Álvaro
Nuestra familia. Incluso con la nube del desastre aún latente esa palabra fue como una caricia.
Nuestra familia.
Me gustaba como sonaba. Que nos considerará eso. Su familia. Que fuese nuestra.
La palabra resonaba en mi mente como un eco dulce y, a la vez, punzante. No sé si era el cansancio o el efecto de esa tormenta de emociones que me había sacudido, pero esa frase de Keila se quedó ahí, anclada en un rincón que ni siquiera sabía que tenía.
Me gustaba cómo sonaba.
Pero no debía permitirme eso. No podía darme el lujo de imaginar algo que no existía.
Apoyé ambas manos en la barandilla de la cubierta, dejando que el frío acero apagará el calor que hervía en mi sangre. El sol, impasible en lo alto, contrastaba con el remolino de caos que llevaba por dentro. Todo este maldito viaje había sido una serie de fuegos cruzados, y estaba justo en medio, intentando decidir a quién salvar primero.
Greco. Ese bastardo. Me daba igual que se autoproclamara el mejor periodista del siglo. Un hombre que usaba su cámara como un arma no era más que un cobarde con una herramienta peligrosa. Aunque las fotos ya no estaban en su poder, todavía me carcomía la posibilidad de que tuviera más trucos bajo la manga. Y no me gustaba no tener el control.
Respiré hondo, tratando de calmar el temblor en mis manos.
El plan de Keila había sido inteligente, más de lo que quería admitir en ese momento. Pero lo que realmente me tenía en vilo era esa mirada que me había lanzado mientras escondía la memoria. Esa mezcla de seguridad y... algo más. Algo que no quería definir porque me aterraba lo que podría significar.
—¿Vas a quedarte ahí parado todo el día? —La voz de Fernando me sacó de mis pensamientos.
Me giré despacio, encontrándolo con los brazos cruzados y el ceño fruncido. Parecía tan agotado como yo, pero había algo en su postura que me decía que no solo estaba cansado; estaba molesto.
—¿Qué quieres? —pregunté, más brusco de lo que pretendía.
—Hablar contigo —respondió, directo como siempre—. Keila me pidió que te dejara respirar un rato, pero no creo que tengamos ese lujo ahora mismo.
Suspiré, pasando una mano por mi rostro. Claro, Keila ya estaba tejiendo sus hilos en el trasfondo, como siempre lo hacía. Y aquí estaba yo, obligado a enfrentarme a mi propio hermano, con quien llevaba horas de tensiones mal disimuladas.
—¿Qué tan mal está todo? —pregunté al fin, buscando en su rostro alguna señal de que aún quedaba algo rescatable.
Fernando negó con la cabeza, su expresión endurecida.
—Peor de lo que parece. Greco no es el único problema. Y tú lo sabes.
Esa última frase me golpeó como un mazazo. Lo sabía, claro que lo sabía. Este viaje, esta fachada de normalidad, todo estaba sostenido con alfileres. Pero oírlo de su boca lo hacía más real.
—¿Qué sabes? —Mi tono fue más bajo, más grave, como si temiera que alguien más estuviera escuchando.
Fernando se tomó su tiempo antes de responder, mirando hacia el horizonte como si el mar tuviera todas las respuestas.
—Sé que nuestros padres están ocultando algo. Que todo este viaje no fue solo una excusa para reunirnos —su mandíbula se tensa—. Mí error fue el traer a Greco, pensé —se detiene y niega—, no sé qué demonios pensaba, fue un error y no puedo deshacerlo. Pero este viaje no son unas simples vacaciones y sé que Keila lo intuye también.
No pude evitar apretar los dientes. Claro que nuestros padres escondían algo. Siempre lo hacían. Pero que Keila estuviera empezando a darse cuenta complicaba las cosas. Ella no debía ser arrastrada al desastre que era mi familia.
—Déjamelo a mí —dije, intentando sonar decidido, aunque sabía que mi voz temblaba un poco—. Si hay algo que averiguar, lo haré.
Fernando me lanzó una mirada cargada de escepticismo.
—¿De verdad crees que puedes manejarlo solo? Álvaro, esto no es solo sobre nosotros. Esto también la afecta a ella. Y no estoy hablando de lo que Greco pueda hacer. Estoy hablando de lo que viene después.
—¿Qué estás insinuando? —pregunté, mi paciencia colgando de un hilo.
Fernando dio un paso más cerca, bajando la voz.
—Solo digo que quizá no eres el único que necesita protegerla.
Esa declaración fue suficiente para encender una chispa de rabia en mi pecho, pero antes de que pudiera responder, Fernando ya estaba caminando hacia la puerta que llevaba al interior del barco.
Me quedé ahí, con las palabras de mi hermano resonando en mi cabeza y un peso extraño apretándome el pecho.
Keila no necesitaba protección. Al menos no de la forma en que Fernando lo insinuaba. Ella era capaz de cuidar de sí misma. Pero había algo en sus ojos, algo que había visto en la cubierta minutos atrás, que me hacía dudar.
Y eso me aterraba más que cualquier cosa que Greco pudiera hacer.
Ahora tenía que poner mis prioridades en orden. Debía ir a ver a mi madre. Asegurarme que estuviera bien. Hablar con ella.