Diez años después.
Camila no consiguió concentrarse durante toda la mañana.
Intentó revisar documentos.
Responder correos.
Organizar expedientes.
Pero su mente regresaba constantemente al mismo lugar.
A la misma imagen.
A la misma persona.
Valeria.
Todavía podía verla al otro lado de la avenida.
La sonrisa.
La mirada.
La tranquilidad que parecía transmitir.
Y aquello la confundía.
Porque la última Valeria que había visto era una adolescente rota por el miedo.
No aquella mujer segura de sí misma.
—Estás distraída.
La voz de Adrián la sacó de sus pensamientos.
Camila levantó la mirada.
—¿Qué?
Adrián sonrió ligeramente.
—Llevas diez minutos mirando la misma hoja.
Camila bajó la vista.
Ni siquiera se había dado cuenta.
—Lo siento.
Adrián permaneció observándola unos segundos.
Como si estuviera evaluando si debía decir algo.
Finalmente habló.
—¿La viste?
Camila se quedó inmóvil.
No necesitó preguntar de quién hablaba.
—Sí.
Adrián asintió lentamente.
—Lo imaginé.
Ninguno dijo nada durante unos segundos.
—Ha cambiado mucho.
—Todos hemos cambiado —respondió Adrián.
Camila bajó la mirada.
Porque sabía que tenía razón.
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Mientras tanto.
Al otro lado de la ciudad.
Valeria terminaba una jornada de trabajo.
La sala estaba llena de jóvenes.
Algunos habían sido víctimas de acoso.
Otros de violencia psicológica.
Otros simplemente necesitaban ser escuchados.
Y ella los escuchaba.
Porque entendía cosas que muchos profesionales jamás podrían entender.
Sabía lo que era tener miedo.
Sabía lo que era sentirse sola.
Sabía lo que era creer que nadie iba a ayudarte.
Cuando terminó la actividad, varias personas se acercaron a agradecerle.
Valeria sonrió.
Con esa serenidad que había tardado años en construir.
Años de terapia.
Años de recuperación.
Años de aprendizaje.
No había olvidado.
Nunca lo haría.
Pero había aprendido a vivir sin que el pasado controlara cada parte de su vida.
Al salir del edificio encontró a alguien esperándola.
Sebastián.
Apoyado contra su vehículo.
Con los brazos cruzados.
Esperándola como tantas otras veces.
Valeria sonrió.
—Llegaste temprano.
—Y tú terminaste tarde.
—Como siempre.
Sebastián negó con la cabeza.
Pero sonrió.
Aquella escena era sencilla.
Natural.
Tranquila.
Algo que ninguno de los dos habría imaginado durante los días más oscuros de sus vidas.
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Pasado.
La investigación seguía avanzando.
La fotografía enviada por Daniel había provocado una movilización mucho mayor.
Ahora todos entendían que el peligro seguía presente.
Los investigadores analizaron nuevas pistas.
Nuevos movimientos.
Nuevas ubicaciones.
Por primera vez parecía que estaban acercándose.
Adrián observaba cada informe cuidadosamente.
Y cada vez estaba más convencido de algo.
Daniel estaba cometiendo errores.
Porque seguía obsesionado con Valeria.
Y las personas obsesionadas terminaban equivocándose.
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Hospital.
La habitación permanecía en silencio.
Valeria estaba despierta.
Más estable.
Más consciente.
Pero todavía cansada.
Su madre sostenía una de sus manos.
El padre permanecía sentado junto a la ventana.
Ninguno quería alejarse demasiado.
—¿Ya lo encontraron?
La pregunta tomó a ambos por sorpresa.
Valeria observaba el techo.
Sin mirarlos.
Su madre tragó saliva.
—Todavía no.
Valeria cerró los ojos.
Nada más.
Pero aquel pequeño gesto fue suficiente.
Porque ambos entendieron exactamente lo que significaba.
Seguía teniendo miedo.
Y mientras Daniel siguiera libre...
ese miedo seguiría allí.
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Diez años después.
La jornada finalmente terminó.
Camila salió del bufete cuando ya comenzaba a oscurecer.
Las luces de la ciudad iluminaban las calles.
La gente caminaba de un lado a otro.
Todo parecía normal.
Pero dentro de ella había una tormenta.
Había vuelto.
Y por primera vez comenzaba a entender que regresar significaba enfrentarse a muchas cosas que nunca resolvió.
Caminó varias cuadras sin darse cuenta.
Perdida en sus pensamientos.
Hasta que escuchó una voz.
Una voz que no había escuchado en diez años.
—Camila.
El mundo pareció detenerse.
Su respiración se cortó.
Y lentamente giró la cabeza.
Allí estaba.
Sebastián.
Diez años después.
Más alto.
Más maduro.
Más serio.
Pero seguía siendo él.
Los dos se quedaron observándose durante varios segundos.
Sin saber qué decir.
Sin saber cómo empezar.
Porque había demasiadas cosas entre ellos.
Demasiadas heridas.
Demasiadas palabras que nunca se dijeron.
Camila intentó sonreír.
Pero Sebastián no devolvió la sonrisa.
—Nunca pensé que volverías.
La voz era tranquila.
Pero dolía más que cualquier grito.
—Sebastián...
—Diez años.
Camila sintió cómo el corazón comenzaba a latir con fuerza.
—Diez años sin una llamada.
Sin un mensaje.
Sin nada.
No había rabia en su voz.
Y quizás por eso dolía más.
Porque sonaba decepcionado.
Cansado.
Como alguien que había esperado demasiado tiempo.
Sebastián bajó la mirada durante unos segundos.
Como si estuviera luchando contra sus propios recuerdos.
Cuando volvió a mirarla, habló una última vez.
—¿Sabes qué fue lo peor?
Camila no pudo responder.
—Que Valeria sí te esperó.