La ilusión del amor

Epílogo

6 años más tarde

Si miramos con atención, el tiempo ha hecho de las suyas. Nada ha sido perfecto, las ilusiones se rompieron y otras nuevas nacieron.

Keila

Cerré la puerta de la habitación de los mellizos con cautela, a su vez que me giraba a ver a mi esposo que salía de la otra habitación en silencio después de hacer dormir a nuestro otro par de mellizos.

Álvaro y yo nos encontramos en el pasillo, ambos luciendo el rostro de padres agotados, pero con sonrisas que hablaban de una felicidad que las palabras no podían expresar. Cuatro niños, dos pares de mellizos, llenaban nuestra casa de caos, risas y, a veces, gritos, pero no lo cambiaría por nada.

—¿Están dormidos? —pregunté en un susurro, apoyándome en la pared mientras lo observaba acercarse.

—Finalmente —respondió con una sonrisa cómplice, pasándose una mano por el cabello despeinado. Se detuvo frente a mí, sus ojos cansados ​​pero llenos de ternura—. ¿Y los tuyos?

—Como angelitos, por ahora —me reí suavemente, sabiendo que el por ahora siempre era un asterisco gigante en nuestra rutina.

Álvaro soltó un suspiro de alivio, inclinándose para apoyar su frente contra la mía.

—¿Crees que algún día lograremos dormir más de tres horas seguidas?

—Quizás en unos... veinte años —bromeé, y ambos reímos suavemente para no despertar a los niños.

Nos quedamos ahí, en ese momento de tranquilidad rara y preciosa. Sus manos tomaron las mías, entrelazándolas mientras me miraba con cariño.

—A veces pienso que estamos locos, Keila. Cuatro niños, ¿Cómo llegamos a esto?

Sonreí, pasando mis dedos por su barba ligeramente crecida.

—Nos enamoramos, nos arriesgamos y aquí estamos —lo miré a los ojos, con una sonrisa traviesa—. Además, no me digas que no disfrutas del caos.

Álvaro rió, inclinándose para besarme con dulzura.

—Lo disfruto porque es contigo.

En ese momento, un pequeño llanto vino de una de las habitaciones rompiendo el corto momento. Ambos suspiramos al unísono, nuestras risas llenando el pasillo mientras nos mirábamos con resignación.

—¿Tu turno o el mío? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.

—El mío. Ve a descansar, Víbora.

Y mientras lo veía entrar a la habitación, supe que, a pesar del caos, las noches en vela y los días agotadores, valía cada segundo.




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