La ilusión del amor

Capítulo 19

Álvaro

Le di un último bocado al postre y me levanté sin decir mucho. Keila se había excusado hacía unos minutos para retirarse a nuestro camarote. La había visto demasiado cansada, estresada, se había retraído y puesto a la defensiva como solo ella podía hacer. Con la presencia de Greco solo pude ver lo ansiosa que se había puesto y temí que sufriera un colapso, agarrase un cuchillo de la mesa y se lo enterrara al periodista. Tampoco la hubiera detenido. La escena en mi cabeza era gloriosa. De igual forma había visto sus señales de estrés e intentando ser un apoyo silencioso, acariciando su mano con el pulgar, tratando de distraer su venenosa mente pero parecía imposible.

Abrí la puerta y la busqué con la mirada, esperaba verla recostada en la cama.

No lo estaba, a la vez que cerraba la puerta con el ceño fruncido lo escuché. El sonido de una arcada provino del baño. Fue suficiente para que corriera los metros que nos separaban. Al entrar Keila apenas levantó la cabeza del retrete. Estaba pálida y me dejé caer a su lado, sujetando su cabello cuando otra arcada la obligó a vomitar.

Su cuerpo se sacudió bruscamente mientras se deshacía de toda su cena, aferrándose al borde de porcelana del retrete, sus uñas largas rasguñaba el material con fuerza. Escuché un sollozo ahogado y mi corazón se apretó.

Con cuidado, aún sosteniendo su cabello, comencé a realizar movimientos circulares sobre su espalda, esperando que eso ayudaría a aliviar un poco su estado. Keila se alejó un poco, temblorosa pasó el dorso de su mano por sus labios limpiándose.

—Calma —susurré a su lado.

—No me siento bien —sollozo y una lágrima cayó por su mejilla.

Parecía derrotada nuevamente y odiaba con toda mi alma verla así, tan vulnerable y frágil.

—Lo sé —dije sin detener la caricia en su espalda y soltó un suspiro que estuvo al borde de volverse otro sollozo.

Ella se inclinó hacia mí y abrí mis brazos para recibirla, su frente se apoyó en mi pecho mientras la abrazaba. Era de las pocas veces que lo había hecho, que me permitiera estar cerca suyo estando tan vulnerable me hacía sentir especial.

—Necesito darme una ducha —masculló y se alejó. Desearía volver a atraerla para quedarnos unos minutos más así pero la deje ir.

Parecía agotada, drenada y sus movimientos eran lentos. Miro a la bañera e hice una mueca.

—Déjame te ayudo —me levanté con cuidado, a su vez, mis manos se deslizaron bajo sus axilas, ayudándola a ponerse de pie.

—¡Álvaro! —se alteró, girando su rostro para mirarme con cautela.

—Déjame ayudarte —ella comenzó a negar.

—No es necesario, no tienes porque hacerlo, puedo sola —impuso un poco de resistencia pero la frené.

—Cuando aterrizamos —le recordé—, dijimos que lo intentaríamos. Déjame ayudarte, Keila, permíteme intentar cuidar de mi esposa.

Se quedó en silencio, sospechando de mis palabras, su vista volvió a la bañera y en voz casi imperceptible respondió.

—Está bien.

Sonreí para adentro y haciendo uso de mi fuerza la ayudé a llegar al borde de la bañera. Aún sosteniéndola por debajo de sus axilas, metió uno de sus pies ya descalzos y luego el otro.

Lentamente y con cuidado la dejé deslizarse hasta quedar sentada, sus piernas estiradas apenas por lo minúsculo de la bañera.

Su expresión se suavizó en el instante que cerró sus ojos, la solté definitivamente y sus párpados apenas se abrieron para mirarme.

El vestido celeste se arremolinaba en el comienzo de sus muslos, aparté la vista y volví a ella. A sus ojos grises, unas ojeras se habían oscurecido, mostraban la clara evidencia de su agotamiento mental.

En ese instante tomé una nueva decisión, tenía que comenzar a cuidar, no solo físicamente a Keila, sino también priorizar que su cabeza estuviera en paz. Y si para lograr eso tenía que tirarme por la borda con ella en brazos y nadar a tierra firme solo para que se encuentre bien. Definitivamente lo haría.

—¿Te ayudo a quitarlo? —pregunte, haciendo un gesto hacia su vestido. Keila solo asintió y con pereza estiró sus brazos.

Tomé un fuerte suspiro, que causó una suave y silenciosa risa a mi esposa. La punta de mis dedos tomaron el dobladillo del vestido, Keila apenas levantó su cuerpo para que pudiera comenzar a levantarlo con lentitud, la tela acariciando su piel a su paso.

Continúe levantando el vestido con cuidado, tratando de no rozar su piel más de lo necesario. Keila se apoyó en el borde de la bañera para ayudarme, aunque sus movimientos seguían siendo torpes. Cuando la tela finalmente pasó por encima de su cabeza, la dejé caer sobre el suelo, dándole un poco de espacio para acomodarse.

Sus manos fueron a su espalda, desabrochando su corpiño, dejando su pecho desnudo, hizo un movimiento similar para deshacerse de la parte de abajo. La ropa interior cayó a un costado de la bañera y trague con fuerza.

Mis ojos hicieron un esfuerzo consciente por no recorrerla, por mantener la mirada fija en su rostro. Pero incluso en su estado vulnerable, Keila tenía algo que era imposible de ignorar: esa fuerza oculta bajo su fragilidad, como si estuviera hecha de cristal irrompible.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.