Álvaro
«—¿Cuándo va a ser el día que llegues con la noticia de que voy a ser abuela?
Me ahogué con mi café y miré fijamente a mi madre. Estaba completamente loca si creía en esa posibilidad. Me aclaré la garganta, un poco incómodo. No era como si la idea no me gustase. Moría cada vez que imaginaba a un pequeño niño, con los ojos de Keila y su cabello. Un pequeño que tuviera su sonrisa y carácter mordaz. Pero la idea se borraba cuando recordaba que nuestra relación no iba más allá de lo físico.
—No creo que eso suceda —masculle, bebiendo otro sorbo de mi café como si nada me hubiera afectado.
—Oh, más vale que si. Ya es hora que te pongas en serio con ella, hijo.
—Nuestro matrimonio es un simple acuerdo. No hay amor, mamá. Lo sabes —trate de convencerla sabiendo que mentía. Al menos yo, estaba completamente loco por mi esposa y me costaba horrores tener que esconderlo todos los días cada vez que veía su bello rostro.
—Eso es lo que tú crees, pero creele a esta vieja cuando te dice que Keila está completamente enamorada de ti. Ojo de loca no se equivoca, muchacho. Jamás.
—Llevamos más de un año juntos y jamás ha insinuado sentir algo por mi. Solo dices tonterías para salirte con la tuya.
—Para nada —bajo su taza y sus ojos negros se clavaron en los mios—. Tú no eres capaz de ver cómo ella te mira.
Negué, pero le hice un gesto sarcástico, ganándome una reprimenda de su parte.
—Dime, mamá. ¿Cómo me mira Keila? Aparte de querer ahorcarme si me acerco demasiado. ¿Acaso has visto alguna de las críticas que ha hecho sobre mi trabajo? Sin duda me odia.
—Eres hombre y ciego, no eres capaz de ver lo que se esconde tras la superficie —una sonrisa arrogante tiro de sus labios—. Si tanto quieres descubrir cómo te mira, comienza a prestar más atención. Sé más detallista, más atento, dale todos esos regalos que has comprado para ella y que nunca fuiste capaz de darle por miedo. No crié a un cobarde, Álvaro.
—No soy un cobarde.
—Entonces deja de actuar como uno y ve a conquistar a tu mujer. Ya es hora que comiences a moverte o te la robaran.
—Estamos casados —dije irritado ante la idea de perderla.
Pensar en eso me hacía darme cuenta qué realmente aquel día estuve a nada de hacerlo y a manos de mi hermano.
—Eso no es un impedimento para que alguien más inteligente que tú vea a la mujer que es y la quiera para sí mismo —chasqueo la lengua, divertida—. Existe el divorcio, hijo. Actualízate.
Rodé los ojos, apretando fuertemente la mandíbula, sin poder borrar la imagen que mi madre había pintado en mi mente. Ver a Keila, aunque sea un escenario ficticio, en los brazos de otro me enfurece.
—Habló la mujer que no sabe usar bien su teléfono —la ataque pero solo conseguí otra de sus sonrisas de superioridad.
Aunque estaba irritado, mi madre tenía razón. Debía comenzar a moverme.»
Me encerré en el despacho sintiendo la punta de mis dedos picar y las ganas de dar media vuelta, regresar a la cocina y besarla como había querido hacer. Pero debía controlarme, no deseando asaltarla, sabiendo que el regalo ya había sido demasiado. Con Keila debía ir con cuidado, pasos pequeños para no obligarla a resguardarse nuevamente.
Los pensamientos eran invasivos y las ansias aun mayores, sacudía las manos a los costados de mi cuerpo tratando de disipar y centrarme en los objetivos que había planeado.
Comencé a dar vueltas por el despacho, tratando de relajarme un poco. Estaba tratando de hacer lo que mi madre me había dicho, decidido a intentarlo pero era tan difícil. Verla de cerca y no pensar en cada una de sus mordaces palabras que habían herido mi orgullo y ego en más de una ocasión. Si, podía ser que en secreto amara a Keila Santos, pero esa mujer podía ser cruel si lo quería y lo sabía de primera mano.
Quería que esto funcionará, deseaba con todas mis fuerzas que sus ojos me vieran como más que un simple idiota que recibe halagos y premios. Anhelaba con todas mis fuerzas que su mirada se ablandara y me diera una oportunidad de entrar en su coraza más allá de un par de besos y un buen rato en la cama.
—Dejame entrar, Keila. Déjame respirar el mismo aire que tú sin que quieras apuñalarme.
Pase una mano por mi rostro, tratando de controlar mi humor. Hoy ha sido un pequeño logro. Imaginaba que cuando llegara y me viera en casa antes de lo normal diría algo sarcástico. En su lugar, solo recibí una interrogación desconfiada de su parte. Aunque su cara de sorpresa cuando vio mi regalo valió cada instante.
Sus cejas castañas se habían elevado de manera chistosa, sus dulces labios se separaron y los había lamido sin darse cuenta, presa del asombro.
Esa noche, pude presenciar el bonito rubor que siempre adornaba sus mejillas cuando salíamos a la calle y la prensa nos abordaba pero que jamás veía en privado.
Al principio de todo, pensé que tendríamos una oportunidad, quizás podríamos ser felices, había pensado en ese entonces cuando la tenía entre mis brazos luego de la noche de bodas. Las dos primeras semanas fueron las mejores de mi vida. Tenía conmigo a la chica que me tenía enloquecido y que había inspirado varios guiones que nunca verían la luz. Hasta que tuve que irme de urgencia, sin poder avisarle, me marché, con el peso de la culpa en mis hombros.