La ilusión del amor

Capítulo 34

Álvaro

El despacho del abogado era amplio, con una pared llena de estantes de libros que, estoy seguro, no se habían abierto en años. Una luz tenue entraba por las persianas semiabiertas, proyectando líneas diagonales sobre el escritorio pulcro y perfectamente organizado de Ricardo Montero. Su reputación como un tiburón en el mundo legal era lo que me había traído hasta aquí. Si alguien podía ayudarnos a salir de este lío mediático, era él.

—Señor Santos —empezó Ricardo, mientras hojeaba un archivo con gesto serio—, la situación es complicada, pero no insalvable.

—Complicada es quedarse corto —respondí, recostándome en la silla de cuero—. Necesito que me diga cómo podemos detener esto.

Ricardo cerró el archivo y me miró directamente a los ojos.

—Lo que estamos enfrentando no es solo un ataque mediático, Álvaro. El periodista, Montenegro, tiene más material. Mucho más.

Sentí un peso caer en mi estómago. Mi mandíbula se tensó.

—¿Qué tipo de material?

—Mensajes, fotografías, incluso una supuesta grabación de voz donde tú y Keila hablan de los términos iniciales de su matrimonio.

El aire en la oficina se volvió más pesado. Mis dedos tamborilearon contra el reposabrazos mientras intentaba procesar la información.

—¿De dónde está sacando todo esto? —pregunté, mi tono más bajo pero cargado de irritación.

Ricardo levantó una ceja.

—Eso es lo que aún estamos investigando. Podría ser alguien cercano a ustedes. Un empleado, un conocido… alguien con acceso a su entorno.

—No puede ser —negué de inmediato, aunque las palabras salieron más como una súplica que como una afirmación—. Nuestra gente es leal.

—Eso pensaban muchos antes de que ocurrieran cosas como esta —respondió con frialdad.

Mi mente empezó a recorrer posibles nombres, rostros. Intenté encontrar un resquicio, alguien que le hubiera mostrado interés indebido o señales de traición. Nada encajaba.

—¿Qué hacemos? —pregunté finalmente, dejando de lado mi orgullo.

Ricardo se inclinó hacia adelante, apoyando los codos sobre el escritorio.

—La primera opción es negociar con Montenegro. Intenta llegar a un acuerdo antes de que publique algo más. Pero, Álvaro, te lo advierto: Montenegro no es alguien fácil de intimidar ni de comprar. Es un periodista que vive por exponer verdades incómodas.

—¿Y la segunda opción? —pregunté, aunque ya tenía una idea de lo que iba a decir.

—Preparándonos para lo peor. Contratar un equipo de manejo de crisis, reforzar tus relaciones públicas y, sobre todo, unificar la historia que tú y Keila van a contar. Necesitan estar completamente alineados si quieren salir de esta con el menor daño posible.

Me pasé una mano por el cabello, tratando de mantener la calma. Todo esto estaba afectando a Keila más de lo que ella quería admitir, y saber que podría empeorar me hacía sentir impotente.

—¿Qué probabilidades hay de que Montenegro publique algo más? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.

—Altas. Muy altas. Este tipo de periodistas no se determina hasta que han agotado cada recurso que tienen.

Mi mandíbula se tensó de nuevo. No podía permitir que esto destruyera todo por lo que habíamos luchado.

—Entonces, negociamos —dije finalmente, con voz firme—. Pero también quiero que encuentres al maldito que le está dando esta información.

Ricardo asintió.

—Eso ya está en marcha. Pero, Álvaro, te lo advierto: si llegamos a negociar con Montenegro, no será barato.

—No me importa el costo —respondí, poniéndome de pie—. Lo único que me importa es protegerla a ella.

Ricardo asentía una vez más, aunque la expresión en su rostro decía que sabía que esto iba a ser una guerra. Y yo estaba listo para pelearla.

Cuando salí del despacho, el aire frío me golpeó el rostro, pero no hizo nada para calmar la tormenta que sentía dentro. Saqué el teléfono del bolsillo y marqué el número de Keila.

—¿Hola? —contestó con su voz suave, aunque podía sentir el cansancio en ella.

—Tenemos que hablar. Esto no se va a detener aquí.

Hubo un silencio en la línea antes de que ella respondiera.

—Ven a casa —fue lo que dijo.

El tono de su voz era firme, pero detrás de esa fachada sabía que estaba agotada. No quise insistir más, no por teléfono.

—Estoy en camino —respondí y colgué, ajustando el volante mientras el tráfico de la ciudad se mezclaba con el zumbido de mis pensamientos.

Todo era un maldito caos. Lo odiaba, que con tanta facilidad pudiera perturbar mi tranquilidad. Nuestra paz, Keila era la que estaba más tranquila, la que más lo mostraba. Me sorprendió un poco que con su personalidad tan volátil esto la hubiera golpeado tan duro. Así que había tomado el rol de ser la firmeza que la relación necesitaba. No me importaba lo que dijeran, no dejaría ir a Keila a menos que ella me dijera que ya no me amaba.




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