Keila
Quise darme media vuelta e irme. Estuve a nada de hacerlo pero Greco me miró, dejando de lado su libreta con una sonrisa gatuna.
—Buen día, Keila —me saludo para darle un sorbo a su café.
Con sus ojos me escrutinio, me dio esa mirada desafiante y solo sentía una ira arder en mí pecho.
Me conocía lo suficiente, lo hacía desde mucho antes de mi matrimonio con Álvaro. Como yo reconozco gran parte de sus gestos él sabía de los míos. Maldito imbécil.
—¿Cómo estás, Greco? —dije a su vez que corría la silla para poder sentarme. Enfrente de él.
Tomo uno de los platos con frutas que quedan en la mesa y lo acerco.
—Excelente, creo que no he descansado tan bien en años —me ofrece un poco de jugo de la jarra y acepto—. ¿Tu noche estuvo tan buena como la mía? —pregunta con una sonrisa socarrona.
Idiota.
Mis mejillas adquieren un leve pero perceptible rubor. Los besos que Álvaro dejo por mi piel, por mí torso creando su propio camino hacia mi ruina queman en mi piel. Intento no perder la compostura y le regaló una sutil sonrisa tendiendo mi vaso para que pueda verter el jugo.
—Tuve una muy buena noche —hago un pequeño énfasis y sus cejas se levantan sobre sus gafas.
De afuera, seguro parecería una conversación amistosa pero Greco está buscando detalles en cada una de mis palabras. Bebi del jugo que me ha servido y saboreo, relamiendo mis labios.
Con él siempre se trataba de una batalla, pero no de quién daba el primer golpe sino de intelecto. Un intercambio de palabras mortífero pero inocente a simple vista.
Greco quería información. Así que sonreí, podía dársela, pero no sería la información que él quería.
El ruido calmo de las olas, los granizos de las gaviotas, y el leve zumbido del motor era la balada que nos acompañaba.
Su vista baja a mis labios y vuelve a encontrarse con mis ojos. Mantengo mi Boca cerrada, manteniendo un firme control para evitar decir algo equivocado o precipitado.
En su lugar, con total calma, Greco robó una de las frutas del plato que había arrastrado hacía mí. El tenedor que había tomado hizo un leve chirrido al raspar contra este. Un trozo se lo llevó a la boca, masticando y saboreando el sabor detenidamente.
—¿Álvaro no está contigo esta mañana? Es raro verlo tan distante. Ya sabes, para ser un hombre tan dedicado…
Hace una pequeña alusión a mis anteriores palabras. Así que tuve que juntar todas mis fuerzas y hacer un pequeño, demasiado, esfuerzo para controlar un tic.
—La dedicación no siempre se demuestra en público. Pero tú eso no lo entenderías, ¿verdad? Prefieres los espectáculos.
Una risa ronca huyó de sus labios. Acomodo sus lentes, empujándolo un poco por el puente de su nariz para volver a acomodarlos.
—No siempre, Keila. Pero admito que los espectáculos tienen su encanto, especialmente cuando alguien intenta ocultar lo evidente —sus palabras iban cargadas de veneno disfrazado de simpatía.
Mis uñas se clavaron en la superficie de la mesa, apenas perceptible. Él lo notó, claro que lo hizo.
—Tal vez deberías concentrarte más en los hechos y menos en los chismes, Greco. Eso haría maravillas para tu reputación —le dediqué una sonrisa fría, fingiendo calma.
—¿Chismes? No me subestimes. Solo observo —se inclinó ligeramente hacia adelante, sus ojos fijos en los míos, como si pudiera leerme con solo mirarme—. Sabes, Keila, a veces siento que eres un enigma. Pero incluso los mejores enigmas dejan pistas.
—Y a veces pienso que eres más un perro husmeando que un periodista.
En vez de ofenderse, dejó ir una gran carcajada, su espalda se relajo en el respaldo de su silla y sus dedos tamborilero el borde de la mesa, parecía un simple acto inofensivo pero no era la primera vez que lo veía hacer algo así.
Sonreí, realmente sonreí porque había descubierto algo. Un hábito de teclear como si estuviera redactando su próxima primicia. Lo hizo de la misma forma en la que lo haría yo si me encontrará en mi oficina, tecleando en la computadora.
—¿Perro husmeando? Vaya, Keila, me sorprendes. Aunque creo que prefiero verlo como un cazador, siempre detrás de la presa más interesante —Greco alzó una ceja, su sonrisa era una mezcla de diversión y desafío.
Lo observé tamborilear los dedos contra la mesa, y algo en ese movimiento me hizo pensar. Era metódico, casi como si estuviera redactando mentalmente. Lo había notado antes, pero esta vez lo entendí. Estaba procesando, hilando las piezas de su próxima historia.
—¿Y cuál sería esa presa? —pregunté, fingiendo desinterés mientras tomaba otro trozo de fruta.
—Oh, todavía no lo sé. Pero digamos que tu matrimonio y tú han ofrecido material fascinante últimamente —Sus palabras estaban cargadas de insinuaciones.
Levanté la mirada, sosteniendo su atención con un destello de determinación en mis ojos.
—¿Fascinante para quién? Para ti, tal vez. Pero no me sorprende; siempre has sido bueno en encontrar historias donde no las hay.