La ilusión del amor

Capítulo 33

Anónimo: ¿Cómo esperan que los tomen en serio cuando toda su relación es una mentira? ¡Son una farsa!

Keila

Podía sentir cómo mi cabeza se partía a la mitad. El dolor era tan intenso que cada latido se sentía como una punzada que recorría mi cráneo. Me llevé las manos a las siete, intentando calmar la presión mientras me apoyaba contra la encimera de la cocina. Respiré hondo, tratando de contener las lágrimas que comenzaban a formarse por la pura frustración.

El artículo. Los flashes. Las preguntas. Todo seguía dando vueltas en mi mente, como si cada palabra que había leído o escuchado en las últimas horas se hubiera incrustado en mi cerebro. No había tenido ni un momento de paz desde que salimos del restaurante. Álvaro me había pedido que intentara ignorarlo, que dejara que él se encargara, pero ¿cómo podía ignorar algo que cuestionaba la base de nuestra relación?

Tomé un vaso de agua, pero mis manos temblaban tanto que apenas logré beber un sorbo sin derramar un poco. Cerré los ojos, tratando de calmar mi respiración. Necesitaba claridad. Necesitaba enfocarme en algo más.

De repente, sentí los pasos de Álvaro entrando a la cocina. Me giré lentamente, sosteniendo el vaso en mis manos. Su mirada era una mezcla de preocupación y culpa, como si supiera exactamente cómo me sentía sin necesidad de preguntar.

Anónimo: Keila solo está usando a Álvaro para mantenerse relevante. Sin él, nadie hablaría de su trabajo.

—¿Cómo estás? —preguntó en voz baja, acercándose a mí con cautela.

—¿Cómo crees que estoy? —respondí, más seca de lo que pretendía. Al instante me arrepentí de mi tono, pero el agotamiento había derrumbado cualquier barrera que pudiera tener.

Álvaro suspiró, apoyándose contra el marco de la puerta.

—Keila, esto no es justo para ti. Lo sé —dijo con una voz firme, pero llena de tristeza—. Pero prometo que encontraré una manera de detenerlo.

Lo miré fijamente, buscando en sus ojos esa seguridad que tanto necesitaba en ese momento.

—¿Y cómo, Álvaro? —pregunté, mi voz quebrándose ligeramente—. ¿Cómo vamos a detener algo que parece estar fuera de nuestro control?

Él no respondió de inmediato. En su lugar, se acercó y tomó mi rostro entre sus manos, obligándome a mirarlo.

—Lo haremos juntos. No importa cómo, pero no voy a dejar que esto nos consuma.

Cerré los ojos al sentir el calor de sus manos, dejando que su cercanía calmara un poco el torbellino en mi interior.

—Espero que tengas razón —murmuré, permitiendo que mi cabeza descanse brevemente contra su pecho—. Lo siento.

—Yo también —su mano se apoyó en mi cabello con cuidado.

Anónimo: Álvaro es un hipócrita. Siempre hablando de valores familiares, y mira cómo escondió su matrimonio.

Aunque el dolor en mi cabeza no desapareció, el peso en mi pecho pareció aligerarse un poco con esas palabras.

Los días siguieron pasando, lo que creíamos que sería olvidado con rapidez no sucedió.

Tuve que comenzar a trabajar desde mi estudio en casa, evitando visitar la galería y las llamadas de mi madre. Agradeciendo que aún no se le hubiera ocurrido visitarme para dejarme caer su reproche. Las náuseas habían regresado y las mañanas consistían en estar acostada con la cabeza de Thiago sobre mi estómago en lo que veíamos una película.

Álvaro, por otro lado, seguía decidido a ir a la productora, su familia se había hecho presente para tratar de darnos un poco de calma en esta tormenta. La presión social que sentía, que el secreto de nuestro matrimonio saliera a la luz y no poder ser lo suficiente convincente para desmentir una verdad. Las críticas llovían con fuerza, comentarios negativos que ambos evitamos leer.

Toda la ilusión de nuestro amor se había roto para el público. Pero puertas adentro, Álvaro y yo nos unimos aún más, siendo el soporte del otro. Habíamos hecho todo lo posible para mantener nuestra reciente relación a salvo. Si queríamos que funcionara, debíamos volvernos un equipo. Y lo hicimos.

Cada noche, cuando el bullicio del día finalmente se desvanecía, nos sentábamos en la sala con una copa de vino o una taza de té, dependiendo de cuán pesado hubiera sido el día. Hablábamos de todo y de nada, desde los pequeños detalles de nuestras rutinas hasta nuestras preocupaciones más profundas.

Anónimo: ¿Realmente creían que podían salirse con la suya? Ahora ambos son el hazmerreír del país.

—¿Te arrepientes? —le preguntó una noche, después de un largo silencio en el que ambos mirábamos la televisión sin realmente prestarle atención.

—¿De qué? —respondió Álvaro, dejando su copa sobre la mesa.

—De todo esto. De nosotros... —mi voz se apagó un poco al final.

Él me miró como si hubiera dicho algo absurdo. Sus ojos, aunque cansados, seguían brillando con esa intensidad que siempre lograba desarmarme.

—Keila, jamás me arrepentiría de nosotros. ¿De verdad piensas eso?




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