La ilusión del amor

Capítulo 15

Álvaro

Me acerqué lentamente, sintiendo la madera caliente bajo mis pies. Cada paso era una mezcla de anticipación y nerviosismo. Keila no me vio venir hasta que estuve a su lado, proyectando una sombra sobre su rostro.

Ella levantó la cabeza y una sonrisa perezosa se dibujó en sus labios. Sus lentes de sol se deslizaron un poco por su nariz, permitiéndome vislumbrar sus ojos, llenos de sorpresa y algo más.

—¿Interrumpiendo mi momento de paz? —dijo con una mezcla de burla y ternura.

Me senté a su lado, mis dedos rozando ligeramente la toalla que estaba extendida en la arena. El calor de su piel irradiaba hacia mí, y tuve que contener el impulso de acariciarla.

—No pude evitarlo. —respondí, tratando de sonar casual—. Parecías demasiado tranquila. Pensé que necesitabas compañía.

Ella rió suavemente, un sonido que hizo eco en mi pecho. Se quitó los lentes de sol y me miró directamente, sus ojos brillando con una chispa traviesa.

—Entonces, ¿qué tienes en mente, intruso?

Me acerqué un poco más, nuestra proximidad haciendo que mi corazón latiera con fuerza. Extendí mi mano y jugué con un mechón de su cabello que el viento había despeinado.

—Déjame disfrutar un rato de ti —susurre apacible, viendo cómo los labios de Keila temblaban tratando de contener la sonrisa.

Me miró con esos ojos que siempre me habían cautivado, profundos y llenos de misterio. Sentí el calor de su cuerpo cercano, un fuego que parecía encender algo dentro de mí. Keila dejó escapar una risita suave, casi imperceptible, que hizo que mi corazón latiera aún más rápido.

—Eres un tonto —dijo, pero su voz carecía de cualquier reproche.

—Quizás —respondí—, pero soy tu tonto.

Nos quedamos en silencio un momento, permitiendo que la brisa fresca del mar nos envolviera.

Acaricié su mejilla, sintiendo la suavidad de su piel bajo mis dedos, y supe en ese instante que no había ningún lugar en el mundo en el que preferiría estar.

Keila cerró los ojos y se inclinó ligeramente hacia mí, acortando la distancia que nos separaba.

—¿Qué sucedió con tu hermano? —masculló, besando la comisura de mis labios rápidamente antes de volver a recostarse en la reposera dejándome embobado y confundido por un instante.

—Keila —dije y su mano tomó la mía, tirando en su dirección para que me sentará en el borde a su lado.

—Necesito saber, es algo que nos involucra a ambos —admitió con sencillez y jugueteo con mis dedos. El sol del mediodía comenzaba a dorar su piel lentamente y temía que se excediera así que mis cejas se fruncieron—. Álvaro —me llamó con tono de reprimenda—, te estoy hablando.

—¿Te has puesto bloqueador? —la pregunta la tomó desprevenida y pude verlo reflejado en lo poco que los lentes me permitían ver sus ojos.

—Obviamente —se burló y un dedo suyo voló en dirección entre mis cejas, iniciando un pequeño frote en el medio—. Relájate un poco, te saldrán más arrugas.

—No puedo relajarme al pensar en que puedes pasar un poco de dolor más tarde por culpa de una tontería como esta —murmuré tomando su mano y llevando sus nudillos a mis labios, besando suavemente su piel, sintiendo como un pequeño estremecimiento recorrió su columna.

Sin apartarse, Keila acomodo sus lentes, escondiendo sus iris grises de mi vista.

—Deja de decir cosas tan cursis, voy a comenzar a creerlo —bufo y sonreí ante el rubor de sus mejillas, deje otro beso en sus nudillos para luego acariciar con la yema de mi pulgar su piel.

—Es la idea.

—¿Qué pasó con Fernando? —repitió nuevamente, tratando de desviar el tema a mi confesión.

Porque esa era una decisión que había tomado hacía solo un par de horas. Le haría creer a Keila que un futuro juntos era posible y así, quizás, volver a reconstruir nuestra relación.

—¿Antes tratabas de insinuar que era viejo? —cambie de tema también, haciendo referencia a su comentario sobre ciertas arrugas.

—Nunca dije viejo.

—Escuche la mención de arrugas en una oración dirigida hacia mi persona, lo estabas insinuando.

—Arrugas no es lo mismo que vejez —chasqueo la lengua divertida—, solo que eres un poco demasiado expresivo.

Lo oí. El tono de su voz que usaba habitualmente cuando se encontraba conversando con otros críticos en su galería. Ese tono que solo usaba cuando trataba de convencerte de algo que no consideraba real.

—Mentirosa —acuse y sonrió con inocencia, sus largas piernas desnudas se estiran aún más en la reposera, enlarge siendo su figura—, conozco ese tono, víbora. Eres una mentirosa.

—Jamás le mentiría a mi tan amado esposo —se burló nuevamente.

Solté una carcajada y con cuidado apoyé la palma de mi mano sobre su abdomen desnudo.

—Víbora, víbora, víbora —tarareo presa de la diversión y sus labios se arquean hacia arriba—. Solo tengo 36 años, no soy un viejo.

—Aun —dijo apoyando sus codos para poder levantarse un poco—, aún no eres del todo un anciano a los ojos del resto pero nos llevamos ocho años, Álvaro. No estoy segura de que puedas seguirle el paso a alguien joven como yo.




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