La ilusión del amor

Capítulo 32

Álvaro

«—Es tarde —se quejó Keila mientras besaba su espalda.

—Solo quiero saber tu color favorito —deje caer otro beso en su omóplato y la escuché reír.

—El verde —respondió entre risas, girándose un poco para mirarme de reojo—, pero eso ya lo sabes.

—Sí, pero quería escucharlo otra vez —admití con una sonrisa, apoyando mi frente contra su hombro.

Keila suspiró, entrelazando sus dedos con los míos. Su piel estaba cálida, y el aroma de su cabello, mezclado con la fragancia de las sábanas, me daba una extraña sensación de paz.

—¿Por qué me preguntas eso ahora? —inquirió, su tono era ligero, pero noté una pizca de curiosidad.

—Porque quiero conocerte como si fuera la primera vez, cada día —le dije, levantando la vista para encontrarme con sus ojos.

Ella me miró en silencio, sus labios curvándose en una pequeña sonrisa. Se giró, para quedar cara a cara.

—Siempre sabes qué decir para dejarme sin palabras —murmuró Keila, escondiendo su rostro en mi cuello.

—No es algo que planee —respondí con sinceridad, acariciando su cabello.

Nos quedamos en silencio por un momento, escuchando nuestras respiraciones acompasadas. La ciudad seguía viva más allá de las ventanas, pero aquí, en nuestra burbuja, todo era quietud.

—¿Y tu color favorito? —preguntó de repente, rompiendo la calma.

Sonreí, bajando la mirada hacia ella.

—Depende —dije, haciendo una pausa dramática.

—¿De qué? —levantó una ceja, curiosa.

—De ti. Hoy es gris porque me recuerda a tus ojos cuando estás feliz. Pero mañana podría ser el azul, como el cielo que vimos en el viaje.

Keila se echó a reír, golpeando ligeramente mi pecho con la mano.

—Eres tan cursi —dijo, aunque sus mejillas estaban teñidas de un suave rubor.

—Solo contigo —le aseguré, inclinándome para besarla con suavidad.

Ella respondió al beso con la misma ternura, y por un momento, todo el peso de los problemas que nos rodeaban se desvaneció. Era en esos pequeños momentos donde recordaba por qué valía la pena todo lo demás.

Cuando nos separamos, Keila apoyó su frente contra la mía, sus dedos jugando distraídamente con los míos.»

La cena estaba siendo tranquila, teníamos una mesa totalmente apartada del resto, consiguiendo privacidad para poder desenvolvernos cómodamente. No podía encontrar ciertos paralelismos respecto a nuestra última cena antes del viaje. Donde el ambiente había sido tenso ahora solo se podían oir las risas y sutiles coqueteos.

Esos ojos grises que tanto amaba se achicaron cuando su sonrisa creció mucho más.

Keila bebió un sorbo de su copa sin dejar de mirarme, podía sentirme completamente hipnotizado por ella.

—Hoy, mientras trabajaba en la galería, me acordé de algo tonto. ¿Te acuerdas de la vez que rompiste el jarrón en mi primer taller y trataste de culpar al viento?

No pude evitar negar, recordando ese pequeño accidente al comienzo de nuestro matrimonio, cuando todo iba a la perfección.

—¿Qué? ¡Eso fue un accidente! Además, ¿cómo podía saber que ese jarrón tenía tanto valor sentimental?

—Era mi primer trabajo decente de cerámica, Álvaro. Pero bueno, al menos después me compraste helado para compensar.

—Y funcionó, ¿no?

Keila soltó una risa suave y se inclinó ligeramente sobre la mesa, como si la distancia entre nosotros no fuera suficiente para compartir aquel recuerdo.

—Sí, funcionó… pero solo porque era de chocolate con menta. Sabías exactamente cómo convencerme.

—Siempre tengo mis trucos bajo la manga, aunque nunca he sido muy bueno mintiéndote —admití, apoyándome en el respaldo de mi silla mientras jugaba con la servilleta.

—Bueno, culpar al viento definitivamente no fue tu mejor momento —bromeó, dándome esa mirada traviesa que siempre me desarmaba.

—Lo tomaré como un recordatorio de que contigo no hay escapatoria —respondí, encogiéndome de hombros.

Ella sacudió la cabeza, divertida, y tomó otro sorbo de su copa.

—Por cierto, encontré tus zapatos en el baño otra vez —la mire de reojo mientras el mesero se acercaba a dejar nuestros platos con cuidado.

—Lo siento, pero es el único lugar donde no los olvido cuando tengo prisa.

Me defendí a la vez que la veía tomar su cubierto con delicadeza y dar el primer bocado a su plato de spaghetti. Me reí y corté un bocado de mi filete.

—Keila, podrías olvidarte de cualquier cosa excepto de tus óleos. ¿Cómo haces para recordar dónde están siempre? —me burlé de ella, también conociendo su mal hábito de olvidar donde estaban las cosas.

—Fácil, son mi prioridad. Tú deberías aprender de ellos.




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