Álvaro
—Keila... —mi voz salió ronca, llena de una mezcla de deseo y algo más profundo que no estaba listo para enfrentar.
Su cuerpo respondió antes que sus palabras, arqueando hacia mí, como si buscara cada punto de contacto posible entre nosotros. Su piel estaba cálida bajo mis manos, y el temblor en sus labios cuando murmuró fue la última barrera que necesitaba cruzar.
Mis manos se movieron con más confianza, deslizándose por su espalda, siguiendo el contorno de sus caderas. Sentía cada respiración, cada estremecimiento que recorría su cuerpo. Lentamente, comencé a quitar la tela que nos separaba, cada prenda deslizándose con un propósito definido, revelando más de esa piel que parecía invitarme a explorarla.
Ella también tomó la iniciativa, sus dedos trabajando para deshacerse de mi ropa, y cada toque suyo parecía encender algo en mí que no sabía que podía sentir con tanta intensidad. Cuando finalmente quedamos piel con piel, un jadeo escapó de sus labios, y ese sonido fue como un disparo directo a mi pecho, acelerando mi pulso.
—Mírame —le pedí, levantando su rostro con una mano bajo su mentón. Necesitaba ver en sus ojos que estábamos en esto juntos, que este momento no era solo mío. Lo que encontré fue un reflejo de lo que sentía: deseo puro, mezclado con una vulnerabilidad que me hizo querer protegerla y al mismo tiempo perderme en ella.
La besé de nuevo, esta vez más profundo, más demandante. Mis manos exploraban su cuerpo, trazando curvas, deslizándose por cada línea que podía alcanzar. Cuando mis labios dejaron los suyos, bajaron lentamente por su cuello, deteniéndose para probar su sabor. El sonido que hizo cuando mordí suavemente la piel sensible en su clavícula fue suficiente para hacerme perder cualquier control que me quedaba.
Keila no se quedó atrás. Sus manos descendieron por mi pecho, marcando un camino ardiente hasta que llegó a mi cintura. Su toque era firme, pero al mismo tiempo inseguro, como si estuviera tanteando los límites de lo que podíamos compartir.
Cuando se movió para quedar sobre mí, mis manos encontraron sus caderas, guiándola para acomodarse. Su cabello caía alrededor de su rostro, enmarcando sus ojos que brillaban con una mezcla de deseo y determinación. Sus caderas comenzaron a moverse, al principio lentamente, como si probara el terreno, pero pronto adquirieron un ritmo que era todo menos tímido.
Cada movimiento suyo arrancaba un gemido de mis labios, y mi cuerpo reaccionaba de forma instintiva, buscando más de ella. La habitación estaba llena de sonidos; su respiración pesada, mis jadeos, el ruido de nuestros cuerpos encontrándose una y otra vez.
Tomé el control en un momento, girándola suavemente para quedar sobre ella. Sus piernas se enredaron alrededor de mi cintura, acercándome más mientras mis labios reclamaban los suyos una vez más. Bajé mis manos, explorando la longitud de sus muslos, sintiendo cómo se tensaba y relajaba bajo mi toque.
Sus uñas arañaban mi espalda cuando aceleramos el ritmo, y el dolor mezclado con placer sólo intensificó la experiencia. La manera en que decía mi nombre, susurrando como si fuera un secreto compartido solo entre nosotros, me hacía perderme más en ella.
Cuando finalmente alcanzamos el clímax, fue como si todo el universo se contrajera en ese instante. Su cuerpo se tensó contra el mío, sus manos se aferraron a mis hombros con fuerza, mientras yo sentía que cada fibra de mi ser se desbordaba en ella.
Nos quedamos inmóviles por un momento, respirando con dificultad, nuestros cuerpos aún entrelazados. Su pecho subía y bajaba rápidamente contra el mío, y cuando levanté la mirada para encontrarme con sus ojos, vi algo que me dejó sin palabras. Era algo más profundo, algo que aún no podía nombrar, pero que sabía que me cambiaría para siempre.
Keila se dejó caer sobre mi pecho, su rostro escondido en el hueco de mi cuello. Pasé una mano por su espalda, trazando círculos lentos mientras ambos recuperamos el aliento. No había necesidad de palabras en ese momento. Todo lo que necesitábamos estaba en el silencio que compartimos, en la cercanía de nuestros cuerpos y en el calor que aún persistía entre nosotros.
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Cuando volví a salí del baño, la encontré acurrucada bajo las sábanas, su respiración profunda y rítmica. Sus hombros desnudos se asomaban, funcionando como una deliciosa carnada.
Me acerqué en silencio y me senté en el borde de la cama, observándola por un momento. Acaricié un mechón de su cabello, apartándose de su rostro.
Sus acciones no cuadraba con nada de lo que decía. Quería el divorcio y luego me besaba como si fuese el fin del mundo.
Estaba loca, empecé a creer eso con fuerza. No me importaba realmente, estaba decidido a hacer hasta lo imposible por ella. Tenía solo tres días más para asegurarme de conquistarla.
Me incliné un poco más, dejando que mi mano rozara su cabello con suavidad. Parecía tan tranquila mientras dormía, como si el peso del mundo se hubiera desvanecido por unas horas. Pero sabía que, en cuanto despertara, su escudo volvería a levantarse y estaría nuevamente en pie de guerra conmigo, con todos.
Debería haberme levantado, haberme dado la vuelta y dejarla descansar. Pero en lugar de eso, permanecí ahí, dejando que mis dedos se deslizaron por su cabello y después por su hombro descubierto. Su piel estaba tibia al tacto, suave y delicada, como si escondiera bajo esa superficie una fuerza que solo yo había comenzado a entender.