La ilusión del amor

Capítulo 23

Álvaro

Mire las olas moverse lentamente, el barco se había anclado en una bahía de aguas cristalinas. El sol pegaba con fuerza por ser mediodía y podía sentir cómo quemaba en mi espalda.

Suspiré con calma y pase una mano por mi cabello, apoyando los codos en la baranda. Baje la cabeza tratando de esconder la estúpida sonrisa que adornaba mi rostro. Cuando desperté a su lado, con Keila en brazos totalmente dormida, acurrucada en mi pecho de una forma que nunca antes había sucedido. Pensaba que estaba soñando pero cuando bese su sien y su respiración se tambaleó para dejar ver esos ojos grises adormilados fui incapaz de controlar el hambre, cediendo a besar sus labios otra vez. De volver a amarla y perderme en su piel.

Estaba tan jodido.

En el desayuno apenas había logrado disimular mí sonrisa y mamá había tratado de interrogarme al respecto, entre cerrando sus ojos y amenazando con decirle a Keila alguna anécdota vergonzosa de niño. Solo negué y le dije que no me asustaba.

Me hubiera gustado estar junto a mi esposa cuando se despertará pero la conocía lo suficiente para saber que necesitaría tiempo para procesar lo sucedido. No quería abordarla, Keila necesitaría su espacio y por eso estaba aquí, como un tonto aguardando.

Iba a volver a suspirar cuando unos brazos se envolvieron a mi alrededor. Me quedé quieto con el aire atrapado en los pulmones.

—Te ves tan pensativo que casi te dejo en paz —su voz suave y adormilada rozó mi oído, enviándome una descarga que me recorrió la columna. Keila apoyó su frente contra mi espalda, y podía sentir el calor de su cuerpo a través de mi camisa.

Sonreí antes de girarse ligeramente para mirarla. Keila estaba ahí, con su cabello despeinado por el viento

—¿Por qué estás aquí solo?

Me relajé lentamente, soltando el aire que había estado conteniendo, mientras sus brazos se apretaron ligeramente alrededor de mi torso. Mi corazón comenzó a latir con fuerza, como si su cercanía lo obligará a recordar cuánto la deseaba.

—Pensé que querrías un poco de espacio —respondí con un tono tranquilo, aunque por dentro sentía que estaba al borde de la euforia.

—¿Espacio para qué? —preguntó en voz baja, casi como si estuviera hablando consigo misma.

Giré lentamente, liberándome de su abrazo sólo lo suficiente para poder mirarla a los ojos. Allí estaban esos ojos grises que tanto amaba, cargados de preguntas y emociones que ella no dejaba ver del todo.

—Para pensar —dije, buscando su mirada—. Para procesar lo que pasó.

Keila me miró con una mezcla de desafío.

—¿Y qué crees que estoy procesando?

Me incliné un poco, apoyando mi frente contra la suya.

—No lo sé. Quizás te debates entre destruir mi próxima película o quién tendrá la custodia completa de Thiago.

Sus labios se curvaron en una sonrisa pequeña, pero sincera, y levantó una mano para tocar mi mejilla.

—Siempre hablas como si tuvieras todas las respuestas, Álvaro. Pero esto no es tan complicado.

—¿Ah, no? —pregunté con una sonrisa torcida, sintiendo cómo la tensión entre nosotros se deslizaba hacia algo más cálido.

Keila negó suavemente con la cabeza, y luego sus dedos subieron hasta mi cabello, enredándose en él mientras sus ojos se posaban en mis labios.

—No —susurró, acercándose lo suficiente para que nuestras bocas casi se rozaran.

—Ven a nadar conmigo —dije, tomando su mano entre mis dedos, entrelazándolos de manera natural.

Ella arqueó una ceja, mirando rápidamente hacia el agua cristalina que se extendía más allá del barco.

—¿A nadar? ¿Ahora? —preguntó, con ese tono mezcla de incredulidad y diversión que siempre me volvía loco.

Asentí, tirando suavemente de su mano mientras retrocedía hacia la baranda. Yo ya estaba listo, con la bermuda ajustada cómodamente en mi cintura. Y aunque ella llevaba ese top sencillo, sabía que debajo escondía una de sus bikinis. No necesitaba más excusas.

—Es el momento perfecto —insistí, dejando que mi mirada recorriera su rostro—. Además, prometo que será divertido.

Keila soltó una risita baja, una mezcla de desafío y diversión que no podía evitar cuando estaba conmigo.

—¿Y si no quiero mojarme el cabello? —bromeó, aunque noté el leve rubor que se extendía por sus mejillas cuando mis dedos acariciaron el dorso de su mano.

Me acerqué, acortando aún más la distancia entre nosotros, hasta que nuestras frentes casi se tocaron.

—Entonces nadaremos con cuidado —susurré, mi voz baja y cargada de intención—. Pero confía en mí, no te arrepentirás.

Ella vaciló por un momento, mordiéndose el labio inferior en ese gesto que siempre hacía cuando estaba debatiéndose internamente. Luego, con un suspiro resignado, liberó su mano de la mía y comenzó a quitarse el top, revelando la parte superior de su bikini que abrazaba perfectamente su piel bronceada.

—Más te vale que valga la pena —advirtió, lanzándome una mirada que era mitad amenaza, mitad invitación.




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