La ilusión del amor

Capítulo 37

Seis meses después

Keila

Muchas cosas cambiaron en este corto tiempo. La prensa había seguido insistiendo durante un par de semanas, ahora más interesados en nuestra historia. Con Álvaro aprendimos a lidiar e ignorarlos. Greco, a pesar de todo, resultó ser un gran aliado. Saliendo a respaldarnos en los instantes que todo se ponía demasiado intenso. Por otro lado, la familia estaba bien.

Fernando parecía haber encontrado una pareja, aunque aún era todo un misterio para nosotros. Mis suegros tomaron la decisión de al fin retirarse, dejando las responsabilidades de la empresa a sus hijos para poder pasar más tiempo juntos. Rebeca había comenzado a necesitar oxigeno por las noches, mas que nada para evitar sustos y tragedias.

Las cosas con Kris siguen siendo complicadas pero él trata de hacer todo lo posible para mantener su tranquilidad, a pesar de tener a nuestra madre detrás de él. Conmigo no volvió a ponerse en contacto, tampoco hice muchos intentos de tenerla presente. Sabía que volvería a entrometerse en mis asuntos pronto, lo intuía.

Y con Álvaro, bueno, las cosas no podían estar mejor.

Me estiré en la reposera, acomodando mis lentes de sol un poco para bloquear el brillo que reflejaba el agua. El calor era justo el necesario para relajarme, ni demasiado sofocante ni demasiado suave.

Con la familia, tomamos la decisión de hacer otra pequeña escapada de fin de semana, aunque esta vez no nos encerramos en un yate para tener que convivir tan de cerca. No es que no me guste, pero la última vez descubrimos que demasiada proximidad en un espacio reducido puede traer... roces inesperados.

El lugar elegido esta vez era un pequeño resort frente al mar, con cabañas privadas, playas tranquilas y suficientes actividades para que cada uno pudiera desaparecer a su antojo, si lo necesitaba. Lo cual, en mi caso, consistía en estar aquí, bajo una sombrilla, con un libro en la mano y un cóctel frío esperándome en la mesita de al lado.

Alcé la vista un momento, observando a Álvaro en la distancia. Estaba jugando al voleibol con algunos otros huéspedes, su risa profunda y su actitud competitiva claramente dominaban el partido. Cada tanto, me lanzaba una mirada cómplice, como si me invitara a unirme, aunque ambos sabíamos que no iba a suceder. Yo estaba mucho más cómoda en mi pequeño oasis.

—¿Te estás escondiendo de todos otra vez? —preguntó Rebeca, apareciendo a mi lado con su usual porte elegante y un sombrero de ala ancha que podría haber salido de una revista.

—No me estoy escondiendo —respondí con una sonrisa mientras me quitaba los lentes de sol—. Estoy tomando un respiro estratégico.

Ella rió suavemente y se dejó caer en la reposera a mi lado.

—Bueno, no puedo culparte. Aunque Gustavo y yo encontramos un rincón tranquilo cerca de los acantilados. Te lo recomiendo.

—¿Y qué hacen ustedes allá? —pregunté con una ceja levantada.

—Conversar —respondió con tono inocente, aunque la curva en sus labios me hizo dudar.

Sacudí la cabeza, divertida, mientras sonreía y dejaba el libro a un lado. La brisa salada del mar acariciaba mi piel, y el sonido de las olas era un recordatorio constante de que estábamos lejos del bullicio de la ciudad. Este era un lugar hecho para desconectar... aunque con esta familia, el drama parecía un acompañante constante, como una sombra inevitable.

—Esta escapada tiene potencial —dije, más para mí misma, mientras mi mirada seguía la línea del horizonte. Una parte de mí, sin embargo, sabía que los rincones tranquilos y las conversaciones siempre podían convertirse en historias más complejas.

Rebeca me miró de reojo, probablemente notando mi pensamiento en mi expresión.

—¿Qué pasa, Keila? —preguntó con una media sonrisa—. ¿Acaso temes que nos volvamos a encerrar todos en el drama familiar?

—Solo digo que por una vez sería agradable que una escapada fuera exactamente lo que planeamos: relajación, nada más.

Ella se rió, esta vez más fuerte, y negó con la cabeza.

—Eso sería demasiado fácil para nosotros. ¿No crees?

Suspiré, pero al final sonreí también. En el fondo, sabía que tenía razón.

—Entonces —se aclaró la garganta y me miró con una sonrisa cómplice—, ¿cuándo se lo dirán a la familia?

La miré de reojo y suspiré, deslizando mis anteojos de sol hasta mi cabeza para poder observarla con claridad.

—¿En qué momento te diste cuenta? —pregunté, tratando de sonar tranquila, aunque mi corazón empezó a latir un poco más rápido.

Ella soltó una carcajada que atrajo la atención de un par de personas cercanas.

—Keila, soy una mujer astuta. No pueden esconderme este tipo de cosas.

Me recosté de nuevo en la reposera, tapándome los ojos con una mano mientras un suspiro más largo escapaba de mis labios.

—No es que estemos escondiendo nada… —murmuré, aunque mi voz no sonaba muy convincente ni para mí misma.

—Claro que no —respondió con tono burlón, rodando los ojos antes de mirarme de nuevo con esa expresión que solo una hermana puede tener: mitad travesura, mitad curiosidad sincera—. Pero, ¿a quién quieren engañar? Ustedes dos han estado mirándose como dos adolescentes enamorados desde hace semanas. Es como si pensaran que nadie lo nota.




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