Porque hacía diez años jamás habría imaginado escuchar una frase así.
---
A la mañana siguiente.
Camila decidió detenerse en una cafetería antes de ir al trabajo.
Esperó su pedido junto a la ventana.
Observando distraídamente el movimiento de la ciudad.
Personas caminando.
Autos.
Semáforos.
Una mañana cualquiera.
Hasta que algo llamó su atención.
Al otro lado de la avenida.
Una mujer.