CAPÍTULO 3: El Templo de las Sombras
Agnes
El Museo de Historia Natural de Londres parecía un templo gótico sumergido en un sueño profundo de gas y luces azul cobalto. El esqueleto del gigantesco dinosaurio se alzaba sobre nuestras cabezas como las costillas expuestas de una catedral prehistórica. La alta sociedad británica reía con esa hipocresía educada que yo tanto despreciaba, el champán fluía en copas de cristal de baccarat y el eco de la música de cámara rebotaba contra las altas bóvedas de terracota.
Estaba de pie al lado de mis padres y de mi hermano Julian, pero no escuchaba una sola palabra de lo que decían sobre la última subasta de arte en Sotheby's. Mis oídos zumbaban con un pitido agudo. El murmullo de la multitud hería mis tímpanos, un síntoma clásico de la sobrecarga sensorial que siempre precedía a mis peores crisis. Sentía las palmas de las manos húmedas y frías. Me disculpé con Julian con un hilo de voz y me acerqué a la barra de mármol para pedir un vodka con tónica, buscando desesperadamente que el alcohol adormeciera los cables de alta tensión que sentía vibrar bajo mi piel.
Antes de que mi mano pudiera rozar la copa que el barman acababa de deslizar hacia mí, el aire a mi alrededor cambió. La presión atmosférica pareció descender de golpe. Sentí una presencia imponente a mi espalda que hizo que los vellos de mi nuca se erizaran y un escalofrío me recorriera la columna.
—Señorita Johnson —una voz profunda, con un acento británico impecable, denso y aristocrático, resonó a mis espaldas.
Me giré con una lentitud calculada, controlando cada músculo de mi rostro para proyectar una calma absoluta, la máscara perfecta de la abogada implacable. Al encontrarme con los ojos oscuros de Connor Allen, sentí un impacto casi físico, una fuerza de gravedad que me atraía hacia él. Era considerablemente más alto de lo que sugerían sus fotos en la prensa de negocios. Su fragancia a cedro, cuero y tabaco me envolvió de inmediato, un aroma extrañamente familiar que me causó una punzada dolorosa en el pecho.
—Señor Allen —respondí, sosteniendo su mirada oscura sin pestañear—. No esperaba encontrar al director general de Allen Global cerca de la barra común. Creí que los hombres como usted tenían zonas reservadas con seguridad privada para evitar mezclarse con la plebe corporativa.
Connor
Me quedé mirándola fijamente, impresionado por el tono afilado, helado y carente de cualquier sumisión de su voz. Vestía un vestido de seda verde oscuro que contrastaba de forma casi insultante con la palidez de sus hombros y la intensidad de sus ojos oscuros, que me desafiaban sin miedo. Su labial rojo profundo parecía una herida de guerra, un desafío silencioso a mi autoridad. A mi lado, Liam contuvo una sonrisa. Definitivamente, esta mujer no le temía al diablo.
—A veces prefiero cazar en terreno abierto, señorita Johnson —repliqué, dando un paso adelante que redujo nuestro espacio personal a escasos centímetros. Pude notar que sus pestañas temblaban levemente, una debilidad que intentaba ocultar—. Especialmente cuando el objetivo es una abogada que prefiere la agresión legal a la diplomacia. He leído sus informes sobre derecho societario y reestructuración de activos. Son... despiadados.
—El derecho corporativo no es un té de beneficencia, señor Allen —dijo ella, dando un sorbo lento a su trago con una elegancia que me pareció exasperantemente atractiva y retadora—. Mis clientes me pagan una fortuna para proteger sus intereses, no para hacer amigos en la City. Si usted quiere un abogado que le diga únicamente lo que quiere oír para alimentar su ego, le sugiero que busque en otro despacho.
La observé con fijeza, devorando cada detalle de su rostro. Había una brillantez furiosa y soberbia en sus ojos oscuros, pero al bajar la mirada hacia su mano izquierda, noté algo que nadie más en ese salón gótico vería: un temblor casi imperceptible en sus dedos largos y delgados mientras sostenía la copa de cristal. Una grieta real en su hermosa armadura de seda verde.
—Me gusta su carácter, Agnes —dije, prescindiendo deliberadamente del tratamiento formal con una familiaridad que noté que la descolocó por completo, haciendo que sus mejillas adquirieran un leve tono rosado—. Su despacho llevará la auditoría legal de nuestra fusión con el grupo americano de Delaware. Reúnete conmigo el lunes a primera hora en mis oficinas de Bishopsgate. Y por lo que más quieras, no me hagas perder el tiempo.
Agnes
—Yo nunca pierdo el tiempo, Connor —le respondí, usando su nombre de pila por primera vez con un tono de reto que hizo que sus pupilas se dilataran visiblemente—. Asegúrate de tener tus libros contables perfectamente limpios y listos para mi revisión. No me gusta encontrar sorpresas desagradables en los cajones de mis clientes.
Connor sonrió por primera vez en toda la noche. Una expresión helada que suavizó sus facciones esculpidas pero no la peligrosidad de su mirada depredadora. Se despidió con una leve inclinación de cabeza y se alejó junto a Liam, perdiéndose entre la multitud enjoyada.
Me quedé inmóvil junto a la barra de mármol, sosteniendo mi copa con las manos temblorosas, sintiendo que el corazón me latía con una fuerza brutal contra las costillas. Pero esta vez no era la maldita ansiedad la que causaba el terremoto en mi pecho. Era algo mucho más oscuro, magnético y peligroso. Era el inicio de un incendio forestal que amenaba con consumirme por completo.
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Editado: 04.06.2026