La ilusión del amor

Capítulo 20

Keila

Aún sentí el sabor amargo en mi garganta. El cansancio era abrumador, como si mi cuerpo se hubiera convertido en un peso muerto imposible de cargar. Me apoyé en el borde de la cama, con la mirada fija en el suelo, intentando controlar la tormenta de pensamientos que me asediaba desde la noche anterior.

Había algo en la forma en que Álvaro me miró mientras me ayudaba. Algo que me incomodaba y, al mismo tiempo, me desarmaba por completo. Era una mezcla de ternura y preocupación, como si realmente le importara cómo me sentía, más allá del trato que habíamos hecho al aterrizar.

Suspiré profundamente, llevándome una mano a mi cabello todavía húmedo. El agua caliente me había ayudado a relajarme, pero no había borrado la presión en mi pecho. ¿Cómo podía explicar lo que sentía? Ni siquiera yo lo entendía del todo.

La película romántica que se reproducía en la televisión solo parecía querer hundirme más en mi miserable estado. La pareja estaba pasando por una escena dramática, reclamos y gritos mezclados de una confesión de amor bajo la lluvia. Demasiado empalagoso para mi gusto y demasiado sobreactuado.

Mi teléfono vibró sobre la mesita de noche, distrayéndome. Al ver el nombre de Kris en la pantalla, no dudé en contestar.

—¿Keila? —preguntó, su voz llena de curiosidad y algo de preocupación.

—Estoy bien —mentí automáticamente, aunque el cansancio en mi voz probablemente la delató.

—No suena bien. ¿Qué pasó?

Miré hacia la puerta del baño, cerrada, asegurándome de que Álvaro no pudiera escucharme. Él se había metido a ducharse después de dejarme en la cama, y aunque el agua corriendo me daba cierta privacidad, prefería ser cautelosa.

—Es todo un desastre, Kris —murmuré, apretando el teléfono contra mi oído.

Mi voz tembló, y me mordí el labio para evitar que las lágrimas volvieran. Kris era una de las pocas personas que conocía toda la historia, pero hablar de ello no lo hacía más fácil.

—Keila, tienes que salir de ahí. Esto no es bueno para ti.

—No puedo simplemente irme —dije, un poco más fuerte de lo que pretendía. Baje la voz rápidamente—. No ahora.

—Entonces encuentra una forma de protegerte. Sabes que Álvaro...

—Álvaro no es el problema —interrumpí, sorprendida por lo rápido que defendí a mi esposo. No esperaba que esas palabras salieran de mi boca, pero era cierto. Álvaro había sido un apoyo anoche, incluso cuando no tenía por qué serlo.

—Entonces ¿qué vas a hacer? —preguntó Kris, con su tono más suave.

—Resistir —susurre y deje caer mi espalda en los almohadones.

La ropa de dormir que llevaba puesta era liviana aunque aún sentía mi cuerpo pesado, como si un camión lo hubiera atropellado.

Kris siguió hablando, divagando con opciones de lo que podría hacer. Buscaba soluciones como siempre había hecho. Teniéndome una mano cuando me encontraba en problemas. En algún momento comenzó a divagar. Me hablaba sobre Thiago, nuestra mascota que estaba cuidando. De las cosas que hacía, que comía, como lo había peinado, luego siguió con algo sobre sus clases en la universidad.

Cuanto más atención prestaba a lo que me decía más me percataba que algo quería decirme. Conocía lo suficiente a Kris, era mi hermano mayor y sabía la mayoría de sus manías.

Hablar demasiado por no saber cómo expresar lo que su cabeza quería decir realmente.

Suspiré y debió ser muy fuerte porque la línea al otro lado permaneció en silencio.

Nos conocíamos e incluso sin vernos aún podíamos entendernos. Lo sabía en ese instante, que me había percatado de su conflicto interno. Era mi momento de ejercer el rol de hermana preocupada así que solo pronuncie su nombre.

—¿Kris?

—Keila —su voz sonaba tensa, como si llevara una carga demasiado pesada—. Necesito hablar contigo.

Enderecé la espalda, ya sintiendo el peso de lo que sea que iba a decirme.

—¿Qué pasa?

Un silencio incómodo se extendió por la línea, hasta que finalmente soltó un suspiro.

—Mamá me engañó.

Fruncí el ceño.

—¿De qué hablas?

—Firmé unos papeles hace unas semanas. Ella me dijo que eran documentos para resolver un problema legal, algo relacionado con el negocio familiar —Kris se detuvo, como si las palabras le costaran salir—. Pero no era eso, Keila. Eran papeles de matrimonio.

—¿Qué? —exclamé, sintiendo la sangre hervir en mis venas—. ¿Estás casado?

—Sí. Con una completa desconocida.

No sabía si reír o llorar. La situación era tan absurda que parecía sacada de un mal guión de telenovela.

—¿Cómo pudo hacerte algo así? —pregunté, todavía tratando de procesar lo que me estaba diciendo.

—Según ella, era por el bien de la familia —La amargura en su voz era evidente—. Dice que este matrimonio garantizará estabilidad para todos, que resolverá problemas financieros y fortalecerá alianzas.




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