La ilusión del amor

Capítulo 24

Álvaro

«—Solo recuerda una cosa, Álvaro... —su voz se suavizó, y la atmósfera de la terraza parecía cerrarse aún más alrededor de nosotros. El aire salado y la brisa del mar creaban un contraste perfecto con el calor que se acumulaba entre nosotros.

—¿Qué cosa? —pregunté, mi voz más baja de lo que esperaba, atrapado en la intensidad de su mirada. El reflejo de las luces del yate bailaba en sus ojos, haciendo que parecieran contener secretos que yo estaba desesperado por descubrir.

Keila se tomó un momento para responder, como si sopesara cada palabra. Sus dedos, fríos por la brisa, rozaron la línea de mi mandíbula, enviando un escalofrío que me recorrió la espalda.

—No soy tan fácil de conquistar… —dijo al fin, con una media sonrisa que era una mezcla de desafío y vulnerabilidad.

No tuve tiempo de responder; sus labios encontraron los míos en un movimiento tan decidido como inesperado. Al principio fue suave, un roce que apenas se sentía, pero rápidamente se convirtió en algo más profundo, más real. El mundo pareció detenerse mientras todo se reducía a la sensación de su boca contra la mía, el latido de mi corazón acelerado, y la cercanía de su cuerpo junto al mío.

La terraza, con sus cortinas blancas que se movían al compás del viento, parecía el escenario perfecto para este instante. Las olas rompían suavemente contra el casco del yate, un ritmo constante que se sincronizaba con nuestras respiraciones. Mis manos encontraron su cintura, inseguras al principio, pero luego firmes, acercándola aún más.

Sentí cómo sus dedos se deslizaban por mi cuello, enredándose en mi cabello mientras inclinaba la cabeza para profundizar el beso. Había algo en su manera de besarme, una mezcla de urgencia y delicadeza, que me desarmaba por completo. Ella no era solo una mujer, era una tormenta, y yo estaba dispuesto a dejarme arrasar.

Cuando el beso terminó, sus labios aún estaban tan cerca de los míos que sentí su aliento, cálido y entrecortado. Sus ojos grises, llenos de una emoción que no podía descifrar del todo, me miraron fijamente, como si estuviera evaluando cuánto había cambiado este momento entre nosotros.

—Eso fue... —comencé, pero las palabras se atoraron en mi garganta.

—Eso no significa que lo tengas fácil, —murmuró, aunque la forma en que sonreía contradecía sus palabras. Su dedo índice trazó un pequeño círculo en mi pecho antes de alejarse un poco, como si necesitara recuperar el control.

La observé mientras se apartaba, el reflejo de la luz del cielo nocturno acariciando su perfil. Me tomó unos segundos darme cuenta de que estaba sonriendo, una sonrisa genuina que rara vez mostraba.

—Nunca he buscado que sea fácil —respondí finalmente, con una media sonrisa que sabía que la haría rodar los ojos.

Keila soltó una risa suave.»

Mi madre hizo una pregunta, y su voz me trajo de vuelta a la realidad como un tirón repentino. Parpadeé, tratando de recordar qué estaba diciendo antes de perderme en mis pensamientos. Sus ojos me miraban curiosos, llenos de esa mezcla de paciencia y ternura que solo una madre puede tener.

—¿Qué dijiste? —pregunté, todavía sintiendo la nube de distracción que me envolvía.

—Creo que estás medio disperso —sonrió, inclinándose ligeramente hacia mí—. ¿Quieres que lo repita o prefieres que adivine en qué estabas pensando?

Solté una risa nerviosa y me pasé una mano por el cabello, tratando de recuperar la compostura. Era inútil; ella siempre podía leerme como un libro abierto.

—No estaba pensando en nada importante, de verdad —mentí, sin mucho esfuerzo.

—Ajá, claro —dijo, alargando la palabra como si estuviera saboreándola—. No pareces muy convencido de eso.

Se cruzó de brazos y me observó con una ceja levantada. Su gesto me hizo sentir como si tuviera quince años otra vez, atrapado en una mentira inocente.

—Está bien, está bien —admití, levantando las manos en señal de rendición—. Solo tenía la cabeza en otro lado, ya sabes, cosas de trabajo y... otras cosas.

—¿Otras cosas? —repitió, dándole un énfasis que me hizo sentir aún más expuesto—. ¿Tiene nombre esa otra cosa?

Su sonrisa se amplió, y el brillo en sus ojos dejó claro que había encontrado un tema que le interesaba.

—Madre... —suspiré, sabiendo que no iba a dejarlo pasar fácilmente.

—Vamos, hijo, soy tu madre. Puedo decir cuándo hay algo más en tu mente —dijo, y luego suavizó su tono—. Además, me gusta verte así, con esa sonrisa tonta en la cara. Es raro en ti.

Relamí mis labios secos al recordar la noche con Keila, como si con ese gesto pudiera revivir el sabor de sus palabras, el tacto de su piel, la intensidad de su mirada. No quería mostrar demasiado, pero estaba claro que mi madre ya había notado algo.

—¿Es una sonrisa tonta? —pregunté, tratando de desviar la atención mientras me cruzaba de brazos.

—Una muy tonta —replicó, con esa chispa divertida en los ojos—. Pero no te preocupes, hijo, te queda bien.

Suspiré, rindiéndome ante su perspicacia.




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