Keila
Tomé una respiración profunda mientras ajustaba la caída de mi vestido frente al espejo retrovisor del auto. Las luces del evento brillaban a la distancia, y los flashes de las cámaras ya iluminaban el exterior como si fueran relámpagos en una tormenta. Mi corazón palpitaba con fuerza, como si quisiera salir de mi pecho.
—¿Lista? —preguntó Álvaro desde el asiento junto a mí. Su voz era tranquila, pero al mirarlo, pude notar el leve temblor en sus dedos mientras ajustaba su reloj.
—No, pero vamos igual —respondí con una pequeña sonrisa que no terminó de alcanzar mis ojos.
Él me ofreció su mano cuando el chofer abrió la puerta, y la tomé con fuerza, como si fuera mi único ancla en medio de un mar tormentoso. Cuando salimos del auto, la intensidad de los flashes me hizo parpadear varias veces. Podía sentir los murmullos a nuestro alrededor, como olas chocando contra nosotros.
—¡Álvaro! ¡Keila! ¿Es cierto que su matrimonio fue un contrato?
—¡Keila, aquí! ¿Tienes algo que decirle a tus seguidores?
Las preguntas se mezclaban con el clic incesante de las cámaras, y aunque sentía que mis piernas temblaban, me concentré en el calor de la mano de Álvaro entrelazada con la mía. Caminamos juntos hacia la entrada, manteniendo una postura firme, nuestras sonrisas pequeñas pero sinceras.
Cada paso se sentía interminable, como si el trayecto hasta las puertas del evento se alargara con cada comentario malicioso que alcanzaba mis oídos.
—¡Álvaro, cuéntenos si esto es parte de una estrategia publicitaria!
—¡Keila! ¿Cómo afecta esto a tu carrera?
Quise responder. Quise gritarles que no tenían idea de lo que realmente estábamos viviendo, que nuestra relación no era un espectáculo ni una mentira. Pero en lugar de eso, apreté los labios y me aferré más a Álvaro.
Cuando finalmente cruzamos las puertas, el bullicio quedó atrás. El interior del salón nos recibió con una atmósfera completamente distinta: elegante, tranquilo, con luces cálidas que hacían que todo pareciera más apacible de lo que realmente era.
Álvaro giró su rostro hacia mí, sus ojos grises buscando los míos.
—Lo estás haciendo bien —dijo en voz baja, con una pequeña sonrisa que solo yo podía ver.
—Espero que tengas razón —respondí, forzándome a devolverle la sonrisa.
Sabía que el verdadero desafío no había terminado. Las miradas de los asistentes se volcaron hacia nosotros en cuanto entramos. No era difícil adivinar que éramos el tema principal de conversación de la noche.
—Recuerda, te amo y luego conseguiré ese helado que te gusta —murmuró Álvaro, como si pudiera leer mi mente.
Reí suavemente y le di un pequeño empujón con la cadera de forma disimulada.
—¿Estás tratando de sobornarme con helado? —le susurré, manteniendo la sonrisa en mi rostro mientras caminábamos hacia donde nos esperaban los anfitriones del evento.
—Siempre funciona, ¿o no? —respondió con una chispa de humor en sus ojos, logrando que mi tensión disminuyera por un momento.
Cuando llegamos frente a los anfitriones, una mujer de mediana edad con un vestido rojo impresionante nos recibió con una sonrisa educada, pero curiosa.
—Keila, Álvaro, un placer tenerlos aquí esta noche. Espero que puedan disfrutar del evento a pesar de las circunstancias —dijo, enfatizando las últimas palabras con una amabilidad calculada.
—Gracias por la invitación —respondí, manteniendo mi tono profesional, aunque podía sentir su mirada examinándonos.
Álvaro, siempre más relajado, estrechó la mano de la anfitriona con confianza.
—Estamos aquí para apoyar el arte y celebrar el talento, como siempre.
Su respuesta pareció impecable, pero yo notaba las miradas furtivas que otros invitados nos lanzaban desde sus mesas o mientras conversaban. La presión era palpable, pero la calidez de la mano de Álvaro en la mía me recordaba que no estaba sola.
—Ven, vamos a sentarnos antes de que empiecen a ofrecer champán, no quiero que te marees en medio de todo esto —bromeó, inclinándose ligeramente hacia mí.
No pude evitar reírme por lo bajo.
Seguimos caminando entre las mesas hasta que encontramos la nuestra, ubicada estratégicamente cerca del escenario pero suficientemente apartada para darnos algo de privacidad.
Los murmullos seguían, aunque algunos invitados iban de disimularlos detrás de sus copas de vino. La mesa estaba impecablemente arreglada, con un centro de mesa de flores blancas y velas encendidas que creaban una atmósfera cálida, pero ni siquiera eso lograba calmar mi ansiedad.
Álvaro se adelantó y me ayudó a sentarme, un gesto tan sencillo, pero que en ese momento se sintió como un ancla que me mantenía firme.
—Te dije que íbamos a estar bien —me susurró al oído mientras tomaba asiento a mi lado.
Quise creerle. Lo intenté con todas mis fuerzas, pero sentí como si cada mirada, cada susurro, fuera una daga apuntando directamente a nosotros.
—¿Sabes? Esto no es tan malo —dijo mientras miraba alrededor con una sonrisa tranquila—. Podría ser peor, podríamos estar en un evento donde solo sirven comida en porciones diminutas.