Keila
El viento ponía mí piel de gallina o quizás era la situación que se desataba ante mis ojos. Como un tornado enfurecido, Álvaro pasó por mi lado, la ira siendo palpable en el aire. En sus hombros se acumulaba la tensión, si fuésemos una pareja normal, si fuese una situación diferente, pasaría mis manos por esa área, apretando sutilmente, buscando acariciar su piel tersa y alivianar ese peso con el que cargaba. Dejaría apoyada mi frente sobre él mientras disfrutaría de ese momento íntimo, privado y de complicidad.
Pero como eso era un escenario ficticio me obligue en un parpadeo a volver. Los gritos de desespero, de cólera e indignación rompieron el silencio sordo que sucumbía en mis oídos. Todo volvió a moverse con una velocidad abismal.
Vi a Rebeca, presa del pánico, mantenerse apenas de pie en el marco de la puerta, su marido detrás de ella, tratando de decidir si valía la pena ahogar a Greco y la condena que le caería encima. Sus dedos apretaron los brazos de su esposa, como si tratará de controlar sus impulsos.
Un retrato de cómo podría llegar a ser Álvaro en un futuro. Si es que no cometiera algún error que se lo impidiese.
Muévete.
Iba a terminar mal. Muy mal si no pensaba con la cabeza fría, si no evitaba que esas fotos se difundieran. Tenía que detener a Álvaro. Debía de hacer algo.
Muévete, Keila.
Apenas llevábamos unas horas a bordo y el pronóstico no era el mejor. Caos total, drama, todo un viaje organizado que había comenzado con el pie izquierdo.
Muévete, muévete, muévete.
Sabía que debía actuar rápido. El rostro de Álvaro, tenso y decidido, dejaba claro que su paciencia había llegado al límite. Ya había visto esa mirada antes, y nada bueno salía cuando perdía el control.
Lo vi caminar hacia la cubierta con la cámara en la mano, mis pensamientos iban fugaces buscando, tratando de estudiar todos los escenarios posibles, viendo millones de catástrofes pasar ante mis ojos. Mordisqueando el interior de mis mejillas, tomé una decisión.
Si no lo detengo ahora, esto va a acabar peor.
Con el sonido del mar de fondo y el sol quemándome la piel actúe. Cada paso que daba se sentía más pesado que el anterior a medida que me acercaba a la borda.
—Álvaro, ¡espera!
Me interpuse entre mí esposo, impidiendo que pudiera completar su arrebato. Sin sutileza tomé su muñeca, impidiendo que arrojé lejos la cámara, que se perdiera en el mar y el oleaje para enfrentarnos a una denuncia por parte de Greco.
Sus ojos me encontraron pero la tensión en su mandíbula no disminuyó.
—Muévete, Keila —su tono no dejaba lugar para bromas. No deje que eso y su dura mirada me intimidase, me planté firme frente suyo, bajando la voz al ver cómo a sus espaldas Greco era detenido por Fernando.
Mi cuñado me miró por encima de su hombro, esperando que fuese capaz de detener a su hermano.
—Escuchame —baje mí voz, un susurro para que solo quedará entre nosotros—. No lo hagas.
Negó, con un movimiento que apenas pude frenar intento de arrojar la cámara.
—Se lo merece —masculló—, merece que está mierda se hunda en el fondo del mar.
Mordisquee aún más fuerte mí mejilla.
—Lo hace —cedí—, pero tu no mereces la denuncia que puede poner en tu contra por daño de propiedad, acoso e intimidación, pérdida de contenido —contuve la respiración y endureció mi tono— ¿Quieres que siga? Piensa en el futuro y sus consecuencias. No seas el hombre estúpido que se deja llevar por la furia. No seas ese hombre, Álvaro.
Nuestras miradas batallaron intensamente, segundos que fueron eternos, silencio de su parte pero aún así podía escuchar los engranajes de su cabeza trabajar a mil por hora, sopesando mis palabras. Era inteligente, entraría en razón y si no lo hacía, bueno, tendría que recurrir a otros métodos.
Gritos furiosos se escuchaban, una acalorada discusión, el sonido de gente empujándose. No nos quedaba tiempo. Hice una nueva y sin emitir sonido dije su nombre. Una súplica. Silenciosa. Pero yo nunca suplicaba. Y él lo sabía.
En ese instante, Álvaro cerró los ojos.
—¿Qué sugieres? —débil, casi derrotado, afloje mi agarre en su muñeca, acorte la distancia y alcé la barbilla.
No me había percatado del temblor que sacudía mi cuerpo, presa de la euforia y la ansiedad.
—Dame la cámara, le sacaré la memoria —trague saliva cuando sus ojos verdes se abrieron.
—¿No es exactamente la misma mierda? —farfulló pero dejó caer la cámara en mis manos.
—No —susurre buscando el compartimiento donde se resguarda la memoria—, puede ser que por error se olvidará de colocarla, que sin darse cuenta la perdió. Sería una lástima que todas las fotos que ha sacado se perdieran por su estupidez.
Lentamente mientras hablaba saque la memoria de su lugar, rápidamente dejando todo como estaba, sin mirar a Álvaro, el cuál podía sentir que se había acercado para tapar con su cuerpo lo que estaba haciendo.