La ilusión del amor

Capítulo 13

Keila

La turbulencia del aterrizaje apenas la sentía. Estaba absorta en lo que Álvaro me hacía sentir.

Besarlo era como el cielo mismo. Jamás lo admitiría en voz alta y frente a él pero sentir sus labios devorando los míos era lo que más había extrañado en este tiempo que habíamos estado peleados.

Lo sentí mordisquear mi labio inferior y suspiré tomando el borde del cuello de su camisa para mantenerlo en su lugar.

Mi cabello caía apenas sobre su rostro, rozando sus pómulos y creando una cortina que nos separaba del mundo.

Álvaro apenas se separó un instante, tiempo suficiente para permitirme recuperarme antes de volver a tomarme con fuerza, su lengua invadiendo mi boca y sus manos recorriendo mi espalda queriendo entrar bajo mi blusa.

Me removí un poco y lo escuché quejarse en un gruñido, sus dientes atraparon mi labio inferior entre ellos de forma juguetona.

—Quieta —ordenó con tono ronco, descendiendo sus manos hasta mis muslos para tomarme por ellos y levantarme. De esa manera me obligó a sentarme en su regazo, luego de eso volvió al ataque y me dejé seducir por sus besos.

Sus manos me apretaban contra él, manteniéndome firme en mí lugar con sus manos en mis caderas dónde se habían instalado y acariciaban mis costados con vehemencia.

Joder, lo mucho que amaba a este hombre. Clave mis uñas en sus hombros y lo oí quejarse.

Su presencia estaba calada en mis huesos. Mis suspiros y jadeos solo le pertenecían a él.

Todo mi ser era de mi esposo a pesar de que Álvaro no me amase con la misma intensidad.

Porque lo amaba tanto como lo odiaba. Por su ausencia, su indiferencia y abandono. Por sus besos, sus risas y las caricias compartidas.

La fuerte sacudida del avión cuando aterrizó rompió nuestra burbuja. El ruido que había sido aislado penetró mis oídos y la realidad me golpeó de frente.

Estábamos en el avión, con sus padres a unos metros de distancia, aún había tensión entre nosotros y no podía permitirme volver a caer en las falsas esperanzas que él me daba.

Me separé de golpe con un jadeo. Mis manos cayeron a mis costados, tratando de alejarlas de él y su mirada me devoró. El verde se había oscurecido y parecía arder queriendo quemarme con su infierno.

Si esto no se detenía terminaría mal.

Apreté su camisa, arrugando y estirando la tela bajo su atenta mirada verdosa que estudiaba cada uno de mis movimientos atentamente con un hambre depredadora.

—No creas que un simple beso va a cambiar absolutamente algo —masculle.

Me sonrió y los dedos que apretaban mis costados presionaron con fuerza haciendo que tuviera que contener un quejido.

—Tendré que esforzarme aún más si mis besos no cambian algo.

—No volverá a suceder.

Supe por la expresión de su rostro que mis palabras habían sonado como un reto para él.

—Keiña, cariño. Sabes que nunca le digo que no a un desafío.

—Te atreves a hacerlo y no tengo problema alguno con morderte —hable bajo y su mandíbula se tenso.

Mordisquee mis labios hinchados de forma nerviosa.

—Víbora —tarareo con diversión.

—Suéltame —refute y la comisura de sus labios se alzaron.

Su cabello castaño claro estaba revuelto y no recordaba haber enterrado mis dedos entre sus hebras pero era más que seguro que lo había hecho por el desorden. Tan seguro como que sus manos aún me apretaban contra él, controlándome y evitando que huyera.

—No quieres que te deje ir.

—Tu no sabes lo que quiero.

En un arrebato saque sus manos de mi y volví a mi lugar en el asiento a su vez que el avión daba otra sacudida y por fin se detenía.

Todo el protocolo de aterrizaje fue ignorado por ambos en lo que nuestra burbuja se mantuvo intacta. Hasta que se rompió y la realidad volvió a explotarme en la cara.

Solo quería llegar al maldito barco y descansar. Recostarme en una de las camas y dormir por horas e ignorar el mundo real. Ignorar sus besos. Mi rostro ardía aún sintiendo el rastro de sus labios por mi barbilla y su pesadez en mi boca.

Cruce los brazos sobre mi pecho indignada. Idiota. Una completa idiota. ¿Cómo iba a dejarme seducir tan fácil? Era un simple beso. Nada más. Pero apenas unimos nuestros labios nuevamente luego de tanto tiempo necesite más, quería más.

—Puede que no lo sepa pero quiero saberlo —uno de sus dedos acarició mi mejilla y me alejó de su toque.

—Basta, Álvaro.

—¿Basta que, Keila? Deja de tratar de alejarme. Me recriminas que huyó cuando todo se complica pero tu —su tono se endureció un poco y me estremecí—. Tu corres lejos de mi cada vez que quiero acercarme.

Odiaba admitirlo y decir que Álvaro tenía razón.

Que estaba huyendo de él.

Que tenía miedo.

Que mi cuerpo temblaba ante la idea de dejarlo entrar y que se volviera a ir.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.