Keila
No había sido capaz de responder. No del todo. Había besado la mejilla de Álvaro antes de subir al yate de una vez.
Y aquí estaba, ahogándome en una bebida.
Apenas nos encontramos todos reunidos de nuevo cuando Rebeca anunció que quería hacer una cena de despedida en la terraza. Así que todos nos habíamos reunido aquí para festejar el fin del viaje.
Aunque no podía decir que sinceramente estuviera disfrutando de esta fiesta. La música suave, las risas, la comida, todo se sentía ajeno.
Comenzaba a considerar que una vez de regreso en Ciones buscaría ayuda psicológica. Si, definitivamente eso me vendría bien.
Mire a mi alrededor y no estaba segura si era impresion mia o no pero algo no me cerraba.
No era exactamente tensión, pero tampoco tranquilidad. Era como si todos supieran que algo flotaba en el aire, algo que ninguno de nosotros quería abordar. Tomé otro sorbo de mi bebida, dejando que el sabor amargo me ayudara a ordenar mis pensamientos.
Álvaro estaba sentado en la otra punta de la mesa, hablando con Fernando, aunque su mirada se desviaba hacia mí de vez en cuando. Me esforcé por no mirarlo directamente, aunque sabía que nuestras miradas se cruzarían eventualmente.
Rebeca fue la primera en romper el silencio.
—¿Qué tal estuvo la playa? —preguntó con una sonrisa amable, aunque sus ojos reflejaban algo de curiosidad.
—Bonita, como siempre —respondí, tratando de mantener mi tono neutral.
Greco, sentado cerca de Fernando, dejó escapar una pequeña risa.
—Bonita es una palabra demasiado genérica. Vamos, Keila, seguro tienes algo más interesante que decir. ¿O acaso fue un paseo demasiado tranquilo? —Su tono era ligero, casi burlón.
Álvaro dejó su copa sobre la mesa con un golpe seco.
—Si quieres una crónica del paseo, Greco, lo siento, pero no está a la venta.
El comentario de Álvaro me sacó una sonrisa involuntaria.
—No fue nada fuera de lo común, Greco. Pero creo que tú siempre logras encontrar historias donde no las hay —respondí, tratando de desviar la atención.
Rebeca intervino, probablemente para calmar los ánimos.
—Es bueno que se tomen un momento para ustedes. Después de todo, las escapadas espontáneas suelen ser las más memorables.
La conversación se desvió hacia otros temas, pero yo no podía evitar sentir la mirada de Álvaro sobre mí. Me removí en mi asiento, tratando de ignorarlo, pero la intensidad de sus ojos era imposible de ignorar.
Cuando finalmente me atreví a mirarlo, su expresión era seria, como si tuviera algo que decirme, pero sabía que no era el momento ni el lugar. Asentí ligeramente, dándole a entender que lo había notado, aunque no estaba segura de qué esperar.
Greco, como siempre, no pudo evitar añadir una última observación antes de que alguien cambiara el tema.
—Bueno, al menos sabemos que el paseo los dejó... pensativos.
La incomodidad en el ambiente fue palpable por un breve momento. Fernando soltó una carcajada seca, intentando aligerar el comentario de Greco.
—Deja de buscar historias donde no las hay, Greco. No todos vivimos para alimentar tu cámara y tu cuaderno.
Rebeca lanzó una mirada significativa a Greco, dejando claro que era hora de cambiar el rumbo de la conversación.
—Quería agradecerles por haber aceptado venir a este viaje —inició Rebeca con una sonrisa serena.
Fernando tosió, murmurando con sorna:
—No nos dejaste muchas opciones.
La mirada que Greco le lanzó a mi hermano fue suficiente para que él alzara las manos en señal de rendición, pero Rebeca simplemente lo ignoró, como si estuviera acostumbrada a sus comentarios fuera de lugar.
—De todos modos, me alegra que estén aquí —continuó ella, su tono amable pero con un leve matiz de firmeza—. Hace tiempo que no teníamos la oportunidad de estar todos juntos, y la verdad, sentía que lo necesitábamos.
Álvaro, a mi lado, asintió casi imperceptiblemente. Sabía que, aunque él no lo diría en voz alta, también agradecía este tiempo en familia, incluso si algunas dinámicas eran incómodas.
—Supongo que sí —admitió Fernando al final, encogiéndose de hombros—. Aunque no entiendo del todo por qué hacer esto tan lejos de casa.
Rebeca sonrió, y por un momento, el cansancio que usualmente llevaba en el rostro pareció desvanecerse.
—A veces necesitamos alejarnos de todo para recordar lo que realmente importa.
—¿Como los interminables conflictos familiares? —añadió Fernando, con esa sonrisa pícara que solía desarmar tensiones, aunque en esta ocasión no funcionó del todo.
—Como nuestra unión, a pesar de ellos —respondió Rebeca con un tono cálido pero contundente. Luego dejó escapar un suspiro, mirando a cada uno de nosotros—. No soy ingenua, sé que cada uno tiene su vida y sus prioridades, pero estoy segura de algo: siempre que estemos juntos, somos más fuertes.