La ilusión del amor

Capítulo 27

Keila

«Estar al lado de Rebeca era reconfortante. Desde un comienzo me aceptó en su familia sin problema alguno, a pesar de lo inusual de las circunstancias que nos unieron. Había algo en su presencia que transmitía calma, como si supiera que, sin importar lo que pasara, todo terminaría bien.

—Me alegra ver que Álvaro y tú se están llevando mejor —dijo, tomando mi mano entre las suyas con un gesto cálido.

La observé por un momento, buscando algún rastro de desaprobación o curiosidad malsana, pero no había nada de eso en su rostro. Solo genuino afecto.

—Creo que ambos estamos haciendo un esfuerzo —respondí, con una sonrisa tímida. No era una mentira, pero tampoco toda la verdad.

Rebeca asintió, apretando ligeramente mi mano.

—Eso es lo que importa, querida. Las relaciones reales se construyen paso a paso, con paciencia. Nadie comienza sabiendo cómo hacerlo todo bien.

Había algo en su tono que me hizo sentir una mezcla de consuelo y nerviosismo. Por un lado, era agradable escuchar a alguien hablar con tanta certeza sobre algo que yo apenas estaba descubriendo. Pero, por otro, sentí un peso en su elección de palabras.

Relaciones reales.

—Rebeca... —comencé, sintiendo un nudo formarse en mi garganta—. ¿Alguna vez pensaste que esto no funcionaría?

Ella me miró con sorpresa, pero su expresión pronto se suavizó en una sonrisa.

—¿Sabes? Cuando era joven, Gustavo y yo pasamos por algo parecido. No tan complicado como lo de ustedes, claro, pero hubo momentos en los que parecía que no tenía sentido seguir adelante.

Me quedé en silencio, esperando que continuara.

—Y lo que descubrí fue que la clave no está en si tienes dudas o en si las cosas son perfectas. Está en si, al final del día, sigues eligiendo a la otra persona. ¿Tú lo eliges, Keila?

La pregunta me golpeó con más fuerza de lo esperado. ¿Lo estaba eligiendo realmente? ¿O simplemente estaba dejando que las cosas sucedieran, esperando que el tiempo respondiera por mí?

Antes de que pudiera responder, Rebeca acarició mi mejilla con una ternura maternal.

—Tómate tu tiempo, querida. Pero si puedo darte un consejo: no dejes que el miedo te impida ver lo que podría ser algo maravilloso.

Su sonrisa era cálida, pero había algo en su mirada que me decía que sabía más de lo que estaba diciendo.

Me quedé ahí, con sus palabras resonando en mi mente, mientras el murmullo de las olas llenaba el silencio.

—Sabes, Keila —dijo con un tono cálido, pero cargado de algo más que simple cariño—, siempre te consideré como la hija que nunca tuve.

La sinceridad en su voz me desarmó por completo. Alcé la mirada, y sus ojos se encontraron con los míos. Había ternura, sí, pero también algo que no podía descifrar del todo.

—Rebeca, yo… —empecé, sin saber exactamente qué decir, pero ella me interrumpió con una sonrisa que no alcanzaba a esconder cierta preocupación.

—Álvaro siempre fue un chico complicado, pero desde que tú estás en su vida, desde que este acuerdo comenzó —hizo una pausa breve, como si eligiera cuidadosamente sus palabras—, parece más él mismo. Más feliz.

Sentí un nudo formarse en mi garganta. Sus palabras eran un halago, pero algo en su mirada me decía que esto iba más allá de un simple cumplido.

—Eso es todo lo que quiero para él —añadió, mientras su mano apretaba la mía con delicadeza—. Y para ti también.

—Gracias —murmuré, notando cómo su atención parecía centrarse en algo más, algo que aún no había dicho.

Rebeca desvió la mirada hacia el horizonte, donde las olas rompían suavemente contra el casco del yate. Su respiración se volvió un poco más profunda, como si se estuviera preparando para continuar.

—No organice este viaje solo para molestarlos, como Álvaro seguro piensa —se ríe pero es un poco más tensa—, lo hice porque quería verlos a todos. Últimamente la familia se reúne cada vez menos.

Sus palabras me hicieron mirarla con más atención. Había algo más detrás de lo que estaba diciendo. Su sonrisa parecía sincera, pero la forma en que sus dedos jugueteaban con el anillo en su mano mostraba un nerviosismo que no era propio de ella.

—Es cierto —admití, tratando de mantener el tono ligero—. Con todas las agendas ocupadas supongo que cuesta coincidir.

Rebeca soltó una risa breve, pero su mirada no se desvió del horizonte.

—A veces me pregunto si he hecho lo suficiente para mantener a la familia unida —confesó de repente, su voz más baja, casi un susurro.

Su sinceridad me tomó por sorpresa. No sabía qué responder, así que apreté ligeramente su mano para darle algo de consuelo.

—Rebeca, tú haces más de lo que crees. Este viaje es la prueba —dije, esperando que mis palabras la reconfortaran.




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