La ilusión del amor

Capítulo 28

Álvaro

La arena fría se deslizaba entre mis dedos mientras caminábamos por la orilla. Cada paso alejaba más el ruido de Fernando y Greco, y yo no podía evitar soltar una pequeña risa.

—¿Crees que nos están mirando? —me pregunto, girando ligeramente la cabeza.

Solté una carcajada y apreté su mano.

—Si lo están, seguro que están tomando apuntes.

—¿De qué?

—De cómo se hace esto —respondió con esa sonrisa suya que siempre me desarmaba.

Keila sonrió suavemente, su risa tímida contrastando con la ligereza de la situación. El sol comenzaba a esconderse en el horizonte, y la brisa marina arrastraba todo a su paso, incluso la tensión que a veces sentíamos al estar rodeados de otras personas. Solo estábamos nosotros dos, y por un momento, todo lo demás parecía no importar.

—¿Sabes? —dije, pensando en voz alta mientras seguía su paso—, me gusta estar así, sin preocuparme por el resto. Solo nosotros, el mar, y el viento.

Keila me miró con una ligera sonrisa en el rostro. Se veía tranquila, relajada, como si ese fuera su lugar en el mundo, y yo no quería que ese momento terminara.

—Es raro, ¿no? Cómo todo cambia cuando estamos solos. —dijo ella, sus ojos fijos en el mar, como si quisiera que el momento no se desvaneciera.

—Raro, pero agradable. —respondí, apretando un poco más su mano. No quería que dejara de sentir lo que sentía. Este tiempo a solas con ella, lejos de los problemas, lejos de las expectativas, era lo único que quería.

La brisa marina acariciaba nuestros rostros mientras caminábamos por la orilla, dejando nuestras huellas en la arena húmeda.

—Nunca he entendido por qué la gente se queja tanto del sol —dije, rompiendo el silencio.

Keila giró ligeramente la cabeza hacia mí. Sus ojos brillaban con los últimos destellos del día, y una pequeña sonrisa se asomó en sus labios.
—Quizás porque no todos lo disfrutan igual. Algunos prefieren la sombra.

No pude evitar sonreír mientras entrelazaba mis dedos con los suyos. Sus manos eran cálidas, un contraste con la brisa fría que comenzaba a levantarse. Cada paso junto a ella hacía que todo lo demás pareciera lejano, irrelevante.
—Yo prefiero el sol, como en este momento. Lo disfrutamos, sin prisa.

Ella dejó escapar una risa suave, esa que siempre parecía reservada solo para mí. Sus ojos se fijaron en el horizonte, donde el cielo empezaba a oscurecerse.

—Yo también... aunque, si te soy sincera —hizo una pausa, mirando hacia el cielo—, siempre he encontrado la luna más atractiva que el sol.

Me detuve por un momento, intrigado por sus palabras. Keila siempre tenía esa capacidad de sorprenderme, de darle una profundidad inesperada a los momentos más simples.

—¿Por qué? —le pregunté, aunque ya sabía que la respuesta sería algo que me haría pensar.

Ella también se detuvo, dejando que sus pies se hundieran un poco más en la arena. Alzó la vista hacia el cielo, donde las primeras estrellas comenzaban a aparecer.

—Porque la luna no quema —respondió, con un tono casi susurrante—. Es más sutil, más misteriosa. Tiene algo que te invita a mirarla sin temor.

La observé en silencio, intentando grabar en mi memoria cada detalle de ese instante. Había algo en su expresión, en la forma en que hablaba de la luna, que me hacía querer entenderla más, aunque sabía que nunca terminaría de hacerlo del todo.

—Supongo que eso te hace la luna de mi sol, entonces —dije, con una sonrisa que sabía que le arrancaría otra risa.

Y así fue. Keila rió, con esa mezcla de ternura y timidez que tanto me gustaba.

───────── ℘ ─────────

Estábamos sentados en la arena, mirando cómo las olas se acercaban y retrocedía en un ritmo constante. Keila tenía la mirada perdida, y la luz iluminaba suavemente su rostro. Había algo hipnótico en la forma en que sus ojos reflejaban el brillo plateado del agua.

No pude evitar sonreír mientras la observaba. Luego, sin pensarlo mucho, solté:

—¿Sabes que tienes algo en la cara?

Ella giró hacia mí, frunciendo ligeramente el ceño.

—¿Dónde?

Me acerqué un poco, fingiendo inspeccionar su rostro. Mi mano se movió con cuidado hasta rozar su mejilla, y la toqué suavemente.

—Aquí… —murmuré, dejando que mi dedo dibujara un pequeño círculo en su piel antes de apartarme—. Ahora sí, mucho mejor.

Keila parpadeó, y luego dejó escapar una risa baja, ladeando la cabeza con una expresión que mezclaba diversión e incredulidad.

—¿De verdad crees que puedes distraerme con cosas como esa?

Me recosté hacia atrás, apoyando las manos en la arena, y la miré con una sonrisa tranquila.

—Si te hace sonreír, todo vale la pena.

Keila apartó la mirada hacia el horizonte, como si estuviera buscando algo en el vaivén de las olas. Yo permanecí en silencio, observándola. Había aprendido que a veces ella decía más en esos momentos de quietud que con palabras.




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