Keila
El lápiz se deslizaba por el papel con movimientos rápidos pero calculados, dejando tras de sí líneas que apenas empezaban a tomar forma. Mi estudio estaba en completo silencio, salvo por el leve sonido de la punta raspando la hoja y el crujido ocasional de mi silla al cambiar de posición. Había pasado un rato desde que me había despertado, intentando concentrarme en algo que me diera claridad. Algo que me recordara quién era, aparte de todo lo que había pasado en ese viaje.
Pero mi mente no dejaba de vagar. Cada línea que trazaba parecía conectarme con un recuerdo distinto: la luz dorada del atardecer en la cubierta del yate, el olor a sal y viento, el peso de las palabras que no dije cuando debí haberlo hecho.
Miré el dibujo que tenía frente a mí. Era abstracto, caótico, pero lleno de pequeños detalles que no había planeado. Me detuve al reconocer, casi sin darme cuenta, una figura que recordaba demasiado bien: el contorno de la figura de Álvaro parecía formarse.
Suspiré y dejé el lápiz a un lado, pasando una mano por mi cabello desordenado. Mi atención se desvió hacia el montón de cosas que había traído conmigo del viaje, todavía sin acomodar. Una pila de ropa doblada, un par de libros y una pequeña caja de madera que reconocí al instante.
Álvaro se asomó por la puerta, era temprano, por no decir muy temprano. Su rostro aun se veía somnoliento cuando entro para besar mis labios y decir un adormilado buenos días.
Sonreí apenas al sentir el roce cálido de sus labios, el tipo de contacto que, aunque breve, tenía la capacidad de borrar cualquier rastro de la tensión que me había acompañado desde que nos bajamos del yate.
—Buenos días —respondí en un murmullo, observando cómo se rascaba la nuca mientras sus ojos recorrían el estudio con esa mezcla de curiosidad y sueño.
—¿Ya llevas rato aquí? —preguntó, señalando el papel frente a mí antes de apoyarse contra el marco de la puerta.
Asentí, recostándome en la silla. —No podía dormir más, así que decidí adelantar algunas ideas.
Álvaro frunció ligeramente el ceño, como si hubiera algo que no terminaba de convencerlo en mi respuesta. Aún con los ojos entrecerrados por el sueño, capté un atisbo de preocupación en su mirada.
—¿Estás bien? —su tono era bajo, casi cauteloso, como si no quisiera presionarme pero tampoco dejarlo pasar.
—Sí, claro —mentí, recogiendo el lápiz y girándolo entre mis dedos para evitar su mirada.
Él suspiró y se inclinó para echar un vistazo al dibujo que había estado haciendo. Por un momento, pensé que lo reconocería, que vería el contorno que sin querer había dibujado y diría algo al respecto. Pero, en cambio, solo esbozó una pequeña sonrisa y me miró de nuevo.
—Es hermoso —comentó suavemente.
Algo en su tono me hizo sentir un nudo en el estómago. Quería creerle, quería pensar que todo seguía igual entre nosotros, pero había algo en el aire, algo invisible pero palpable que no nos dejaba volver a esa burbuja que habíamos construido durante el viaje.
—¿Te quedas a desayunar? —pregunté, intentando desviar la conversación hacia algo más ligero.
—No puedo, tengo una reunión temprano —respondió, enderezándose.
—Entiendo, no te preocupes —dije rápidamente, esforzándome por mantener un tono neutral mientras me levantaba del banco frente al caballete.
Él asintió, aunque se quedó mirándome por un momento, como si quisiera decir algo más pero no encontraba las palabras.
—Ayer… —comenzó pero le costaba encontrar las palabras adecuadas así que lo mire, con la cabeza sutilmente inclinada—. Fernando me escribió.
—¿Le sucedió algo? —dije con un poco de duda sin comprender del todo.
—No, no, es sobre otra cosa —nego—. Puede que nos explote algo en la cara pronto, Greco le dio una advertencia para que tengamos cuidado.
La mención de Greco me desconcertó, pero traté de mantener la compostura mientras Álvaro me observaba con esa mezcla de seriedad y cansancio que últimamente parecía haberse convertido en parte de él.
—¿Y él tiene algo que ver? —pregunté, confundida, aunque mi voz sonó más tranquila de lo que esperaba.
Álvaro negó con un movimiento rápido, como si quisiera disipar cualquier malentendido antes de que arraigara.
—No es Greco quien está escribiendo, pero alguien más sí. Greco solo le dio el aviso a Fernando, y... al parecer, esa persona tiene algo sobre nosotros.
Sentí un escalofrío recorrerme. Era difícil imaginar que alguien estuviera hurgando en nuestras vidas, buscando algo que pudiera ser usado en nuestra contra.
—¿Sabes quién es esa persona? —pregunté, cruzando los brazos, no tanto por defensiva, sino por necesidad de sentirme más anclada en ese momento.
—No todavía, pero Fernando está moviendo sus contactos para averiguarlo. Solo quería avisarte, por si escuchas algo o... si alguien se acerca a ti.
Mi mirada se endureció un poco al escuchar eso último.
—¿Crees que me buscarían a mí?
—No lo sé, Keila. Espero que no. Pero prefiero que estés preparada para cualquier cosa.