CAPÍTULO 2: El Tiburón de Belgravia
(Perspectiva de Connor)
Terminé de anudarme la pajarita de seda negra frente al espejo de tres cuerpos de mi penthouse de dos plantas en Belgravia. Me miré fijamente a los ojos. No vi cansancio, ni una pizca de duda; solo vi la misma determinación implacable y gélida que me había llevado a consolidar Allen Global como el fondo de inversión privado más temido del Reino Unido a mis escasos treinta años.
La gente en la City solía decir que yo era un hombre temperamental, un depredador propenso a arranques de furia gélida cuando las cosas no salían exactamente como yo quería y en el segundo exacto en que lo exigía. No me importaba en absoluto lo que dijeran en los pasillos de Bishopsgate o en las oficinas de Canary Wharf. El poder no se comparte, se ejerce con puño de hierro. Crecí bajo la mirada severa y aristocrática de mi padre, Richard Allen, un hombre que me enseñó desde la infancia que la compasión y la duda eran simplemente defectos de la contabilidad corporativa. No tenía hermanos que compartieran esa presión dinástica; solo tenía mi ambición, mi Porsche 911 Turbo S negro mate esperando en el garaje subterráneo, y a Liam.
Liam Vance estaba sentado en mi sofá de cuero italiano, dándole un sorbo lento a un vaso de whisky escocés de dieciocho años.
—¿Vas a cerrar la fusión esta noche, Connor? —preguntó Liam, mirando de reojo su reloj de pulsera de platino—. Los americanos de Delaware están presionando de lo lindo. Necesitamos un equipo legal que no tenga miedo de jugar sucio, de meterse en el barro si las cosas se complican en los tribunales. Tu bufete de siempre es demasiado... diplomático, demasiado lento para el ritmo que manejas.
Me puse la chaqueta del esmoquin, confeccionado con precisión milimétrica a medida en Savile Row. Introduje un pañuelo de seda gris con mis iniciales, C.A., bordadas en un hilo negro casi imperceptible en el bolsillo del pecho. Estaba sutilmente impregnado con mi colonia personal de madera de cedro, tabaco y cuero. Detestaba la improvisación; mi fragancia era mi marca registrada, mi forma de marcar el territorio y advertir a mis oponentes antes de que siquiera abriera la boca para dictar sus sentencias financieras.
—Quiero a alguien con hambre, Liam —respondí, dándome la vuelta despacio mientras acomodaba mis gemelos de platino. Mi mirada era densa, carente de cualquier calidez—. He estado revisando los dictámenes y las estrategias de defensa de una tal Agnes Johnson. Es una abogada ridículamente joven, pero ha destrozado a dos de nuestros principales competidores en litigios de patentes este año sin parpadear. Su mente es una navaja suiza. Quiero ver de qué está hecha esta noche en la gala.
Liam esbozó una sonrisa socarrona, aunque noté una advertencia sutil en la tensión de sus hombros. Él me conocía mejor que nadie; sabía que mi temperamento posesivo y mi necesidad de control absoluto eran una mezcla peligrosa cuando encontraba a alguien que se negaba a doblegarse.
—He oído que es de armas tomar, Connor —comentó Liam, dándole vueltas al hielo de su vaso—. Una chica de cuna de oro, hija del viejo Arthur Johnson, pero con el cerebro de un gran tiburón blanco. No es el tipo de mujer que se va a doblegar ante tus rabietas y tus exigencias de control corporativo. Te va a destruir... o la vas a destruir tú a ella.
Sonreí de medio lado, una expresión helada que solía anteceder a mis peores decisiones de negocios. —No me gustan las personas fáciles de doblegar, Liam. El conflicto es lo que hace que el resultado valga la pena. Vámonos. Odio llegar tarde.
Mientras el ascensor privado nos conducía al garaje subterráneo, sentí una inusual y extraña vibración en el pecho. No era miedo, era una impaciencia carnal, casi primitiva. No tenía la más mínima idea de que esa misma noche conocería a la única mujer que se convertiría en mi mayor adicción, en mi más dulce y doloroso tormento y, finalmente, en mi pérdida más devastadora.
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Editado: 04.06.2026